
El incidente es quizá el ejemplo que mejor define la tendencia filmográfica de Shyamalan. Aúna el discurso fácil y demagógico que plasmó sin ningún tipo de rubor en Señales, los efectivos recursos de terror de El bosque y la atmósfera inquietante de El protegido. Le falta, eso sí, ese final sorprendente de El sexto sentido que tan buenos réditos le proporcionó en su momento. Es más, parece que ahora ha tomado el camino inverso y ha decidido adelantar el desenlace a la mitad del metraje. Y sus películas, sin esa efectiva sorpresa final, se descubren como buenas intenciones mal desarrolladas.

Eso para todos aquellos que no leyeron antes en los medios de comunicación, y en boca del propio director, que la causa no era otra que la mismísima naturaleza. Amenazados por la brutal agresión del hombre, los árboles y las plantas desarrollaron una sustancia tóxica capaz de bloquear la parte del cerebro humano que impide que nos autolesionemos.
El mensaje ecologista aparece en El incidente de la misma forma que lo hizo en Señales la apología de la religión, es decir, explícita y demagógicamente. Si en aquella parecía que la fe en Dios era la única manera de obtener la salvación, en esta se decide explotar el mensaje verde de tal forma que hasta El día de mañana parece mucho más sutil. ¿Hacía falta que apareciera de fondo una central nuclear o un primer plano de un anuncio inmobiliario para captar el mensaje? Desde luego, la película hubiera sido mucho más efectiva removiendo conciencias si el motivo de tan extraña epidemia, esa venganza de color verde, no se hubiese planteado desde un prisma tan simple y evidente.

Puede que la falta de presupuesto tras el fiasco de La joven del agua haya tenido algo que ver, pero sólo Shyamalan sabrá por qué con cada nueva película que estrena logra desacreditarse un poquito más. Sólo queda recomendarle que sus geniales ideas las venda a quien sepa exprimirles todo su jugo. Hollywood, crítica y público se lo agradecerán.
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