Es una lástima que las rencillas personales hayan empañado la crítica de Carlos Boyero sobre Los amantes pasajeros. No es que sea una valoración acertada de la película, es que incluso el polémico cronista de cine de El País parece haber realizado un auténtico ejercicio de contención para reprimir los sentimientos que provoca el filme. Esta guerra entre divas endiosadas ha silenciado lo realmente importante, que la última cinta de Almodóvar es un insulto, una patada en los morros que ni sus fieles seguidores franceses serán capaces de disculpar.
Aseguraban que el manchego volvía al terreno de la comedia después de años experimentando la seriedad y la trascendencia, pero lo que de verdad refleja Los amantes pasajeros es un viaje sin retorno a la tragedia. Y es que tras esta propuesta que ni tan siquiera alcanza altitudes de José Luis Moreno se evidencia una realidad dolorosísima para el ego de Almodóvar, que en su andadura hacia el prestigio internacional ha perdido su don más importante, el del humor costumbrista.
Ya ese primer cameo de Penélope Cruz y Antonio Banderas nos adelanta que en este avión no hay asiento para los diálogos hilarantes, afectado como está de overbooking de vergüenza ajena, esa que habrán vivido en sus propias carnes las dos estrellas del cine español al protagonizar la primera de tantas chorradas sin gracia. Imposible imaginar el bochorno que habrá podido sentir el resto del reparto. Siempre quedará el consuelo de haber trabajado con Almodóvar, aunque sea con el peor Almodóvar que se recuerde.
Asegura el director que le ha costado horrores escribir el guión de Los amantes pasajeros. Quizá convenga recomendarle entonces que se deje llevar por el ímpetu y la espontaneidad, a ver si fue así como consiguió parir las desternillantes frases de Veronica Forqué o Chus Lampreave en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? o Mujeres al borde de un ataque de nervios. Porque a este avión le sobra pluma y le falta todo el arrebato, ingenio y humor castizo que desbordaban sus anteriores comedias, las únicas que por el momento representan al género con dignidad.
Lo peor es que Almodóvar haya intentado salvaguardar el honor insinuando un trasfondo de crítica social oculto tras esta pura banalidad. Ni el avión sin rumbo es una metáfora de nuestro país ni la sedación del pasaje una alegoría del adormecimiento ciudadano ni pollas en vinagre. El asunto va de culos, paquetes y mamadas, pero a unos niveles que encumbran a obra de arte toda la saga de American Pie. Que nadie espere más carcajada que la del numerito del I’m so excited que se marcan las tres locazas azafatas. De hecho, Raúl Arévalo, Carlos Areces y, sobre todo, Javier Cámara, son los únicos chalecos salvavidas con los que cuenta esta película a la deriva.
Cuesta creer qué oscuras intenciones persigue Almodóvar con semejante esperpento. Quizá esté atravesando un periodo de turbulencias. Puede que en estos momentos se ría de nosotros mientras recibe las cifras de recaudación en taquilla (Los amantes pasajeros ha sido su mejor estreno de toda la historia). Pero lo que está claro es que en esta ocasión le ha propinado a la Academia de cine el corte de mangas definitivo: ahora pueden ignorarle con todo el motivo.
PD. Se confirma la ruptura del idilio entre Almodóvar y Prisa. Desde que Boyero aterrizara en El País y masacrara a Los abrazos rotos, el diario no ha vuelto a surgir en sus películas. Ahora es La Vanguardia la que aparece como discreto, pero significativo, secundario.
Aseguraban que el manchego volvía al terreno de la comedia después de años experimentando la seriedad y la trascendencia, pero lo que de verdad refleja Los amantes pasajeros es un viaje sin retorno a la tragedia. Y es que tras esta propuesta que ni tan siquiera alcanza altitudes de José Luis Moreno se evidencia una realidad dolorosísima para el ego de Almodóvar, que en su andadura hacia el prestigio internacional ha perdido su don más importante, el del humor costumbrista.

Asegura el director que le ha costado horrores escribir el guión de Los amantes pasajeros. Quizá convenga recomendarle entonces que se deje llevar por el ímpetu y la espontaneidad, a ver si fue así como consiguió parir las desternillantes frases de Veronica Forqué o Chus Lampreave en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? o Mujeres al borde de un ataque de nervios. Porque a este avión le sobra pluma y le falta todo el arrebato, ingenio y humor castizo que desbordaban sus anteriores comedias, las únicas que por el momento representan al género con dignidad.

Cuesta creer qué oscuras intenciones persigue Almodóvar con semejante esperpento. Quizá esté atravesando un periodo de turbulencias. Puede que en estos momentos se ría de nosotros mientras recibe las cifras de recaudación en taquilla (Los amantes pasajeros ha sido su mejor estreno de toda la historia). Pero lo que está claro es que en esta ocasión le ha propinado a la Academia de cine el corte de mangas definitivo: ahora pueden ignorarle con todo el motivo.
PD. Se confirma la ruptura del idilio entre Almodóvar y Prisa. Desde que Boyero aterrizara en El País y masacrara a Los abrazos rotos, el diario no ha vuelto a surgir en sus películas. Ahora es La Vanguardia la que aparece como discreto, pero significativo, secundario.
Comentarios
No se me escapa una, eh? ;)
Pero la peli es una mierda. Yo esperaba que Penélope y Antonio fuesen los protagonistas. Al menos, la habría soportado. Pero sí, a mí también me escandalizó ese acento andaluz tan forzado. Se notó mogollón que era una actuación para hacer un favor, porque no se lo curraron nada.
Terrible.
Y cuál era la gracia del gag de Penélope y Banderas? Porque no tuvo ninguna!
Y te has fijado en lo de los periódicos?? Almodóvar es tan rencoroso que ahora sacaría hasta a la Gaceta antes que a El País! jajajaja Pero... por qué La Vanguardia?
jesn/larry
He descubierto tu blog mirando en perfiles y me ha gustado lo que he visto.
Volveré a visitarte.
Hasta la próxima!