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V de veleidad

No hay duda de que a los hermanos Wachowski les preocupa sobremanera la alienación y la pasividad sociales. Ya en Matrix nos advertían de que todo aquello que nos rodea es una gran mentira, diseñada para convertirnos en fieles esclavos del poder. Pero si en aquella película, que muchos infravaloraron por sus alardes tecnológicos pero que resultaba redonda en su planteamiento, los Wachowski conseguían denunciar la ceguera occidental haciendo un buen uso de la ciencia ficción, en esta V de Vendetta caen de lleno en aquello que pretenden denunciar y que no es otra cosa que la demagogia.
Es tan poco sutil esta película y resultan tan facilones sus argumentos y sus mensajes que en todo momento uno siente que le están vendiendo una moto como la que les vende el líder a sus súbditos. Se meten en un mismo saco tantos problemas, medidos todos con la misma vara, que el conjunto termina rozando la banalidad. Y eso que no hay que negarle a este filme, producido desde Hollywood, la osadía de denunciar abiertamente la política antiterrorista de su país. Incluso si uno lee entre líneas (quizá yo lo hice demasiado) puede extraer acusaciones muy graves. Un ejemplo es la revelación de que un atentado al que se hace mención en el filme y que mató a más de 8.000 personas mediante armas biológicas fue en realidad perpetrado por el propio gobierno para mantenerse en el poder. Pero, claro, mezclar la violación de derechos humanos en las prisiones militares con el racismo o la homofobia es querer mezclar churros con merinas y el resultado termina siendo en exceso superficial.
Y si alguien contribuye a aumentar la superficialidad del filme hasta dimensiones estratosféricas es el propio personaje principal. Su histrionismo, por no mencionar la máscara, o más concretamente ese beso con sabor a PVC, lo convierten en el superhéroe más ridículo del cine. Y en el más antihéroe. V es tanto o más manipulador que el enemigo al que quiere derrotar. Me sorprende que la polémica que ha suscitado esta película se refiera a si están justificados los métodos violentos para un buen fin (Spiderman lo hace constantemente y a nadie parece importarle). De hecho, la imagen más poética y bonita se encuentra al final del filme, con la explosión del parlamento británico y la Obertura 1812 de Tchaikovsky de fondo. Más cuestionable es la utilización de la propaganda para un supuesto buen fin. En esta película imperan los discursos populistas, las imágenes obvias y los diálogos simples. Y falta, en cambio, sugestión para que su discurso resulte más eficiente y desprenda menos olor a moralina.

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