miércoles, 27 de septiembre de 2006

Las nueve vidas de las mininas

Lo desconocía totalmente. Si aquí los gatos tienen siete vidas (tal como nos aseguraba Antonio Flores en una de sus canciones o la cabecera de una de las mejores series españolas), resulta que en el mundo anglosajón los mininos tienen nada más y nada menos que nueve. 9 vidas. En todo caso, ya sean siete, nueve o mil, la esencia de la frase es bien clara. El instinto de supervivencia de todo animal, ese que ayuda a levantarse tras volverse a caer, es la idea que esconde la metáfora. Es precisamente de lo que están hechas las mujeres, o la mayoría de ellas. De esa fuerza inusitada que las empuja a tirar adelante a pesar de los baches, por profundos que éstos sean.
Las 9 vidas de Rodrigo García (más conocido como el hijo de Gabriel García Márquez) son la plasmación visual de la metáfora. Nueve mujeres enfrentadas a sendas preocupaciones, de mayor o menor magnitud, sobreviven a los años sin perder del todo la cordura pero a su vez sin permitir que entren en el olvido. En un momento en el que abundan producciones muy variopintas bajo el pseudónimo de femeninas o feministas (me vienen a la mente Mujeres Desesperadas o el Volver de Pedro Almodóvar), estos nueve relatos, unidos, son uno de los homenajes más realistas que sobre la mujer se han podido elaborar. Que sea un hombre el artífice no hace sino que añadirle réditos al asunto.
Ninguna de las historias tiene un principio y un final narrativos. Son escenas clave en la vida de estas mujeres de las que desconocemos buena parte del pasado y, sobre todo, sus futuros desenlaces. Todo se sugiere mediante el diálogo, dejando que cada mente de cada espectador imagine hasta donde quiera imaginar. Pero sólo con esos 10 minutos de la vida de una persona, diez minutos vitales, uno es capaz de ponerse en su piel, de experimentar sus inquietudes y sus preocupaciones, de sentir su angustia y su dolor.
Sería desmesurado desmenuzar cada una de las nueve historias, aunque ninguna de ellas tiene desperdicio. Cada cuál se quedará con aquellas con las que se sienta más identificado o las que le hayan suscitado un mayor impacto. En mi caso son tres.
La más angustiosa, quizá, sea la que vive Robin Wright Penn un día cualquiera en el supermercado. Con un niño en el vientre y el carrito de la compra en las manos se topa con un amor pasado. Cuando ambos ya han rehecho sus vidas y parece que ya está todo olvidado, resurgen entre los pasillos de alimentación los sentimientos no superados. Y también las dudas, los miedos y, al final, las decisiones desafortunadas que ya no tienen vuelta atrás. Terrible la sensación de impotencia que desprende esta historia por dejar que se esfume una única oportunidad de recuperar aquello que más quieres.
No es menos terrible la prisión en la que se ha convertido la relación de Holly Hunter con un marido que no duda en humillarla ante cualquiera. “A veces eres un cabrón conmigo” le suelta al susodicho cuando ignora su claustrofobia a los ascensores y la obliga a subir, consciente ella de que su historia con él está tan llena de pequeñas cabronadas que, a pesar de su situación acomodada, jamás será feliz a su lado. Un buen ejemplo de cuando el amor se confunde con el servilismo y deviene en absoluta ceguera.
La última historia, la que protagonizan Glenn Close y la jovencísima actriz con mayúsculas Dakota Fanning, es de una tristeza absoluta, reflejando la relación que las mujeres establecen con la muerte, incluso con la más injusta e inesperada. Es la que provoca el momento de más ternura y el de mayor sorpresa de toda la película, dejando como desenlace la mejor guinda de tan fantástica tarta.
Las actrices, todas, sin excepción, demuestran su talento enfrentándose a unos durísimos planos secuencia en los que no caben las comodidades del contraplano ni las complacencias de las tomas fugaces. Pero la toma única es también todo un reto para el rodaje que, de superarse, atorga al filme toda la intensidad necesaria para historias tan dramáticas como las que padecen estas nueve mujeres. Rodrigo García lo consigue con creces.

