
Algunos puntos de esta película la salvarían de la quema si no fuera porque en su conjunto resulta bastante decepcionante. El primero y más importante de ellos es sin duda Juan Diego.
Ni Luis Tosar ni Alberto San Juan ni Álex Angulo logran hacerle sombra a un hombre que no necesita ni pestañear para interpretar personajes absolutamente verosímiles y carismáticos. Es el caso de este José Antonio que con cada aparición eleva al filme por encima de la mediocridad. Su encarnación de jefe campechano, aparentemente cercano pero claramente hijo puta resume el mensaje fallido de la película: en las relaciones empresa-empleado raramente se da la equidad.
La empresa promete, juega con las ambiciones de todo joven que aspira a obtener un beneficio a cambio de los años invertidos en inútiles estudios. La empresa, en contraprestación, exige esfuerzo y entrega, araña horas de la esfera privada, promueve la competencia en un supuesto ambiente de compañerismo, con el único fin de lograr un beneficio mayor del que uno pueda obtener jamás a cambio, aunque se trate en el mejor de los casos del ansiado Audi A8 que pilota el mandamás de la compañía. Como bien dice José Antonio,
la empresa espera, grabado en la silla, el hueco de tu culo.

Más allá de esta realidad, más o menos extendida, la corrección política trata de disfrazarla lo mejor posible. De ahí inventos como los que refleja esta película, llámense
casual day o excursiones para conocerse mejor fuera del ámbito de trabajo.
Su objetivo no es otro que humanizar una relación, la laboral, ya de por sí bastante inhumana. Si odias a tu jefe, si no soportas a los trepas de tus compañeros, si te impiden expresarte libremente, te aguantas, porque de otra forma puedes encontrarte de patitas en la calle. Y como todo el mundo entiende esas reglas implícitas, es normal el recelo existente hacia técnicas de comunicación corporativa tan basadas en la hipocresía. Conviene, aún así y por el bien de uno, aguantarlas.
La imagen de Casual day que mejor refleja esa sensación de desamparo frente a las decisiones de un superior es la que nos muestra a un grupo de trabajadores en lo alto de un tractor. En sus caras, y en lo surrealista de la situación, se refleja a la perfección la forzada impotencia que todo empleado sufrirá en algún momento de su vida. La crítica al cinismo laboral se encuentra presente en muchos otros elementos del filme: la citada verborrea de José Antonio, la venganza en forma de osito decorativo, el cabreo de la pobre explotada a la que tras dos años de contrato temporal le anuncian que su puesto ha sido cubierto por el nuevo yerno del jefe.

Max Lemcke cuenta que se inspiró en sus doce años como empleado de Telefónica para crear su opera prima comercial. Muy quemado debió quedar con la empresa cuando nos relaciona el entorno laboral con un ambiente tan frío y áspero. Sin embargo,
más allá del mensaje evidente, parece olvidarse del desenlace como parte esencial de toda historia. El devenir de los personajes no conduce a ningún sitio, ni siquiera a un final descorazonador, que es a lo que invitaban los acontecimientos.
No hubiera estado mal concluir la trama en la oficina, para comprobar los devastadores efectos del
casual day en sus protagonistas. O hurgar más en las miserias del ser humano ambicioso. O simplemente poner un pinto y final, o bien un punto y seguido.
Cualquiera de las fórmulas seguidas por largometrajes de los que tanto bebe esta cinta, como El método o Smocking room. Porque de otra forma, el filme puede quedar, y de hecho queda, en un cúmulo de buenas intenciones.
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