miércoles, 31 de diciembre de 2008

'Australia' y las manías de Baz

Baz Luhrmann se ha tomado su tiempo para regresar a la gran pantalla. Siete años después de Moulin rouge, el director australiano ha querido rendir homenaje a su tierra con una gran superproducción de tintes épicos. Sin embargo, siete años son demasiados como para que el realizador no decidiera hasta última hora el final de su historia. Luhrmann rodó siete desenlaces distintos y finalmente escogió uno de los más trágicos. Las críticas negativas de esos atentados contra el arte llamados pases previos provocaron que a última hora se optara, 48 horas antes de su estreno oficial en Sydney, por un happy end que contentara a todos los públicos. A todos, quizá, menos al propio Baz, que con sus dos obras previas denota una predilección mayor por las grandes tragedias románticas.
Luhrmann es un autor de ideas fijas. Primera prueba de ello la encontramos en sus castings, en los que suele repetir actores de nacionalidad preferentemente autóctona. Nicole Kidman y su segundo papel como protagonista son el mejor ejemplo de este criterio más patriótico que artístico, pero no el único. David Wenham, el malo malísimo de Australia (otro arquetipo del gusto de Baz que parece calcado al malo malísimo de Moulin Rouge), aparece también en el musical encarnando a un travesti. En todo caso, los dos protagonistas de Australia, evidentemente australianos, pasan el examen con un aprobado raspadito. Tanto Hugh Jackman como la propia Kidman pecan de excentricidad y sobreactuación, seguramente por culpa de unos papeles tan desdibujados y planos.
La magnificencia es otra de las manías de Luhrmann, que suele revestir las historias de amor con exagerada grandilocuencia, para algunos, o puro romanticismo, para otros. De ahí que tomara prestada en su momento la obra magna de Shakespeare, para dotarla, por si no fuera suficiente, de tintes más dramáticos. O que llevara hasta el extremo la historia de amor entre un joven escritor bohemio y una cortesana en el molino rojo parisino.
En esta ocasión, el amor se ha trasladado directamente a tierras australianas en época prebélica mundial. Y sus a priori antagónicos protagonistas son esta vez la encorsetada aristócrata inglesa Sarah Ashley y el apuesto vaquero autóctono Drover. El telón de fondo de su cortejo es Faraway, una finca en números rojos por culpa de un capataz sin escrúpulos. La llegada de la señora Ashley trastocará el destino de todos, incluido un joven aborigen perteneciente a la generación de los niños robados.
El inicio del largometraje no puede ser menos prometedor. La llegada de Sarah al muelle de la ciudad de Darling y su encuentro con el vaquero Drover conforman una de las escenas más penosas del filme. El espectador, totalmente desorientado, no sabe si se encuentra ante una parodia o ante una comedia, para luego descubrir que la película no evolucionará ni hacia la una ni hacia la otra. Australia desembocará en un drama romántico en toda regla, algo que también sucedió nuevamente con Moulin Rouge, cuyo inicio también resulta bastante desalentador. El filme, por tanto, comienza con escasa credibilidad.
El empeño del director australiano por las técnicas del videoclip, con planos frenéticos y panorámicas astronómicas, otorgaron a Romeo y Julieta un cariz original, aunque discutible, y jugaron un papel determinante en Moulin Rouge, convirtiéndola en una obra maestra dentro del género musical. Sin embargo, esas vistas aéreas a lo Guerra de las galaxias sobre el rancho de Faraway o la rapidez de los planos en determinados momentos no juegan a favor de una película que requiere de un ritmo más sosegado para ganar seriedad. Solamente una escena merece mención por su complejidad técnica: la de una trepidante estampida protagonizada por 1.500 cabezas de ganado de camino al desierto.
Por lo demás, el batiburrillo que conforman la llegada de los japoneses, la defensa de los derechos de los aborígenes, los planos espirituales del abuelo, la codicia del imperio Carney, el amor entre los protagonistas, la desigualdad entre clases, el sentimiento maternal de Sarah y tantas otras cosas resulta absolutamente descompensado. Pero no caótico, de forma que Australia ofrece al espectador ávido de grandes historias lo que esperaba: acción, acción y más acción. Lástima que el espectador sea el responsable, incluso, de determinar un desenlace hecho a medida. Los finales trágicos son, además de imprevisibles, mucho más románticos.