lunes, 18 de septiembre de 2006

1. Volver, 2. Salvador y 3. Alatriste

Algo más en común que ser una de las candidatas propuestas para los Oscar por nuestra Academia de cine tiene Salvador con Alatriste. Desde luego no se trata del presupuesto, que de bien seguro no alcanza ni la cuarta parte de los 24 millones que ha costado la gran superproducción española del año. Añadiría, en cambio, que, como en la vida, el dinero no lo es todo. Y esto es algo que se deja notar cuando uno compara ambas producciones.
Más cosas en común, decía, tienen Salvador y Alastriste. De entrada, la participación de un actor externo a la cantera nacional como estrella y como reclamo principal. La gran aportación de la película de Agustín Díaz Yanes es sin duda la presencia de Viggo Mortensen. Todavía no son conscientes los productores del filme del gran favor que les ha hecho este impecable actor a la hora de participar en un filme que, a pesar de su ambición, fracasa estrepitosamente en la narración. No hay que desmerecer el papel del resto del reparto de la película, con lo mejorcito del cine español, pero hay que reconocer que Alatriste sin Mortensen sería otra cosa (¿Alguien sabe, por cierto, qué porcentaje de esos 24 millones se ha embolsado el rey de El señor de los anillos?).
Daniel Brühl es la estrella invitada en Salvador. A pesar de que no es tan conocido como Viggo, encarna con la misma profesionalidad el papel protagonista de la película. Posee esa mezcla perfecta entre inocencia y rebeldía juveniles para ponerse en la piel del joven anarquista Puig Antich y consigue transmitir lo que el filme persigue transmitir, empatía ante el dolor de una muerte injusta. Los dos actores, además, realizan un esfuerzo de adaptación al idioma, Mortensen al castellano, Brühl al catalán, del que salen increíblemente bien parados. Y si Alatriste cuenta con la plana mayor del cine español, Salvador está plagada de grandes actores catalanes, bien conocidos todos ellos por su participación en los culebrones de sobremesa de Televisió de Catalunya (cuyo director general, por cierto, es uno de los guionistas de la película).
Los dos filmes se basan, aunque con mucha diferencia cronológica, en hechos históricos de nuestro país. Algo que es de agradecer, ya que nuestra historia daría para muchos más argumentos que la historia que estamos acostumbrados a ver en pantalla y que no es otra que aquella en la que ha tenido alguna implicación Estados Unidos. ¿Por qué no hay más Historia en nuestro cine? Básicamente por falta de presupuesto. Recrear el pasado cuesta una pasta y eso es algo que han entendido los acreedores de Alatriste, aunque al final los grandes medios no contribuyan a una historia sólida y bien contada.
Pasa lo contrario en Salvador. Los medios no son los mismos, se nota en algunas escenas, y sin embargo, la historia sigue un hilo argumental coherente y desemboca en un destacable final. Los primeros minutos de la película, un tanto caóticos y desordenados, se encargan de desarrollar los inicios anarquistas de Puig Antich. Las revueltas estudiantiles, los traspasos de la frontera a Francia, los atracos a bancos capitalistas para destinar sus arcas al mundo obrero, la impresión de octavillas reivindicativas. Vistas hoy estas escenas, uno se da cuenta del cambio tan brusco de mentalidad que hemos sufrido los jóvenes. La ilusión y la visión utópica de un cambio de sistema social nos son tan ajenas como las batallas que plagaron el Siglo de Oro español. En cambio, era fácil encontrarse en la sala, con abundante público sobrepasando la cuarentena, personas visiblemente identificadas con los personajes de la película.
La rebeldía de la primera mitad del filme da paso al drama y al dolor de la segunda mitad. La película no escatima en efectos lacrimógenos y en situaciones que, aunque bastante inverosímiles, resultan del todo enternecedoras. El ejemplo más claro, cuando el funcionario de prisiones Sbaraglia juega al baloncesto con el anarquista y catalanista prisionero. No es creíble, pero ojalá fuera cierto. Pero el momento final de Salvador es sin duda el que mejor refleja el cariz dramático de la película. La ejecución de Puig Antich por garrote vil, recreado al milímetro y reforzado con un angustioso traveling circular, es de las escenas más duras que nos ha ofrecido jamás el cine español. ¿Era necesario ser tan explícitos? Desde luego. Sólo de esa manera se remueven conciencias y se consigue entender la barbarie de la que puede ser capaz el ser humano. En definitiva, un filme que, aunque excesivamente dramatizado, es del todo necesario y recomendable.
Por este motivo, su posicionamiento en la quiniela hacia los Oscar debiera ser mejor que el de la omnipresente Alatriste. Un filme menor con mensaje es preferible al filme mejor realizado de la historia del cine español pero con grandes flecos narrativos. Aunque de nada sirve este debate, ya que si un filme merece el puesto de honor en la carrera hacia la estatuilla dorada ese es Volver. Sólo Almodóvar y, sobre todo Pe, tienen auténticas posibilidades de lograr el Oscar. Pensar lo contrario es utopía.

