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VIDA PERFECTA | La palma se la lleva un hombre

A riesgo de que Leticia Dolera me tilde de machista, heredero del heteropatriarcado o cualquiera de los adjetivos con los que su visión del feminismo nos deleita, tengo que confesar que la trama que más me interesa de su primera serie es la de un personaje masculino. La intención de la directora seguramente era la de contar la vida moderna desde el punto de vista de las mujeres pero al final lo que ha logrado normalizar con más fuerza es la discapacidad psíquica. No es que ninguna de sus tres protagonistas sufra problemas psicológicos sino que uno de los personajes de Vida perfecta, el más interesante, es discapacitado psíquico. Y es hombre. Y es el que se gana de lleno la empatía del público.

De forma consciente o no, Vida perfecta ya tiene una razón de ser. Porque integrar de una forma tan natural, sin miedo a herir sensibilidades, en esta época de desmedida corrección política, a un personaje con discapacidad psíquica y a todo su universo tiene mucho mérito. Y es que los problemas del primer mundo de tres treintañeras con crisis existencial resultan anecdóticos al lado de un chico con minusvalía psíquica que debe enfrentare de repente a un cambio trascendental en su vida. Cómo afronta ese reto y cómo encaja en esa nueva realidad es la trama más sugerente de la serie. Si además la encarna, con absoluto respeto y verosimilitud, un actor como Enric Auquer, ya podemos concluir que esta ficción no sería la misma sin la presencia de ese personaje clave.

Pero la protagonista no es otra que Leticia Dolera. No en vano se adjudica el papel principal y consigue, ¡milagro!, resarcir el enorme daño a su propia imagen que arrastra desde que decidió convertirse en una aguerrida feminista para terminar despidiendo a Aina Clotet tras conocer que estaba embarazada. Incoherencias aparte, lo cierto es que la directora, guionista y actriz logra con Vida perfecta no solo salir airosa de todos aquellos que la esperaban con las espadas en alto sino incluso triunfal. A la buena acogida en Cannes le ha seguido el respaldo casi unánime de la crítica española, puede que porque finalmente la serie ha resultado ser más honesta y con menos demagogia de lo esperado.

Las tres protagonistas responden a un cierto estereotipo, todas marcadas por la crisis de la treintena. María, el personaje de Dolera, sufre las incertidumbres de una inesperada soltería, con la ilusión de la nueva etapa y los miedos de sus consecuencias, mientras que su hermana Esther, que encarna de forma muy espontánea Aixa Villagrán, vive en una lucha constante por sentar la cabeza. A su vez, la mejor amiga de María, perfecta Celia Freijeiro, experimenta el camino contrario, el de una mujer atada a la familia y el trabajo con ganas de desmelene. Lejos del discurso fácil, sin marcado acento de denuncia, la serie apuesta más por un tono amable y cómplice, con el que fácilmente podrán identificarse tanto hombres como mujeres, a pesar de que nosotros, ellos, no sufrimos en nuestras carnes el embarazo, la discriminación laboral o las exigencias de la maternidad.

Dolera no puede evitar introducir alguna consigna de forma más o menos natural, como el jefe que insiste en ofrecerle jornada reducida al personaje de Freijeiro para que pueda atender a sus ‘obligaciones’ como madre, mientras su marido llega reventado a casa. Son situaciones que existen, aunque parezcan menos habituales que en el pasado, pero en determinados casos su introducción en la trama resulta un poco forzada. Por suerte, la directora ha decidido llegar a todos los públicos y brindar una ficción entretenida, incluso a ratos enternecedora, cuyo microuniverso termina resultando amigable y reconfortante.

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