martes, 31 de octubre de 2006

La Bestia Beethoven

Cuenta la directora polaca Agnieszka Holland que no quería dedicarle tan sólo cinco minutos al clímax de su película sobre los últimos años de Ludwig van Beethoven. Ese sería el tiempo máximo que cualquier productor estaría dispuesto a concederle sin que se le pusieran los pelos como escarpias. Ella, en cambio, decidió colaborar con su hija para condensar en 15 minutos los más de 70 que dura la Novena Sinfonía del compositor alemán, consciente de la importancia que adopta en su relato el estreno de una de sus obras más importantes. De ahí que el espectador acuda a todo un concierto de música clásica en versión reducida con una hermosa puesta en escena sin que en ningún momento esos 15 minutos induzcan al bostezo.
Estamos en la Viena de 1824. Por aquél entonces, Beethoven ya adolecía de una importante sordera que le obligaba a usar trompetilla para entender a sus interlocutores y a ingeniárselas con diferentes artilugios para captar el sonido de la música. Durante estos años, los últimos, ya era reconocido por su talento y su mala leche. El músico ya había dado al público todo lo que tenía que dar. Quería despedirse con una gran obra que lo acabara de inmortalizar, para pasar luego a nuevos experimentos a los que todo artista quiere abrirse pero que casi nunca suelen contar con el beneplácito de sus fieles seguidores.
La personalidad de Beethoven era casi tan arrolladora como su música. De ahí que como personaje suponga un jugoso caramelo para cualquier actor. Ed Harris, desde luego, lo ha sabido degustar con toda su intensidad. Reducir su papel a la impresionante caracterización sería casi, casi un insulto. El actor no sólo está irreconocible físicamente sino también en lo que se refiere a la interpretación que, para algunos, resultará sobreactuada, y para otros, como yo, a la altura de un personaje del calibre de Beethoven. La nominación al Oscar debería caer por su propio peso para un Ed Harris que ya en Una historia de violencia demostró todo su potencial.
Potencial que en este filme, desde luego, eclipsa a cualquier otro personaje. De ahí de la inutilidad de querer centrar en determinados momentos la trama en el idilio con Anna Holtz, la joven copista que supo encandilar al rudo compositor. Algunos críticos han centrado sus comentarios en la excesiva dulcificación de esta trama entre la bella Holtz y la bestia Beethoven pero, en mi opinión, la película no gira en torno a una historia de amor sino en torno a un proceso de aprendizaje en el que la admiración está muy presente. Por lo demás, algunas de las reflexiones que vierte el artista a lo largo del filme son dignas de un filósofo, mientras que determinadas situaciones resultan de un humor admirable, como la vecina que está hasta las narices del músico pero que no cambiaría su privilegiada situación de poder escuchar sus melodías antes que nadie.
Sólo por la interpretación de Harris ya merece la pena ver Copying Beethoven. El otro gran reclamo es el propio músico. Su música es el mejor regalo del filme, de manera que, como pocas veces, la banda sonora constituye uno de los personajes de la trama. Es precioso, por ejemplo, el momento en el que Beethoven desde la cama le va dictando a Holtz una melodía argumentando el porqué de cada nota, el porqué de cada compás y de cada instrumento. La película acerca al público a ese hoy desconocido mundo de la música clásica, pero que en otra época fue tan predominante. La experiencia de oír la Novena Sinfonía en una sala de cine es muy gratificante. Si me permiten un consejo, todavía lo es más con toda una orquesta sinfónica y un buen coro en un auditorio emblemático (en mi caso, el Palau de la Música Catalana). No se arrepentirán.

