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ESPECIAL SITGES 2013: The Green Inferno

Aprensivos y miedicas del universo, dejad de sufrir. Si existe un lugar en el que las mutilaciones, despellejamientos y demás prácticas gore se acogen con júbilo ese es sin duda el Festival de Sitges. Sólo en un enorme auditorio repleto de sádicos podréis soportar, e incluso recibir con entusiasmo, las imágenes más pavorosas e insoportables. Después de esta experiencia casi vital no habrá película de género que se os resista.  

The Green Inferno es el tipo de filme que encaja a la perfección en el certamen más friki de nuestro país. Ahora que las comedias no pasan por su mejor momento, el cine de terror en Sitges es lo más cercano que tiene el espectador para pasar un buen rato. Y aunque pueda parecer que el canibalismo no va con nosotros, enseguida uno cambia de idea con los primeros silbidos y aplausos en la platea.

No me extraña que Eli Roth disfrute como un enano presentando sus retorcidos filmes en el festival catalán. En pocos lugares encontrará un público tan entregado y una crítica tan receptiva ante un producto que más allá de las costas del Garraf se consideraría de serie Z. Aquí los cánones se zarandean para recibir con vítores lo que el fanático espera, que no es otra cosa que vísceras y sangre.  

El director de Cabin fever y Hostel no sólo sirve en bandeja una enorme carnicería (salpimentada y todo) sino que además lo hace sin desvariar en exceso, algo prácticamente imposible en una cinta que mezcla el terror juvenil con el homenaje a Holocausto Caníbal. Sorprendentemente, todo avanza a cauteloso ritmo, otorgándole tiempo a la presentación de los personajes y preparando el terreno para la barbarie.

Cuando llega ese momento, cuando aparece por primera vez la sanguinaria tribu de la selva peruana, no hay compasión ni espacio para las sutilezas. Ni falta que hace. Superado ese primer trance, ante el que resulta prácticamente imposible no apartar la vista, todo fluye ya con mayor naturalidad. Entre acérrimos del cine de terror, el canibalismo se lleva mucho mejor.

Aunque las comparaciones con Holocausto Caníbal son obvias desde el propio planteamiento de la película hasta el contexto selvático, lo cierto es que The Green Inferno produce un extraño placer, algo que ni asomaba en la sórdida e insoportable chaladura de Ruggero Deodato. Sin ese formato de falso documental ni la descarada búsqueda del escándalo, la propuesta de Roth en ningún momento deja ese poso de mal rollo que desprendía la cinta de culto de los 80. Es tan sólo un divertimento sin mayores pretensiones de trascendencia.

Aún así, Roth incluso se permite el gusto de hurgar en lo políticamente incorrecto, denunciando el afán mediático de las organizaciones ecologistas. Imaginamos que después de The Green Inferno el director de Boston no figurará en la lista de miembros de honor de Greenpeace, aunque en este caso jamás se le podrá acusar de maltrato animal. Dónde seguro se le seguirá recibiendo con los brazos abiertos es en Sitges. No sólo deja un puñado de escenas para el recuerdo (uno de los accidentes aéreos mejor rodados) sino que recoge en 100 minutos el espíritu de todo un festival.

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