
No es país para viejos, la novela, no es sencilla de digerir, probablemente cuando uno se enfrenta por primera vez a este cotizado escritor. No es que el argumento sea complejo, sino más bien el estilo narrativo utilizado, carente de estilo directo y plagado de distintos tipos de narradores. Jamás una conjunción como la Y había sido tan innecesariamente utilizada con el único fin de enmarañar la lectura y evitar ese respiro que proporcionan las comas y los puntos.
Es curioso que, pese a la sencillez de la trama (un cazador de antílopes descubre un alijo de drogas con dos millones de dólares y es perseguido hasta la saciedad por la policía y un asesino a sueldo sin escrúpulos), resulte tan complicado en determinados momentos identificar a los distintos personajes de la historia. La voz narrativa en primera persona, mucho más gratificante que el narrador omnisciente que relata buena parte de la historia, no se identifica hasta bien avanzado el libro, lo que entorpece todavía más la definición de los personajes.

Varios momentos mantienen el corazón en un puño, como el que sitúa al asesino en casa de una familiar de la mujer del perseguido, Llewelyn Moss, o en un hotel en el que se producirá un fatídico encuentro. No es de extrañar que el actor español haya calificado su personaje de goloso. Sin duda es un regalo que ha sabido aprovechar con creces, al menos con lo poco que hemos podido ver en los avances publicitarios. Bardem da miedo.
Los Coen parecen haber asimilado a la perfección el relato de McCarthy. La imagen mental que uno se va haciendo mientras lee su libro se parece bastante a las pocas secuencias que se pueden ver en el trailer del filme. El paisaje desértico, la locura de Chigurh, la actitud relajada de los cuerpos policiales… No es país para viejos, la película, una vez superadas algunas de las trabas literarias de un autor con tendencias cargantes (al menos en esta novela) será probablemente mucho más fácil de digerir que el libro del que directamente bebe.
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