viernes, 27 de octubre de 2006

El futuro sombrío de nuestros hijos

El futuro será más negro que el carbón. Eso es lo que uno concluye cuando ve que no hay película del género que se precie que no pinte un mañana oscuro, caótico o desolador. No iba a ser menos Hijos de los hombres, que se sitúa en pleno 2027. Un año al que poco tenemos que envidiar en cuanto a desarrollo tecnológico pero mucho que temer en lo que se refiere a calidad de vida. Aquí no hay coches que se desplacen verticalmente ni pantallas virtuales pero sí mucha miseria, mucho miedo y una plaga de infertilidad que desde hace 18 años impide que las mujeres se queden embarazadas.
Por lo demás, el mundo, según PD James, autor en el que se ha inspirado el mejicano Alfonso Cuarón a la hora de confeccionar esta película, sigue igual. Mejor dicho, ha ido a peor. Londres es el único reducto de la tierra que ha conseguido sobrevivir a la avalancha de la inmigración, mientras el resto de lugares del planeta sucumben a la violencia y al terrorismo radical. Sin embargo, el precio que la ciudad ha tenido que pagar es muy alto. Pérdida de libertad, controles policiales, jaulas de extranjeros, carnés de exclusividad, marginalidad, verjas, fortalezas. Barreras y más barreras. Algunos podrán pensar que éste será el curso natural por el que discurrirá el planeta. Que Bush apruebe estos días la construcción de un muro de 1126 kilómetros en la frontera con México sin duda les da más argumentos a favor. Pero con el visionado de este filme tan gris y pesimista uno mantiene la esperanza de que la raza humana no acabará perdiendo el sentido común hasta esos límites.
En todo caso, Los hijos de los hombres, tanto en su forma como en su contenido, plantea el caos y la desesperanza como eje del futuro que nos espera. Comienza la película con un avance informativo en el que se anuncia la muerte en un acto terrorista del ser humano más joven del planeta. Con tan sólo 18 años, y por su exclusiva condición, se había convertido en todo un héroe de masas. El planteamiento no podría ser más interesante. Su desarrollo, en cambio, será bastante desigual, con excesivos momentos de acción que disminuyen la profundidad del tema tratado pero que, combinados con escenas, experiencias, casi religiosas permiten calificar de notable esta última producción de Cuarón.
En medio del desorden y la rutinaria violencia que dominan el planeta aparece un motivo para la esperanza. Tras dieciocho años de infertilidad, un grupo antisistema tiene en su poder a una embarazada, una inmigrante, una de las apestadas, en cuyo interior se encuentra un verdadero mesías, la única posibilidad de salvación de la humanidad. Lástima que, cómo decía, adquiera en determinados momentos más importancia la huída de la pobre chica junto al exactivista, ahora convertido a funcionario, Clive Owen, que un retrato más desarrollado de los conflictos sociales de esta hipotética sociedad.
Aún así, la película tiene momentos sublimes que, decidme sensiblón, ponen la piel de gallina. El más destacable, cuando en mitad de una batalla, amigos y enemigos, perseguidores y perseguidos, detienen por un momento sus diferencias y el ruido de las armas para dejar paso al tan añorado llanto de un bebé. Y de una gran belleza resulta también, aún siendo de metáfora fácil y evidente, el final de la película. El futuro es negro, sí, pero con algún atisbo de claridad.

