viernes, 17 de febrero de 2017

Los 5 grandes errores de la 3ª temporada de The Affair

Sabíamos que no sería fácil. Una vez cerrada la trama de Scott Lockhart, la que mantuvo viva la intriga durante dos temporadas, cabía la duda de por dónde discurriría esta adictiva historia a cuatro bandas. Resuelto el misterio, y de qué forma tan sobresaliente, parecía complicado proseguir el argumento. Renovarse o morir. Y visto el camino intermedio que han emprendido Sarah Treem y Hagai Levi, sus creadores, quizá la opción de un desenlace con tres inocentes culpables era la más responsable.

Los seguidores de The affair nos hemos topado, ya desde el primer capítulo de la tercera temporada, con otra serie. Con los personajes más dispersos que nunca (geográfica y mentalmente), intrigas con resoluciones de principiante y la alteración del sello que ha dejado huella en la historia de la televisión, la serie de Showtime (ya oficialmente, el canal que realiza un peor seguimiento de sus productos) ha perdido el rumbo. A continuación, los cinco grandes errores que han cometido sus responsables y que podrían haber condenado el destino de una ficción excelente.

1. El gran salto temporal
La acción de la tercera temporada comienza tres años después de que Noah se autoinculpara de la muerte de Scott Lockhart, una opción arriesgada que obviaba buena parte de la evolución de los personajes y que se ha demostrado ineficaz. Recurriendo únicamente a los flashbacks que explicaban las secuelas psíquicas del escritor, el resto de protagonistas no han recibido el mismo tratamiento, de manera que nos hemos encontrado con una Helen que sigue sin pasar página, una Alison desorientada y un Cole aburguesado sin la chispa de antaño. La trama podría haber discurrido justo después del cliffhanger del final de la segunda temporada. El juicio, el revuelo mediático, la entrada en prisión, los desencuentros familiares. Quizá había más tela que cortar en las inmediaciones del gesto heroico de Noah que tres años más tarde, vista la deriva argumental de la serie.

2. El misterio de Noah
No hay duda de que Noah ha sido el gran epicentro sobre el que ha pivotado buena parte de la trama de esta tercera temporada, una opción ya de por sí discutible. Así lo demuestra el capítulo que abrió esta tercera tanda, dedicado íntegramente a su personaje. Su decadente existencia, tras la salida de prisión, el entierro del padre y su anodina experiencia como profesor universitario culmina con un apuñalamiento que condicionará gran parte de la trama de estos diez capítulos. Para demostrar las consecuencias de sus numerosas secuelas psíquicas, el guión hace uso de flashbacks tramposos cuyo único aliciente, al final, ha residido en comprobar la notoria decadencia física de Brendan Fraser. Una espiral de alucinaciones, con una música chirriante, y la aparición de traumas infantiles desconocidos hasta ahora, junto a una violación tan súbita como inexplicable, culminan en la peor de las resoluciones. Ya que el apuñalamiento no podía ser onírico, finalmente es autoinfligido. Tras el desenlace de Los Serrano, se encuentra este nivel de estafa al espectador.

3. Juliette
El fichaje de Irène Jacob parecía un estímulo para esta tercera temporada. La aparición de nuevos personajes, incluso de nuevos puntos de vista, podía resultar enriquecedora para la trama, tal y como se demostró en la segunda tanda con la incorporación de las versiones de Cole y Helen. Pero así como la visión de Luisa podría haber sumado una interesante aportación, la de una esposa ilusionada que debe asistir al alejamiento de su marido, eternamente enamorado de Alison, la entrada de Juliette ha supuesto la irrupción de un personaje totalmente innecesario. La historia de una profesora francesa que desembarca en una universidad yanqui para revolucionar las arcaicas mentalidades de sus alumnos sobre el amor y el sexo han servido únicamente para rellenar los minutos de una temporada prácticamente hueca, en la que sólo ha brillado el universo de Helen. Por no haber, ni siquiera ha habido un diálogo morboso entre dos formas tan antagónicas de entender la vida como las de estas dos mujeres en la vida de Noah. Lo que debía suponer un soplo de aire fresco parisino finalmente se ha convertido en un tedio que ni la trama de un marido con Alzheimer ha conseguido salvar.

