
Lo que algunos seguidores de la serie puede que no lleguen a comprender, entre los cuáles también me hago un hueco, es cómo ha sido posible un estiramiento tan desmesurado de este chicle ya mascado y que tan buen sabor de boca supo dejarnos. Uno de los productores de la serie y director del filme, Michael Patrick King, ha condimentado Sexo en Nueva York, la película con tantos guiños al fan que ha rozado peligrosamente el empacho.
Sabíamos que Carrie era pija a morir pero no hasta el punto de meterse en la cama con un pedazo de collar de perlas. Conocíamos su gusto por la moda y los manolos de 300 dólares pero no tanto como para presagiar que en el futuro necesitaría un armario del tamaño de mi piso. El colmo de la perplejidad nos llega cuando la protagonista contrata a una asistenta nada más y nada menos que para abrirle los mails! Todo un despropósito que convierte a la nueva Carrie en una parodia de lo que fue.

Y es que el toque humorístico que tan bien encajaba en la serie por sus comentarios ácidos y sin tabúes apenas está presente en la versión para la pantalla grande. Los dilemas sobre el sabor del esperma de la nueva conquista de Samantha se sustituyen aquí por los problemas gastrointestinales de Charlotte, uno de los pocos momentos tronchantes de la película pero, no nos engañemos, tan poco sexual como sofisticado.

Sexo en Nueva York, la película explota tanto los clichés por los que es conocida (y criticada) la serie que termina dando la razón a los que la consideraban banal y superflua. La moda es reducida a cuatro tópicas marcas, la elegancia y sofisticación son confundidas con el ridículo y la idiotez y el sexo es disminuido a la nada. Con tales méritos, el filme lo único que consigue es hacernos añorar aquellas sesiones de 25 minutos en las que humor, inteligencia y sexo se daban la mano.
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