viernes, 20 de octubre de 2006

Un laberinto redondo

El laberinto del fauno recuerda en algunos momentos a la mentalidad infantil y la narración fabulosa más propia de Tim Burton. Sin embargo, y aún siendo admirador de ambos creadores, la comparación no deja de ser disparatada. El universo mágico del director de Eduardo Manostijeras se aleja bastante de la fantasía realista que tan magistralmente crea Guillermo Del Toro con este filme, y finalmente la semejanza sólo se reduce a determinados personajes y a situaciones concretas. Porque si bien es complicado hacer volar la imaginación del espectador, algo en lo que está más que curtido Burton, mucho más es todavía ir alternando las nubes con el suelo sin perder por el camino la coherencia. El mejicano no sólo lo consigue sino que logra convencer tanto en el relato de la más cruda realidad como en el de la fábula más imaginativa.
La película tiene como absolutos protagonista y antagonista a Ofelia, una niña de 13 años que viaja junto con su madre a un remoto pueblo de Galicia en pleno inicio de la dictadura franquista para encontrarse con el que será su nuevo padre, el capitán Vidal, la maldad más despiadada hecha persona. Sergi López consigue con este último papel, y tras el de maltratador en Sólo mía, consagrarse como uno de los mejores actores villanos que ha dado el cine español. Si bien su interpretación es memorable, no lo es menos la de Ivana Baquero (la joven Ofelia), Ariadna Gil (en el papel de sufrida madre) o la de Álex Angulo como doctor entre dos bandos. Sin embargo, la gran sorpresa es Maribel Verdú, una actriz a mi juicio con una carrera de pocos registros y escasísimos personajes para recordar que consigue con Mercedes un gigantesco paso hacia delante. Mercedes es, por cierto, la sirviente gallega y sufridora en primera persona del odioso capitán falangista a la que da vida esta insólita Verdú.
Sin ser una película sobre la dictadura franquista, al menos en esencia, El laberinto del fauno constituye uno de los reflejos más verosímiles y realistas que de la época represora ha producido el cine español. El hambre, las cartillas de racionamiento, la miseria de los más pobres frente a la mirada hacia otro lado o el apoyo incondicional al régimen de religiosos y gente bien. O la crueldad, la violencia extrema de los falangistas frente a la resistencia y el coraje de los jóvenes maquis. Todo ello está presente como ejemplo de buen cine histórico.
Pero es que el filme de Del Toro no es sólo eso, sino mucho más. Al hiperrealismo de las imágenes del franquismo se le entremezcla un universo paralelo en el que brilla la imaginación. Hadas, sapos gigantes, puertas dibujadas con tizas mágicas, monstruos con manos oculares. Y el fauno. Él es otro de los personajes inolvidables. Oscuro e imprevisible, por momentos aterrador y tierno, conduce a Ofelia en su camino hacia un reinado mágico al que sólo llegará, antes de que la luna haga su aparición, tras superar tres pruebas. Comparar el argumento con la estructura típica de un cuento es inevitable, pero no conviene confundirse, ya que ni los cuentos son terreno exclusivo de niños ni desde luego este filme está recomendado para ellos.
El laberinto del fauno no es Las crónicas de Narnia para entendernos. Es un filme comprometido y documental que utiliza de forma brillante la fantasía como evasión de la cruda realidad que está reflejando. O a su vez es un filme fantástico de una gran belleza (conviene destacar también el excelente trabajo tanto de fotografía como de efectos especiales) hilvanado a la perfección y finalmente cuadrado con escenas del mejor cine histórico. Son dos géneros antagónicos en una sola película. Un experimento arriesgado pero victorioso. Una película redonda.