4. La alteración del sello personal de la serie
Por primera vez, The Affair ha decidido alterar de manera bastante arriesgada su propia estructura. Además del primer capítulo, dedicado íntegramente al punto de vista de Noah, también hemos asistido a contrarréplicas que han llegado un capítulo después, poniendo a prueba la memoria del espectador, incapaz de asumir toda la riqueza de matices que se desprenden cuando las dos visiones están enfrentadas en las dos mitades de un mismo episodio. Por si fuera poco, jamás se habían alterado las realidades de tal forma que los acontecimientos se presenten radicalmente distintos en función del protagonista. ¿Cómo puede ser que Alison y Helen recuerden de manera tan distinta si se confesaron mutuamente o no en la barra de un bar la triple implicación en el crimen? El aliciente de la serie estaba en las sutilezas, en los cambios cromáticos, en las vestimentas, en el entorno. En definitiva, en la subjetividad de los recuerdos, pero no hasta el punto de tergiversar por completo la realidad.

5. El descafeinado final
Y si teníamos la esperanza de que el final de temporada nos reconciliaría de nuevo con la serie, con una vuelta de tuerca imprevista, con algún aliciente para al menos esperar con ganas la cuarta tanda, llegó la ciudad de la luz. El repentino traslado de la trama a París, que en principio podría parecer un estímulo, enseguida se descubre como otro despropósito argumental más. Juliette se convierte de nuevo en la protagonista en su ciudad natal, a años luz de Montauk, esa pequeña localidad costera de Nueva York que nos embaucó en las dos primeras temporadas. A pesar de su dureza, ¿realmente interesan sus problemas profesionales, los cuchicheos de sus amigas y la defunción de su marido? ¿Hacía falta trasladar a la hija de Noah a una galería de París para reconciliarla con el padre? Y, sobre todo, ¿no había una intriga menos evidente que cuál será el destino de Noah desde un taxi de Nueva York? Francamente, de cara a la cuarta y esperemos que última temporada, propongo un protagonismo íntegro para Helen. Es el único personaje que ha salvado los muebles y nos ha ofrecido alguna imagen para el recuerdo. Que alguien rescate a esos padres de la habitación del pánico y, ya de paso, el rumbo de la serie.

martes, 14 de febrero de 2017

Camaleón a la fuerza

Una historia sobre homosexualidad dentro de la comunidad negra parecía una vuelta de tuerca, un quién da más dentro del cine de denuncia social que podría suponer el reclamo perfecto para una Academia de Hollywood deseando resarcir sus pecados discriminatorios. Por suerte, Moonlight no pertenece a ese grupo de cintas que buscan a toda costa la exaltación, que se convierten en estandartes de la lucha contra la opresión de la hegemonía blanca y heterosexual. La propuesta de Barry Jenkins es mucho más valiosa, ya que con su premisa y, sobre todo, su puesta en escena, logra abarcar un sentimiento prácticamente universal, el del miedo a la propia identidad.

Little, Chorin y Black no son sólo los tres actos en los que se divide la trama sino las tres fases de un complicado proceso de asimilación personal, el que sufre un niño, adolescente y adulto lidiando consigo mismo y su entorno de barrio marginal en Miami. Esta vez la marginación no surge del racismo sino desde dentro, desde el propio ámbito familiar, formado por una madre adicta al crack, hasta un vecindario en el que las apariencias deben guardarse más que nunca. Malas calles en las que resulta prácticamente imposible desmarcarse del papel que cada cual tiene encomendado.

Como si los negros no pudieran liberarse jamás de ese lastre cinematográfico que los envuelve siempre en oro, drogas y música rap, sorprende que en ese contexto surja por fin una nota discordante, la de un pobre niño que descubre a golpetazos y a una edad demasiado temprana el significado de ser maricón. Quién se lo enseña es otro personaje idílico, prácticamente irreal, un traficante de drogas que lo acoge en su hogar y que se convierte, para bien y para mal, en su máximo referente.

