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LOS ARCHIVOS DEL PENTÁGONO | La Rogue One de Todos los hombres del presidente

Salvando las enormes distancias entre dos propuestas tan distintas, hay que admitir que Los archivos del Pentágono contiene una gran similitud con el primer spin-off de Star Wars. Ambas películas desarrollan una trama más o menos desconocida, con mayor o menor fortuna, para deleitarnos en los últimos minutos con una apoteósica y vibrante secuencia en la que se enlaza con un episodio vital de nuestra memoria audiovisual y colectiva. Si en la saga galáctica Rogue One nos emplazaba al inicio de los inicios, Spielberg remata su análisis sobre la época dorada del The Washington Post uniéndola con su capítulo más destacado en la historia del periodismo de investigación, el que protagonizaron Woodward y Bernstein con el caso Watergate y que inmortalizó Alan J. Pakula en Todos los hombres del presidente. Ambos filmes, por tanto, despliegan una traca final que reconcilia al espectador escéptico con todo el metraje anterior, dejando la sensación de que el viaje ha merecido la pena.

Pero, ¿merece realmente la pena esta nueva oda al periodismo de calidad que nos plantea Spielberg? En un país donde todavía se respeta la profesión y en el que la prensa sigue jugando un papel determinante frente a las continuas injerencias políticas de la administración Trump, Los archivos del Pentágono sí parece una historia necesaria. En otros lares, como el nuestro, en los que la objetividad ha sido aniquilada por la opinión, la cinta se nos antojará poco menos que como una obra de ciencia ficción. ¿Periodistas jugándose el futuro por convicción? ¿Medios independientes arriesgando el negocio e ignorando las amenazas del poder? Sin duda, Star Wars nos parecerá a los españoles mucho más realista. De ahí que la película, como paradigma, resulte incluso más necesaria.
Otra cuestión es si Steven Spielberg nos cuenta alguna novedad, algo que no hayamos visto ya en Spotlight, La verdad o, desde luego, en la homenajeada Todos los hombres del presidente. Las exclusivas del Post en las que destapaba las triquiñuelas del gobierno de Estados Unidos para mantener sus tropas en Vietnam seguramente eran desconocidas más allá de sus fronteras pero es evidente que la película vuelve a contar con la libertad de prensa como estandarte. Y lo hace sin ningún aporte novedoso que justifique la reiteración. Para minuciosas reproducciones de investigaciones periodísticas, para reivindicaciones sobre un derecho tan fundamental como la libertad de prensa, ya contamos con poderosos precedentes.

Ni siquiera los asiduos a Spielberg encontrarán algún rasgo al que acogerse. Cuando el rey Midas de Hollywood se pone serio, cuando se olvida de su vertiente más comercial, resulta casi imposible hallar muestras de autoría en su obra. En su empeño por ser sumamente fiel a los acontecimientos, en recrear todas y cada una de las pistas, todos y cada uno de los nombres que formaron parte del trabajo periodístico, el director pierde su enorme capacidad para el entretenimiento.
Aun así, entre pesquisa y pesquisa, el espectador obtiene como recompensa un acceso privilegiado a los entresijos más desconocidos del negocio periodístico, como la rivalidad entre medios (fascinantes los diálogos entre los directores del The New York Times y el Post), las luchas de poder, la protección de las fuentes de información o las presiones políticas (evidente el paralelismo que establece el filme entre Nixon y Trump), por no mencionar esa maravillosa visita al interior de una rotativa.

Pero el gran reclamo de Los archivos del Pentágono, que incluso eclipsa en el cartel al propio título de la película, son Streep y Hanks. Aunque la Academia de Hollywood haya apostado únicamente por ella en las nominaciones, ambos responden por igual a lo que todo el mundo espera de ellos: una clase magistral de interpretación. Lo hacen, además, fuera de la zona de confort, ampliando registros. Él como ambicioso y mordaz director de periódico, ella como propietaria recién llegada a un coto exclusivo de hombres, frágil e insegura, observada con lupa por quiénes preferirían seguir manejándola a su antojo. Si por algo destaca la cinta es, sin duda, por suponer la enésima prueba de que tanto Meryl Streep como Tom Hanks son y seguirán siendo dos pesos pesados, irremplazables, en la industria del cine.

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