lunes, 16 de octubre de 2006

DemencialCat

La campaña electoral ha comenzado en Catalunya. Si bien oficialmente lo hacía a las doce de esta noche, la disputa por la presidencia de la Generalitat se inició como mínimo unas horas antes con la distribución masiva del DVD ConfidencialCat. Hace días que todos los partidos ocupan las vallas publicitarias con lemas cargados de reproches y carentes de políticas, pero es evidente que la edición del polémico documental, que mi quiosquera habitual asegura distribuyeron todos los diarios a excepción de El Mundo y ABC, marca el inicio de la contienda.
Tuve la osadía de tragarme los 55 minutos que dura este prodigio de la imparcialidad, este folletín propagandístico que sigue a rajatabla los principios que en su día estableció Goebbels para asegurar el éxito de todo discurso político. Uno de ellos es el principio de simplificación y del enemigo único, que consiste en focalizar todos los ataques hacia un único adversario. No es difícil adivinar sobre quién recae todo el peso de la culpabilidad, a pesar de que el tripartito, tal y como su nombre indica, es cosa de tres. José Montilla, el conspirador en la sombra, es el artífice de todos los males, la cabeza pensante de una fórmula que ha desprestigiado las instituciones que con tanto esfuerzo lograron dignificar Pujol y los suyos.
“Toda propaganda -asentó también Goebbels- debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa”. Eso es lo que debieron pensar los ideólogos de ConfidencialCat cuando decidieron condensar en imágenes el desastre que ha resultado ser el gobierno tripartito catalán.
Desde luego, David Madí, director de acción electoral de CiU, deberá ser recompensado con una medalla por tan constructiva campaña. Eso si no les sale a los convergentes el tiro por la culata y terminan recompensándole con el finiquito. No hay nada peor que infravalorar la capacidad intelectual y receptora de los votantes, y más cuando se presuponen de una derecha culta y aburguesada. Algo que parece haber entendido Duran i Lleida, el que mejor representa a su electorado, al desmarcarse, aunque sin dejar de chupar plano, del DVD.
Entrando en su contenido, comienza el documental con un primer episodio en el que Artur Mas acompañado de su esposa, Helena Rakosnik, y de una música lacrimógena de fondo, aparece como la gran víctima de la codicia de Maragall y Carod-Rovira por el poder. Toda la ilusión, el esfuerzo y el trabajo de un equipo joven y entusiasta quedan truncados por la maldad de unos conspiradores que no dudaron en arrebatarle el poder a quiénes honestamente lo habían ganado en las urnas. Dedican mucho tiempo y esfuerzo los guionistas en argumentar la inmoralidad de algo que es perfectamente legítimo en democracia: el pacto.
Los capítulos siguientes resumen la obra del gobierno presidido por Maragall desde un mes después de constituirse, con el encuentro en Perpinyà entre el presidente en funciones Carod-Rovira y miembros de ETA, hasta su forzosa disolución hace tan sólo unos meses tras las graves desavenencias en el seno del tripartito con respecto al Estatut. La imagen de la corona de espinas en viaje oficial a Israel, el hundimiento de edificios en el barrio de El Carmel, las acusaciones vertidas por Maragall sobre el cobro de comisiones durante el gobierno de Convergencia.
Es evidente que llamarle a esto obra de gobierno es un despropósito. Demolición se acercaría más a lo que ha sido esta experiencia tan poco gratificante para los ciudadanos de Catalunya y tan nutritiva para carroñeros y usureros varios. No hacía falta, pues, un DVD que remarcara y condensara las diferentes sacudidas que han hecho tambalear y finalmente derruir el gobierno de izquierdas y catalanista. De nuevo cuestiona la capacidad receptora de los ciudadanos. Es, por tanto, un derroche del todo innecesario cuyo presupuesto podría haberse destinado a herramientas electorales más eficaces y honestas.
Pero no nos pongamos serios. Hasta los diseñadores de ConfidencialCat han dejado entrever de manera más o menos sutil la escasa seriedad del documento que tenían entre manos. Quedémonos con la que sin duda es la imagen del documental, la que merece un PAUSE y un posterior avance ralentizado para poder reír a carcajada limpia. Es concretamente en el episodio sobre el hundimiento del Carmel (es tal la magnitud de la tragedia que, tal como nos la presentan, Iraq en comparación parece un juego de niños). De una de las viviendas afectadas surge, como todos los ciudadanos anónimos que aparecen en el vídeo, una vecina con el rostro distorsionado. Del brazo, un inocente perrito de peluche, también anónimo, cuyo rostro jamás podremos llegar a identificar.
Bromas aparte, parece que estos nuevos métodos propagandísticos están llamados a convertirse en los ejes de las campañas del futuro. Algo que ya inició la FAES de Aznar con el famoso vídeo del Pásalo, en el que también se hablaba de conspiraciones para desbaratar un gobierno de derechas, puede extenderse al resto de formaciones. Podemos encontrarnos dentro de unos años un amasijo de DVDs en nuestro periódico dominical en los que cada partido político compita por ver quién convence más con el menor número de manipulaciones posible. Muchos esperan ahora una réplica al documental de CiU por parte de sus contrincantes. Un nuevo DVD que contrarreste sus contenidos. No es necesario. ConfidencialCat se descalifica por sí mismo.

