
No es por agotamiento, estoy convencido. Podría haber tenido ocho, nueve o veinte vidas más si sus guionistas o sus responsables de casting hubieran sido más espabilados. Han sido precisamente sus últimas decisiones las que han condenado a la serie a una muerte anunciada a gritos. Nuevos personajes sin nada que aportar, y algunos dudosamente interpretados, son el principal motivo del fracaso de esta temporada y del descenso en las audiencias (no hay que olvidar que hasta la infumable Mis adorables vecinos venció durante algunas semanas a esta otrora serie prodigio).
Si el personaje de Mónica, interpretado por Maria Pujalte, ya no encajaba demasiado con el resto del reparto, las tres incorporaciones de esta nueva tanda de capítulos parecían directamente extraídas de otro serial. Leandro Rivera y Cristina Peña harían perfectamente su papel en culebrones juveniles al más puro estilo de Al salir de clase, mientras que Yolanda Ramos debería elegir entre dos opciones: o seguir imitando a Maria Teresa Campos en Homo Zapping, que lo hacía estupendo, o encaminar la chabacanería de Charo hacia otros espacios que la acogerían con los brazos abiertos, como por ejemplo Los Serrano. Desde luego, la culpa no es de estos actores sino de los que no supieron ver que en 7 vidas no había sitio para ellos.

Mención especial y honorífica merece Amparo Baró, la columna vertebral de la serie, la actriz por excelencia, la única por la que algunos de estos últimos capítulos se podían ver. Por ella me llevo un excelente recuerdo. Y por otros dos personajes que, junto a Sole, son los que han encumbrado a 7 vidas como una de las mejores ficciones de la televisión española. Paco y Aída. Javier Cámara y Carmen Machi. Al primero ya sólo lo podremos ver en cine, donde ha demostrado una gran versatilidad. A la segunda, al menos, nos queda el consuelo de poder disfrutarla, aunque con otro estilo, en su propia serie.
Sería injusto no reconocer la labor de los guionistas, cuando de hecho son los principales responsables de que la primera sitcom española saliera airosa del experimento. Supieron adaptar este género norteamericano a la realidad de nuestro país, dotar a sus guiones de agilidad y de un ingenio políticamente incorrecto y, sobre todo, de un humor hasta entonces desconocido por estos lares. Todo esto quedará merecidamente reconocido. Lástima que Globomedia no supiera darle un merecido adiós y cerrar la persiana dos temporadas antes, cuando la serie todavía no había perdido del todo el rumbo. O, como mínimo, haberla clausurado por todo lo alto con ese capítulo 200 en directo y en el que se volvió a demostrar que el equipo que hay detrás de 7 vidas es una notable excepción en la televisión de nuestro país.
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