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NORMAL PEOPLE | Retorno al romance

Daisy Edgar-Jones y Paul Mescal
¿Dónde se habían metido las grandes historias de amor? El drama romántico, un clásico entre los géneros, parecía no tener lugar en el cada vez más complicado entramado audiovisual. La fantasía o el suspense parecían recursos infalibles para generar adicción y conseguir destacar entre tanta competencia. El cine, y sobre todo la televisión, habían olvidado el poder de atracción de una buena historia de amor. Se suponía que había que mezclarla con otros géneros, como en Outlander, o recurrir a enrevesados giros de guion, como en This is us, para conseguir atrapar al público. Pero de repente llega Normal people y demuestra que algo tan sencillo como la química entre dos personas, esa que supera todo tipo de trances, atrapa y conmueve como ninguna otra historia.

Las vidas de Marianne y Connell están condenadas a cruzarse. Desde el momento en que prende la chispa entre ambos, en un terreno tan hostil como puede llegar a ser el instituto, no hay obstáculo que les permita distanciarse por completo, incluso a pesar de que su relación no es precisamente un camino de rosas. El gran aliciente, pero también el enorme sufrimiento, de esta serie recae precisamente en su entrañable pareja protagonista y en la impotencia que genera en el espectador, testigo de cómo la distancia se apodera de ellos por una absoluta falta de comunicación.

Ella, la empollona apestada de clase. Él, chico introvertido pero popular. Se gustan en silencio. Él admira su osadía e inteligencia mientras ella percibe una interesante vida interior. Su amor debe ser a escondidas, por decisión de ambas partes. Él, cobarde, prefiere no enfrentarse al rechazo y la guasa de sus compañeros de pupitre, mientras que ella es demasiado orgullosa para recriminarle su falta de valentía. Y de esa pasión prohibida surge una relación condenada a distanciarse y reencontrarse a lo largo de toda su juventud.

Con el paso del instituto a la universidad se cambian las tornas y ahora es ella la que domina la situación, mientras él ha perdido el confort del rebaño y se enfrenta a los miedos de un mundo más tolerante y abierto. La apertura al mundo exterior no resulta fácil para ninguno de los dos, cada uno arrastrando los traumas personales y los de su relación a sus propias parejas. Pero con cada fortuito encuentro, se paralizan sus vidas y se forma de nuevo una burbuja protectora de la que resulta difícil salir. Un microuniverso de intimidad que se convierte en el motor de una serie que desprende ternura y provoca más de un suspiro.

Es prácticamente imposible no caer en los brazos de una obra perfectamente concebida para embaucar. Hay que ser muy escéptico para no enamorarse de la pareja protagonista, porque si Daisy Edgar-Jones está espléndida en su papel de torturada, no lo está menos un Paul Mescal contenido que emociona cada vez que explota. Asistimos a su esfera íntima con absoluta naturalidad, asumiendo que el sexo forma parte de la cotidianidad, sin otorgarle mayor o menor importancia. De hecho, la escena más personal y efectiva se produce a distancia, cuando Marianne espera a que Connell se quede dormido y amanece al día siguiente al otro lado de la pantalla. La lista de momentos dulces, que no edulcorados, es infinita.

Y por si la química entre los dos protagonistas no fuera suficiente, la producción al completo de Normal people se pone al servicio de la causa. Cada roce, cada mirada, cada encuentro, se ve reforzado por primeros planos debidamente desenfocados, mientras una banda sonora calculadamente seleccionada, perfecto equilibrio entre lo comercial y lo indie, remata la faena. Se entiende que la serie, basada en el libro de Sally Rooney, haya conquistado al público. No es para menos. Entran ganas de quedarse a vivir en ella.

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