lunes, 2 de octubre de 2006

Entre rejas

Una prisión de máxima seguridad. Una condena injusta. Un plan, una huída y unos cómplices, pero también imprevistos, barrotes y enemigos a batir. El argumento, desde luego, no es nada nuevo, si no fuera porque hasta el momento el género carcelario ha sido terreno exclusivo de la gran pantalla. Cuando la trama se alarga durante más de 20 episodios, se entremezclan mil y una subtramas y los giros argumentales son el pan de cada día, estamos hablando de algo más insólito, un serial carcelario, cuyo resultado habrá que juzgar a medida que avancen las temporadas.
De momento, ya sabemos que Prison Break termina su primera sesión con la huída de los dos hermanos de la prisión de Fox River. Acaba así uno de los principales objetivos de Michael Scofield cuando entra a la penitenciaría como recluso para rescatar a su hermano condenado injustamente, o al menos así lo aseguran, a la silla eléctrica. La pregunta es: ¿qué más tiene que contar esta serie? Conocemos que el condenado a la pena máxima está acusado de asesinar al hermano de la vicepresidenta de Estados Unidos. Sabemos que la vicepresidenta está implicada hasta las cejas en el asunto y que hace uso de dos secuaces miembros de la policía secreta para esconder la verdad. Conocemos que hay toda una conspiración en torno a un asunto de energías renovables que podría hacer tambalear una sociedad de consumo basada en el petróleo. Mucha habilidad deberán mostrar los guionistas de esta producción para mostrarnos algo más que no sepamos o intuyamos.
De momento, cobra más importancia el ‘cómo’ que el ‘para qué’ en Prison Break. Un ‘cómo’ que en demasiadas ocasiones hay que coger con pinzas para que resulte mínimamente creíble. El espectador debe ser muy condescendiente con este producto espectacularmente bien realizado, ya que contiene situaciones que rayan peligrosamente lo cómico. Un alcaide que no duda en utilizar los servicios de un preso para demostrarle a su mujer lo mucho que la quiere construyendo un Taj Mahal con palillos. Todo un protagonista tatuado a base de jeroglíficos inteligibles que lo conducirán directamente a la puerta de salida. Tornillos que agujerean paredes, paredes que ceden de forma fácil y comunican con pasillos y conductos que conducen directamente a la enfermería. Si esto es una prisión de máxima seguridad, no me imagino qué hace Julián Muñoz todavía en Alhaurín de la Torre.
Sin embargo, toda la verosimilitud que se pierde en estos detalles la salvan los guionistas con situaciones de violencia extrema. En un país paralizado en su momento por una de las dos tetas de Janet Jackson, la sangre, las palizas y los insultos parecen acogerse con la máxima naturalidad. Y de eso se hace valer la serie para dotar de mayor veracidad un entorno como el carcelario, lo más cercano al infierno que pueda existir como destino para los mortales. Se han visto mutilaciones de dedos del pie, navajazos, motines aterradores y, sobre todo, mucha violencia verbal.
Todo esto no quita que Prison Break enganche como una droga. El ritmo es frenético, la puesta en escena espectacular, la realización digna de cualquier película de acción que se precie, la trama sorprendente, los personajes, aunque un tanto arquetípicos, bien logrados. Uno sólo desea saber si habrá vida (y argumento) más allá de la huida, más allá del ‘break’. De momento, la segunda temporada ha tenido buena acogida en Estados Unidos (unos 9 millones de espectadores de media). Aunque no llega ni mucho menos a los niveles de otras ficciones, parece que los guionistas van a tener que estrujarse un poco más el cerebro para alargarle la vida algunas temporadas más. Esperemos que no la mantengan de forma artificial.