miércoles, 6 de septiembre de 2006

Especial USA: El 11-S en la gran pantalla

Dos maneras muy distintas de enfocar una catástrofe. Una, a la búsqueda del realismo. La otra, en busca del heroísmo. Cinco años ha tardado Hollywood en llevar a la pantalla el atentado terrorista más grave de la historia de Estados Unidos. Tarde o temprano tenía que ocurrir. El 11-S tenía todos los números y todos los ingredientes para ser llevado al cine. Dos películas muy coincidentes en el tiempo han sido las encargadas de romper el hielo de tan espinoso tema que de bien seguro deparará nuevos y más variados proyectos en el futuro. Por el momento, ambas películas primerizas dejan el listón bien alto, aunque con resultados muy dispares entre ellas.
Se deja notar la procedencia de sus directores con sólo observar el enfoque de ambos filmes. Paul Greengrass, inglés, ha decidido con United 93 ofrecer una visión lo más realista y documentada posible precisamente sobre uno de los vuelos de los que se desconocen más datos y se derivan más especulaciones, el vuelo homónimo que se estrelló en un descampado de Pennsylvania. Todo desde un punto de vista neutro, lejano al sentimentalismo. Oliver Stone, neoyorquino de pura cepa, se impregna en World Trade Center de ese espíritu tan típicamente norteamericano que necesita de héroes para curar heridas y para evadirse de la cruda realidad. Punto de vista europeo, por tanto, versus punto de vista made in Hollywood.
United 93 es una película meramente descriptiva. Pero es tan exhaustiva su descripción que consigue involucrar al espectador hasta el punto de cortar la respiración. Es angustiosa, como angustiosos debieron ser los momentos que les tocó vivir a los sufridos pasajeros de aquél avión. Refleja hasta el detalle, paso a paso, en tiempo real, el caos y la confusión que reinaron aquel fatídico día, tanto dentro del aeroplano como en la torre de control, donde ni tan siquiera al terminar el metraje sus protagonistas eran conscientes de la magnitud de la catástrofe. Nadie estaba preparado para una amenaza de tal calibre.
Es fácil ponerse en la piel de las víctimas viendo esta película. No es necesario ningún recurso adicional para tocar la fibra sensible. Sólo con una llamada desde las alturas anunciando el inminente final y despidiéndose del que descuelga el auricular, sólo con un impotente ‘te quiero’ se le empañan a uno los ojos. No hace falta más música ni involucrar a los seres queridos para sentir empatía. Los hechos ya fueron suficientemente trágicos como para añadirle más dramatismo.
Y esto es algo que parece no haber entendido Oliver Stone con World Trade Center, aunque es probable que el título encuentre mucha más aceptación entre sus conciudadanos que la cinta de Greengrass. Stone opta por focalizar la tragedia en dos de las veinte únicas personas que fueron rescatadas con vida de los escombros, dos policías de la Autoridad Portuaria de Nueva York (un Nicolas Cage eclipsado por su acertado compañero de reparto Michael Peña). La elección denota intenciones. De entrada, contribuye a ensalzar la ya de por sí homenajeada figura del policía-héroe. Pero sobre todo, ante unos espectadores tan malacostumbrados al final feliz como somos la gran mayoría, busca encontrar ese atisbo de esperanza que invita a no perder la fe.
Para lograr ambos objetivos no se escatiman recursos lacrimógenos. Banda sonora reforzadora, sufridoras y desencajadas esposas, hijos pequeños amenazados de orfandad. Elementos que, mezclados con el más de medio metraje pendiente de la angustia de los dos policías atrapados bajo toneladas de escombros, conforman una película en algunos momentos aburrida y, en algunos otros más, excesivamente edulcorada. Sin embargo, no por ello el filme deja de tener interés. La recreación del interior del imponente edificio de oficinas y del momento en que el segundo avión se estrella contra una de las Torres Gemelas visto desde dentro del coloso permite hacernos una idea todavía más clara de las dimensiones de la tragedia.
El final de ambas películas, sin embargo, es el que ejemplifica mejor esta diferencia de tratamiento. World Trade Center es el atisbo de esperanza por encima de toda situación, por muy devastadora que ésta sea. Sirenas, ambulancias, respiro, calma, abrazos, alegría. Una imagen final mil veces vista. United 93 culmina con una escena tensa, caótica y desgarradora en la que podemos comprobar mejor que nunca que el instinto de supervivencia no entiende de límites. Tras la visión subjetiva del fatal destino, un fundido en negro. Y en la sala, un silencio sepulcral. Qué mal rato.