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The Killing Finale: El regalo perfecto para incondicionales

Gracias al alma caritativa de Netflix, que la rescató del lodazal de las series canceladas con final abierto, The Killing ha gozado de un privilegio del que pocas pueden presumir, el de poder cerrar la trama y despedirse de sus fieles seguidores. No lo ha tenido nada fácil. Toda la paciencia que crítica y público demuestra con producciones de supuesto prestigio, no se manifestó con este absorbente thriller, castigado sin posibilidad de redención por no resolver el caso Larsen al finalizar la primera temporada. Una reacción tan apresurada como injusta, ya que la serie ha evidenciado una coherencia de principio a fin bastante insólita en el ámbito de la ficción televisiva.

Esta enésima oportunidad ha permitido a The Killing decir adiós de forma digna. Sin hacer ruido pero por la puerta grande. Sin sufrir el desgaste de los reproches, las cancelaciones y las renovaciones de última hora. Con la cabeza bien amueblada y, sobre todo, con un respeto hacia sus personajes principales, los inolvidables Linden y Holder, que la convierten en un clásico imprescindible del género negro.

Por primera vez en la televisión, el policía antisocial y atormentado que ahoga sus penas en la resolución obsesiva de un caso criminal no es un hombre, una premisa que ha hecho más por la igualdad de género que tantas otras series catalogadas injustamente como feministas. Sarah Linden, con toda su complejidad, sus nulas dotes para el roce y el cariño, su frialdad, ha normalizado a la mujer despojándola de todos aquellos atributos con los que la ficción suele etiquetarla.

Pero su evolución sería inapreciable sin la presencia del agente Holder, con el que conforman un tándem tan antiheroico como entrañable que otras producciones, como The bridge, han intentado emular sin el mismo resultado. El mejor ejemplo de esa química que logra traspasar la pantalla lo encontramos en la escena con la que The Killing echa el cierre para siempre y en la que por fin los sentimientos salen a la luz. Podría discutirse si el happy end concuerda con el tono gris y apesadumbrado de la serie, pero ese pañuelo azul y las palabras finales de Linden ponen los pelos de punta. Porque para nosotros ese coche bajo la lluvia incesante de Seattle también ha sido nuestro pequeño gran refugio televisivo.

Estos seis capítulos extra también han servido para brindarnos un nuevo caso con el que perfilar el retrato del inframundo que tan bien ha sabido precisar la serie. Los alumnos de la academia militar St. George, como lo fueron en la tercera temporada las adolescentes obligadas a ejercer la prostitución, representan esa realidad incómoda que toda gran ciudad busca esconder, el patio trasero en el que se acumulan todas las miserias y en el que apenas hay lugar para la esperanza. Un nuevo crimen para jugar otra vez al despiste y que sobre todo ha merecido la pena por la presencia de una Joan Allen midiendo sus fuerzas con la agente Linden. Otro gran fichaje a la altura del inquietante Peter Sarsgaard.

La serie no ha querido olvidarse de sus más fervientes seguidores, los que la hemos defendido a capa y espada, deleitándonos con referencias que cierran el círculo con broche de oro. La aparición estelar de Richmond o el regreso a la primera escena del crimen, ese lago boscoso y sórdido en el que comenzó todo, son el perfecto homenaje para un espectador entregado. Con ese viaje en carretera por los parajes de la cabecera, Linden por fin encuentra la paz consigo misma. Y decide quedarse. Se queda para siempre en nuestra memoria seriéfila.

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