Las dos primeras etapas en la vida de Chorin, deambulando entre la incomprensión y el acoso escolar, resultan de vital importancia para entender cómo el personaje se va forjando una personalidad a medida del entorno. La adaptación al medio como método de supervivencia, aunque ello suponga renunciar a uno mismo. Parece el caso extremo de un adolescente en un ambiente hostil, pero en realidad es la armadura que cada día miles de homosexuales se enfundan para sobrellevar el día a día, para mantener oculta una condición sexual que sigue provocando diferentes niveles de rechazo.

De ahí que el tercer acto sea especialmente intenso. La represión va deshaciéndose poco a poco para desprender una sensibilidad contenida, la que muestran las sonrisas y las miradas cómplices de Trevante Rhodes y André Holland. En ellos recae el gran clímax de Moonlight, entre platos combinados y la música ambiental de un restaurante de carretera. Es en ese instante cuando toda la opresión, interna y externa, cobra su sentido. El momento en que la luz de la luna llena refleja el color de la piel más genuino.

martes, 7 de febrero de 2017

No hay lugar para el perdón

¿Existe un sentimiento más autodestructivo que la culpa? Es la cuestión que gravita en todo momento en torno al protagonista de esta sobrecogedora historia, que discurre por cauces muy distintos de los que aventuraba el tráiler. Porque si uno acude al cine con la intención de asistir a una dramedia sobre un solterón divorciado que, de repente, debe apechugar con la educación del hijo adolescente de su hermano fallecido, irá en gran parte desencaminado. Por primera vez, y probablemente sin que sirva de precedente, la promoción de una película no destripa su contenido. Y el goce, sobra decirlo, resulta infinitamente mayor.

Manchester frente al mar golpea duro y de improviso. Lo hace valiéndose de una depurada técnica del flashback, que va y viene de forma intermitente, imprevisible, tal y como aparecen y se desvanecen los recuerdos. El peor de ellos, el más devastador, llega durante la lectura del testamento, cuando la decisión vital de hacerse cargo de un sobrino a las puertas de la mayoría de edad remueve de nuevo la conciencia del protagonista. El Adagio de Albinoni, estremecedoramente bello y triste, encaja a la perfección como banda sonora de uno de los instantes más dolorosos del filme.

A partir de ese instante entendemos a la perfección el comportamiento de Lee Chandler, un encargado de mantenimiento que se autoimpone como castigo un destino sin rumbo. Hasta que ese destino, inescrutable, lo sitúa de frente al pasado y ante un joven con el que de pequeño ejercía plenamente de tío y que ahora se ha convertido en su máximo azote. La convivencia entre ambos, plagada de desencuentros, de incertidumbres y de miedos, es otro de los incentivos de una película de sentimientos hacia adentro.

De sentimientos contenidos precisamente hace un alarde Casey Affleck, en una interpretación que justifica todos los reconocimientos. Es la más genuina representación del dolor, de la enorme carga asumida, de la expiación más torturadora. Y para corresponderle sólo podría existir una actriz con pleno dominio de la sensibilidad, una Michelle Williams que en todos sus trabajos ha sabido impregnar un poso de verdad. De ahí que el súbito encuentro que mantienen ambos en las gélidas calles de este pequeño Manchester suponga otro de las secuencias imprescindibles de la película, en la que se vierte toda la culpa contenida durante tantos años.

El incontestable trío actoral lo cierra Lucas Hedges, la presencia indispensable para que Manchester frente al mar no suponga un mazazo mortal. Sus escarceos sexuales y su juventud sirven de contrapunto para una historia que, de lo contrario, sería insoportablemente trágica. Su personaje es la esperanza, el futuro, el alivio. Y protagoniza la tercera estampa irreprochable de esta joya dirigida por Kenneth Lonergan, la de un abrazo liberador acompañado de una confesión que lo confirma, que no hay penitencia más dura que la que se inflige uno mismo.