domingo, 14 de diciembre de 2008

El beso que vale más que mil palabras

My blueberry nights ha llegado con escandaloso retraso a nuestras pantallas, lo que suele implicar dos cosas: que la distribuidora no confiaba para nada en la película y que los espectadores no la situaremos precisamente entre las más vistas. Si en algunos casos es lo que se merecen productos de medio pelo, en éste resulta de lo más injusto. El último filme del tan particular director Wong Kar-Wai merece destacar en taquilla por múltiples motivos.
El primero, y más importante para mí, es que Norah Jones, además de regalarme siempre los oídos con su música, logra también regalar la vista del espectador con su primera y más que decente interpretación de toda una protagonista. Era mi principal inquietud con My blueberry nights y, desde luego, la cantante supera con nota su papel de una Elizabeth en busca del destino. Desde luego, no es la que más destaca en pantalla. Es más, sus compañeros de reparto se la comen con patatas. Pero se trata, sin duda, de un excelente debut ante las cámaras.
Después de un inicio en el que destaca más la belleza formal de los planos que la trama, en el que predomina la filosofía, en algunos casos barata, sobre la vida y sobre el amor y en el que, sobre todo, abundan minutos innecesarios, la película traslada la acción a otros derroteros mucho más interesantes. Tras recibir un mazazo amoroso y dejar en ascuas a Jeremy, el propietario de un bar neoyorquino en el que siempre sobra la tarta de arándanos (Jude Law), Elizabeth decide embarcarse en un viaje sin rumbo fijo, sin meta alguna y sin destino.
El azar la empujará a Memphis, donde compaginará los empleos de camarera de día y camarera de noche. Una esclavitud bien acogida que le permite no tener tiempo ni para pensar en las penas. Detrás de la barra nocturna conocerá a un policía refugiado en la bebida y otra oscura noche, tras el tintineo de la puerta del bar, aparecerá el motivo de su desgracia. Una exuberante Rachel Weisz encarna a su desorientada exmujer, que sufre las consecuencias del afán posesivo de su marido y de la atmósfera asfixiante de un pueblo que le queda pequeño. Elizabeth contempla desde fuera el espectáculo y mantiene su contacto con Jeremy a través de postales sin remitente, mientras el chico va desgastando las páginas de la guía telefónica en busca de su flechazo.
El siguiente destino de nuestra protagonista se encuentra en Nevada, donde también ejercerá de camarera en un casino de carretera. Allí la historia alcanza su clímax gracias a una irreconocible, tanto física como interpretativamente, Natalie Portman al más puro estilo Sharon Stone. La actriz abandona la inocencia a la que nos tiene acostumbrados para interpretar a una mujer con coraza de tipa dura. Su adicción al póquer y su personalidad arrolladora conducirán a Elizabeth hacia el significado de su viaje, que termina justo donde comenzó, en un pequeño bar de Nueva York.
Su dueño, Jeremy, mantiene desde la noche en que Elizabeth se marchó un reservado con una cuchara a punto para que su amada, en caso de volver, saboree esa tarta de arándanos cuyo destino no es otro que el cubo de la basura. La noche en que por fin no sobra ni un pedazo de pastel se produce el plano más bello de toda la película. Sin artificiosidad, sin florituras, sin ralentizaciones. Un plano sencillo pero con mucho sentimiento que debería hacer reflexionar a su director.
La grandilocuencia y la excesiva trascendencia con las que Wong Kar-Wai suele tratar un tema tan universal como el amor y la búsqueda forzada de la belleza visual a base de planos imposibles se ven superadas por la sencillez de un beso en ángulo cenital. Aquello que con tanto ahínco busca transmitir, con rebuscadas imágenes y frases lapidarias, únicamente logra traspasarlo al espectador con un sencillo plano. Quizá será que en la sencillez está el truco para despertar sentimientos y, sobre todo, para convertir un buen filme en un filme redondo.

