
Me dejé llevar de nuevo por la expectación previa, por las críticas que anunciaban una continuación meritoria de
[REC], repleta de sangre y giros inesperados en la trama y la puesta en escena. El resultado, como suele ocurrir cuando uno acude al cine con excesivas ganas, ha sido poco menos que decepcionante.
Jaume Balagueró y Paco Plaza, los omnipresentes directores de lo que promete ser una saga inagotable, no han logrado ninguno de los dos propósitos por los que suele ponerse en marcha una secuela: ni vuelta de tuerca más o menos forzada ni regalo para los fanáticos de la primera parte.
[REC]2 no se multiplica a sí misma sino que reduce a la mitad los logros de una excelente propuesta que, como
Saw, jamás debió caer en las garras del negocio.
La acción, como todo el mundo sabe, arranca escasos minutos después de la primera, cuando la reportera Ángela Vidal es absorbida en la buhardilla del edificio contaminado del Eixample. Tras la puesta en cuarentena de todo el bloque, nuestro punto de vista se sitúa ahora en los cascos de un Grupo Especial de Operaciones de la policía, ofreciéndonos como novedad el plano multipantalla.
La película se aleja del lenguaje reportero para meternos de lleno en el mundo del videojuego. El cambio de enfoque no es anecdótico, porque el filme pierde de forma radical el realismo que tanto asustaba en la primera parte. Lo que la cinta gana en espectacularidad y medios, lo pierde en terror, fracasando así en su intento de prolongar la angustia de su antecesora.
Dividan entre dos los sobresaltos causados por [REC] y obtendrán esta descafeinada segunda parte. Es cierto que el espectador acude precavido tras la experiencia anterior, pero precisamente por ese motivo era necesario sorprender con algo diferente. Los saltos de una cámara a otra no son suficientes como novedad, ya que finalmente la esencia de la película vuelve a fundamentarse en las apariciones estelares, y bastante previsibles, de los infectados.
El filme fracasa incluso en su voluntad de ofrecernos una explicación, pues ya quedaba más o menos dibujada en la película anterior. La presencia de un cura, que por cierto pedía a gritos el soporte de unos buenos subtítulos, acerca la trama a los manidos brazos de Satán, ofreciéndonos incluso un nuevo guiño sobre la niña de
El exorcista, cansada ya de tanto homenaje absurdo.
Las escenas de posesión demoníaca, por si fuera poco, se acercan más a las parodias de Scary movie que a las inquietantes dosis de una buena cinta de terror, confirmando el escaso interés de esta secuela prescindible.

Lo que en
[REC] sumaba enteros, aquí los resta con efecto multiplicador. El excelente casting de la primera parte, con un elenco de actores desconocidos cargado de grandes interpretaciones, se convierte ahora en un cúmulo de sobreactuaciones para olvidar. El GEO argentino y el hermano adolescente, poseídos por la histeria, dan auténtico dolor de cabeza. El hiperrealismo de la primera entrega, con la impagable aportación de Manuela Velasco, da paso ahora a una forzada estética de la que el espectador ya no es tan protagonista.
El miedo ya no abunda y la capacidad de sorpresa escasea. Resten todos los elementos que hacían de
[REC] una obra maestra y obtendrán como resultado esta continuación sin razón de ser. Y ahora recen, recemos todos, porque la tercera parte sea mejor de lo que ya se vislumbra.
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