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ESPECIAL SITGES 2017 | A GHOST STORY | La muerte desde la muerte

A ghost story
El amor y la muerte conforman un pack muy jugoso para el cine, que ha sabido retratarlo desde todos los ángulos posibles. Pero quién iba a decirnos que las reflexiones más desgarradoras y clarividentes sobre el vacío emocional llegarían de la mano de la ciencia ficción, de un relato imaginario que con una intencionada apuesta formal sitúa el punto de vista en un fantasma de sábana blanca. Una presencia sin expresión que observa la evolución de su entorno tras su fallecimiento. Una mirada sin ojos, un cuerpo sin forma ni voz que transmite más emociones que tantos otros intentos fallidos.
 
Es una lástima que esa apuesta formal lastre en cierta forma la apabullante evolución del metraje. A Ghost Story arranca petulante, encantada de conocerse, sometiendo al espectador a auténticos actos de fe, como vislumbrar a Rooney Mara en plano fijo degustando un pastel durante varios interminables minutos. Algunos lo han calificado de hipster en su sentido más peyorativo. Su formato cuadrado con bordes redondeados recuerda más a Instagram, aunque el ritmo sea el opuesto al que demanda la generación Youtuber. Pero más allá de tendencias más o menos justificadas, lo cierto es que la película traspasa esas barreras para convertirse en toda una emotiva experiencia.

Mediante un particular y surrealista sentido del humor, David Lowery nos sumerge en una historia de rotunda tristeza, melancolía y, sobre todo, mucha paciencia. La de un espíritu que asiste indefenso a la destrucción de su hogar, enclaustrado en un lugar y en el tiempo sin más opción de comunicarse que los objetos. Tras esa sábana blanca y esos ojos huecos que deambulan por la que fuera su casa, el espectador es capaz de empatizar a la perfección con la impotencia del protagonista. Una dolorosa reflexión sobre la pérdida, sobre el hueco de las presencias y de las ausencias, tras la que uno sólo puede terminar más reconfortado.

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