martes, 2 de diciembre de 2008

Comienza el espectáculo

Atención porque, este año sí, los Oscars prometen. A poco más de un mes de conocerse las nominaciones oficiales (que se anunciarán el 22 de enero), las productoras ya han puesto toda la carne en el asador. Los primeros pronósticos avanzan una contienda repleta de grandes películas que vendrán a paliar la descafeinada edición del año pasado. Tras unos meses de noviembre y diciembre con pocos estrenos resaltables en taquilla, preparémonos ya para asistir al alud de grandes producciones que se avecinan para el 2009.
Un simple vistazo a los carteles de las películas que más suenan como favoritas a mejor filme es más que suficiente para comprobar el cambio abismal con la edición anterior. Si ya nos adentramos en los argumentos, personajes, realizadores e intérpretes que se esconden tras los panfletos, las comparaciones resultan mucho más que odiosas. Antes de realizar la quiniela sobre las aspirantes oficiales, no está de más aventurar cuáles son las que parten con más posibilidades. Mi intuición apuesta por las cinco siguientes:Nueva incursión del cine gay en la carrera hacia los Oscars, aunque ya sabemos cómo acabó la noche para Brokeback mountain. Si bien es probable que no salga vencedora, siempre queda bien para el historial de la Academia de Hollywood la inclusión de un filme en defensa de los derechos de los homosexuales. Y más cuando lo protagoniza Sean Penn en la piel de Harvey Milk, el primer político abiertamente gay elegido en 1977 para un cargo público en Estados Unidos y que fue asesinado un año después. Todo el mundo da por hecho su nominación a mejor actor principal.
La historia pone los pelos de punta y promete ser una de las grandes historias de amor del celuloide. Brad Pitt nace viejo y rejuvenece a medida que pasan los años. A contracorriente del resto de mortales, se enamora locamente en mitad de su ciclo vital de una hermosa mujer (Cate Blanchett), a la que verá envejecer mientras se convierte en un niño. La imagen final del tráiler oficial es espeluznante. Con David Fincher tras las cámaras, es sin duda una de las grandes favoritas y una de las más esperadas.

Anunciada a bombo y platillo con el gancho de reunir de nuevo a Leonardo diCaprio y Kate Winslet tras Titanic, la película ha estado presente en todas las quinielas desde el primer momento. Sam Mendes regresa a la crítica social de American Beauty centrando su objetivo en un joven matrimonio que vive en los suburbios de Conneticut en los años 50. Apariencias, falsedades y miserias de la sociedad occidental nuevamente en el punto de mira del director. La Academia ya premió su ingenio una primera vez. Habrá que ver si el enfoque sigue dando sus frutos.
Una monja se enfrenta a un sacerdote tras sospechar que abusa de un menor negro. La historia encajaría a la perfección en un telefilme de sobremesa dominical si no fuera porque la monja es Meryl Streep y el sacerdote Philip Seymour Hoffman, dos pesos pesados con excelente trayectoria en los Oscars. El tráiler es intrigante y anuncia grandes momentos de duelo interpretativo. Su director, John Patrick Shanley, en cambio, es un caso extraño: se trata de su segundo filme tras Joe contra el volcán, de 1990, y nadie lo incluye en las quinielas como mejor realizador.
Mi apuesta menos convencida. Lo tiene todo para entrar en la lista pero también todo lo que podría jugar en su contra. Superproducción épica con Nicole Kidman y Hugh Jackman al estilo Lo que el viento se llevó. El retorno de un director, Baz Luhrmann, que nos dejó a mas de uno atónitos con Moulin rouge. Un despliegue técnico de infarto. En cambio, su brutal campaña publicitaria no ha podido evitar la fría acogida de la crítica y el poco respaldo del público, que la situó en quinta posición el fin de semana de su estreno.

Quedan en el aire El lector, una de mis más ansiadas (ver el post anterior), El caballero oscuro (a mi entender, con pocas probabilidades, a pesar del más que seguro Oscar póstumo para Heath Ledger), El luchador (de Darren Aronofsky), El desafío: Frost contra Nixon o Slumdog Millionaire (la última de Danny Boyle).

Para seguir día a día la carrera hacia los Oscars, el blog Los Oscar 2009, de Javier Escartin y Juan Bautista, es fantástico.