
Diario de un escándalo, aunque lastrada por tan melodramático argumento, nos ofrece ese algo más. De entrada, una ácida introducción por parte de la veterana lésbica que ya quisieran para sí los guionistas de Pasión de gavilanes. Sus comentarios sobre la educación y el progreso resultan inteligentes y mordaces, por no hablar de las opiniones que va vertiendo sobre la situación familiar de su amada (desternillante, por ejemplo, cuando describe el “bochornoso” baile con el que la familia suele terminar sus sobremesas). Y es que los diarios son el último reducto que uno tiene para sincerarse consigo mismo, donde no tienen cabida ni convenciones ni autocensuras. No están escritos para nadie más que para uno mismo. De ahí que si alguien los fisgonea salgan a la luz pequeños o grandes detalles hirientes. Ya se sabe, la sinceridad totalmente desnuda duele.

Es cierto que hay una descompensación en cuanto a la construcción de los dos personajes. Barbara, el papel interpretado por Dench, es la auténtica protagonista de la película. Perfectamente definida, ella es el hilo conductor que nos conduce a lo largo del relato a partir de su propio diario. De Sheba, en cambio, la profesora adúltera y pseudopedófila a la que da vida Blanchett, no logramos entender muchas de sus actuaciones. Su personaje es poco creíble por estereotipado. Mujer progre, happy y hippie, no termina de convencernos qué la llevó de los brazos de su hombre maduro a los de un adolescente que a penas pronuncia dos palabras en toda la película.
Por tanto, más allá de una buena interpretación y media y de una notable voz narrativa, extraída seguramente de la prometedora novela homónima de Zoe Heller, Diario de un escándalo termina por hacer del morbo un tópico, cayendo en lo previsible. Aquí lo escandaloso hubiera sido escandalizar de veras. ¿Por qué no profundizar más en la relación amorosa entre una profesora y su joven alumno? ¿Por qué no hacerla perdurar? ¿Por qué no mostrar la sexualidad de una mujer mayor y, para colmo, homosexual? Ahí es donde hubiera radicado el escándalo, en la trasgresión de las normas establecidas. De otra forma, no estamos más que ante un culebrón sofisticado con un par de buenas actrices.

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