Si el año pasado fue el movimiento #OscarSoWhite el que colmó de reivindicaciones la gala de los Oscar, ésta ha sido la edición del #TimesUp y el #MeToo, que reclaman la igualdad entre hombres y mujeres y el fin del acoso sexual en la industria de Hollywood. Denunciar situaciones tan aberrantes en un multitudinario escaparate como estos galardones no sólo es eficaz sino necesario. Otra cuestión es cómo responde la maquinaria del entretenimiento a estas demandas. Y ahí es cuando entran en juego los lavados de imagen exprés. Porque ¿de qué sirve milimetrar el color de piel de los presentadores en el escenario si finalmente la única candidata con amplia representación de la comunidad negra, Déjame salir, saldó la noche con un único Oscar al mejor guión? ¿Para qué festejar la presencia por primera vez en 90 años de una mujer entre las candidatas a mejor fotografía si al final se fue de vacío? Los Oscar están repletos de incongruencias y este año la más flagrante fue ignorar a una directora, Kathryn Bigelow, por una película vibrante, Detroit, que además denuncia las situaciones de abuso de poder hacia los negros. Mientras, en su afán por contentar a todos los públicos, los galardones más importantes del cine parecen más desorientados que nunca. Atrás quedan aquellos años en los que la Academia de Hollywood apostaba firmemente por una película, que podía llegar a acumular hasta once estatuillas. Ahora eso parece impensable. La gran favorita de esta edición, La forma del agua, logró sólo cuatro de los trece premios a los que aspiraba, tan sólo uno por encima de la espectacular Dunkerque y con dos más que la redonda Tres anuncios en las afueras. Es lo malo de mezclar el arte con la corrección política. Finalmente no queda claro si se recibe un premio para tapar vergüenzas o por méritos propios.
Fernando Meirelles pedía disculpas a los asistentes del preestreno barcelonés de A ciegas por las imágenes tan duras que iban a presenciar. Para quien no conociera el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, sin duda le sorprendería la crudeza de algunas escenas, sobre todo las que tienen lugar durante la improvisada cuarentena para ciegos . Pero los que alguna vez leyeron la novela del Nobel portugués seguramente recordarán la sensación de angustia que provocaban algunos pasajes, hasta el punto de resultar incómoda su simple lectura. La adaptación no obvia los momentos más duros del relato, pero sí elude algunos escabrosos detalles que hubieran hecho del filme una auténtica pesadilla. La recreación de un mundo sumido en el caos tras caer todos sus habitantes en una inexplicable ceguera blanca es meritoriamente realista. De bien seguro que Saramago se quedó corto al suponer la degradación a la que puede sucumbir un ser humano en estado de emergencia, sin orden ni control. Aún así, el rel...
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