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HOMELAND FINALE | Eterna Carrie

Con el eterno sambenito de su tercera temporada, Homeland ha sido víctima de una injusta valoración por parte de aquellos espectadores que decidieron apearse de la serie con el final de la trama Brody. Es verdad que el gancho que nos mantuvo pegados a la pantalla durante las dos primeras temporadas no tenía más recorrido. Podría incluso plantearse un final más decente para un personaje capital en el argumento. Pero lo cierto es que sus creadores, Alex Gansa y Howard Gordon, responsables también de esa otra adicción llamada 24, marcaron a tiempo el punto y aparte y, sobre todo, supieron encarrilar la serie en otra dirección, concretamente hacia los diferentes puntos calientes del terrorismo internacional.

La adictiva trama seriada, que hasta el momento se había basado en la sospecha y la desconfianza, se reorientó hacia una especie de ‘Las aventuras de Carrie’, en la que nuestra espía bipolar saltaba de Kabul a Berlín, de Berlín a Nueva York y de Nueva York a Washington con una misión conclusiva por temporada. Los que abandonaron sus andanzas de forma precipitada desconocerán que la esencia de su protagonista se ha mantenido intacta a lo largo de toda la serie. Ya fuera en Europa, Oriente Medio o Estados Unidos, Mathison ha seguido enfrentándose a su eterna lucha entre sus conflictos personales y familiares y el deber, siempre en el regazo de su mentor, ese otro personaje impagable que es Saul Berenson.

Con esos dos pilares inamovibles, manteniendo los guiones una absoluta fidelidad hacia ellos, Homeland ha seguido regalándonos secuencias de alto voltaje, sin dejar de lado aquellos asuntos espinosos que sacan las vergüenzas de los servicios de inteligencia, incluidos los estadounidenses. La serie ha permanecido en su afán de mostrarnos la complejidad de las relaciones internacionales y los dudosos mecanismos de las agencias de seguridad, esa cara oculta que desafía permanentemente los valores democráticos. Precisamente a través del personaje de Saul somos conscientes de cuánta culpa debe asumir Estados Unidos en la mayoría de conflictos internacionales a través de sus diferentes guerras encubiertas. La autocrítica es otro de los puntos fuertes de una serie tan exigente como valiente.

Esta última temporada, Homeland ha querido regresar a su lugar de partida, ese Oriente Medio del que Brody regresó absolutamente traumado. Eran tiempos de Al-Qaeda y de los estragos que supuso la guerra contra Irak en la que se enfrascaron Estados Unidos y sus aliados tras los atentados de las torres gemelas. Casi veinte años más tarde, la zona sigue siendo un galimatías de diferentes fuerzas luchando por el poder. Confrontación de fuerzas no solo locales sino también internacionales, con la eterna lucha entre americanos y rusos de fondo. Y en mitad de esas dos fuerzas, en esta ocasión con el foco puesto sobre su propia lealtad, Carrie Mathison de nuevo inmersa en una maraña de dilemas que la enfrentarán a la peor decisión posible.

El último episodio apela claramente a los orígenes de la serie, con ese inicio en recuerdo de Brody que pasará inmediatamente a la tensión más angustiante, esa a la que Carrie y sus impulsos nos tienen acostumbrados. La relación entre la agente de la CIA y Saul atraviesa su mayor bache y por primera vez su visión sobre aquello del fin justifica los medios choca frontalmente. Desorientados ante el imprevisible destino de nuestros dos personajes favoritos, los guionistas nos sumergen finalmente en una elipsis de dos años. Todo apunta hacia un final triste y frío. Hasta que se suceden dos miradas cómplices, las de dos personas que se admiran y se respetan. Mirada de orgullo y reconciliación frente a mirada de satisfacción y absoluta entrega a la causa, con un haz de luz esperanzador. Desenlace elegante y perfecto para la que, junto a The Americans, es ya la mejor serie de espías de los últimos años.

Comentarios

jailiwagaman ha dicho que…
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