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¿Hace trampas Paul Haggis?

Su opera prima fue vilipendiada por más de un sesudo crítico que no dudó en juzgarla de tramposa. Si bien me cuento entre los del bando que consideró injusta la repentina victoria como mejor película de Crash en detrimento de Brokeback mountain en aquellos fatídicos Oscar de hace dos años, lo cierto es que el debut en el cine de Paul Haggis fue, a mi entender, digno de mención.
Situaciones forzadas, puede que sí. Tufo a moralina, seguramente. Pero pocas veces tan bien orquestadas y planteadas como logró este guionista de confianza de Clint Eastwood. Crash nos ofreció escenas de puro erizamiento epidérmico que todavía hoy permanecen imborrables de la memoria. Escenas como la que reencuentra a una víctima atrapada en un coche accidentado con el policía que la vejó la noche anterior durante un control rutinario. Son el tipo de ejemplos que alentaron las acusaciones sobre el poder manipulador de la película. Para mí son la clara evidencia de la ingeniosa capacidad de su autor de despertar emociones.
Había expectación por conocer cómo se las ingeniaría Haggis con su segundo largometraje y también por observar la reacción de una crítica con ganas de buscarle las cosquillas. La guerra de Irak no parecía el tema más idóneo para un director y guionista más acostumbrado a historias cercanas con una importante carga emocional. La violencia bélica no parecía encajar en el prototipo de sus narraciones. Y de hecho, en cierta forma, no lo ha hecho. El director lleva a su terreno, a su mirada personal, la contienda sobre la que tantos realizadores se han querido pronunciar.
El intimismo que definía las historias entrecruzadas de Crash vuelve a caracterizar el segundo filme de Haggis. En el valle de Elah se centra en el drama de un padre cuyo hijo se encuentra en paradero desconocido tras un permiso reglamentario que lo devolvería de nuevo a Irak. Las imágenes bélicas sólo nos llegan, dañadas, del teléfono móvil del joven desaparecido. El resto definen a un director con tendencia al drama explícito y a los largos silencios. La desgarradora conversación telefónica con la madre (momento sublime de Susan Sarandon) y el amplio registro de miradas de un Tommy Lee Jones imprescindible (¿Quién determina que se encuentre fuera de la quiniela de los Oscar?) confirman el sello tan personal de tan cuestionado realizador.
Detrás de esas miradas de Tommy Lee Jones se puede percibir el sentimiento de culpabilidad de un patriota de bandera por arrastrar a sus dos hijos hacia la guerra, la constancia de un policía obsesionado con llegar a la verdad, la consternación y la impotencia de no reconocer a su pequeño en ese soldado que las pistas le van definiendo. Las guerras lo cambian todo, capaces de convertir en monstruos a aquellos inocentes jóvenes que se presentan en el cuartel petate en mano orgullosos de poder luchar por su país.
El discurso de Haggis, sin embargo, no se circunscribe únicamente al antibelicismo. Charlize Theron, la tercera interpretación de peso del filme, encarna la lucha de la mujer bella por ganarse el respeto en un entorno machista como el de la comisaría de pueblo en la que trabaja. Su personaje, como el resto de los que conforman este drama de contexto bélico, se encuentra en un callejón sin salida ni esperanza.
Haggis vuelve a demostrar que es maestro removiendo conciencias y virtuoso en el arte de la fibra sensible. Lo que para unos puede representar un sólido camino hacia la reflexión para otros no significará más que una sucesión de trucos de magia cuyo único fin es la lágrima fácil. Puede que este director tenga todas las claves para hipnotizar al público, para engañarlo con fáciles y manidos recursos dramáticos, pero bienvenida la hipnosis, bienvenido el engaño, cuando resultan imperceptibles.

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