
Sorprendente que una de las historias más coherentes de la película corra a cargo de Brett Ratner, conocido por destrozar terceras partes de sagas tan importantes como las de Hannibal Lecter o los X-Men y por alargar hasta la degradación la serie Prison Break. La experiencia de un chico en su baile de graduación con la hija minusválida de su farmacéutico es de las más satisfactorias del filme, no por su temática o su belleza, ni siquiera porque sea buena, sino simplemente porque es de las pocas que no engañan al espectador con ínfulas vacías.

Precisamente en el corto protagonizado por esta última nos encontramos otra muestra de condensación bien invertida. Su conversación con un desconocido mientras se fuman un cigarrillo en las puertas del restaurante es de lo más sugerente, y además culmina en una reflexión sobre el matrimonio que para sí quisieran tantos largometrajes que han disertado sobre el tema. Caso contrario de lo que le ocurre a la historia que aporta el director indio Shekhar Kapur (Elizabeth y su secuela). Con un inicio prometedor, gracias a una atmósfera atrayente y a la primera interpretación que hace de Shia LaBeouf un actor, el argumento deriva hacia un final incomprensible, al menos para los que presumimos de una inteligencia media tirando a baja.

Lo que es imperdonable es que este capricho del productor Emmanuel Benbihy, que ya amenaza con un tercer asalto en Shanghai, no haya contado con al menos dos de las figuras que han hecho de Nueva York su particular musa: Woody Allen y Martin Scorsese. Sin desmerecer la contribución del particular plantel de New York, I love you, dominado por realizadores de origen asiático, puede que los dos neoyorquinos cinematográficos por antonomasia hubiesen aportado un toque menos místico al asunto y, ya de paso, hubieran sumado a la película un tercer e imbatible reclamo.
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