martes, 7 de febrero de 2017

No hay lugar para el perdón

¿Existe un sentimiento más autodestructivo que la culpa? Es la cuestión que gravita en todo momento en torno al protagonista de esta sobrecogedora historia, que discurre por cauces muy distintos de los que aventuraba el tráiler. Porque si uno acude al cine con la intención de asistir a una dramedia sobre un solterón divorciado que, de repente, debe apechugar con la educación del hijo adolescente de su hermano fallecido, irá en gran parte desencaminado. Por primera vez, y probablemente sin que sirva de precedente, la promoción de una película no destripa su contenido. Y el goce, sobra decirlo, resulta infinitamente mayor.

Manchester frente al mar golpea duro y de improviso. Lo hace valiéndose de una depurada técnica del flashback, que va y viene de forma intermitente, imprevisible, tal y como aparecen y se desvanecen los recuerdos. El peor de ellos, el más devastador, llega durante la lectura del testamento, cuando la decisión vital de hacerse cargo de un sobrino a las puertas de la mayoría de edad remueve de nuevo la conciencia del protagonista. El Adagio de Albinoni, estremecedoramente bello y triste, encaja a la perfección como banda sonora de uno de los instantes más dolorosos del filme.

A partir de ese instante entendemos a la perfección el comportamiento de Lee Chandler, un encargado de mantenimiento que se autoimpone como castigo un destino sin rumbo. Hasta que ese destino, inescrutable, lo sitúa de frente al pasado y ante un joven con el que de pequeño ejercía plenamente de tío y que ahora se ha convertido en su máximo azote. La convivencia entre ambos, plagada de desencuentros, de incertidumbres y de miedos, es otro de los incentivos de una película de sentimientos hacia adentro.

De sentimientos contenidos precisamente hace un alarde Casey Affleck, en una interpretación que justifica todos los reconocimientos. Es la más genuina representación del dolor, de la enorme carga asumida, de la expiación más torturadora. Y para corresponderle sólo podría existir una actriz con pleno dominio de la sensibilidad, una Michelle Williams que en todos sus trabajos ha sabido impregnar un poso de verdad. De ahí que el súbito encuentro que mantienen ambos en las gélidas calles de este pequeño Manchester suponga otro de las secuencias imprescindibles de la película, en la que se vierte toda la culpa contenida durante tantos años.

El incontestable trío actoral lo cierra Lucas Hedges, la presencia indispensable para que Manchester frente al mar no suponga un mazazo mortal. Sus escarceos sexuales y su juventud sirven de contrapunto para una historia que, de lo contrario, sería insoportablemente trágica. Su personaje es la esperanza, el futuro, el alivio. Y protagoniza la tercera estampa irreprochable de esta joya dirigida por Kenneth Lonergan, la de un abrazo liberador acompañado de una confesión que lo confirma, que no hay penitencia más dura que la que se inflige uno mismo.