jueves, 21 de mayo de 2009

La censura de Vertele

Su usuario ha sido suspendido por no respetar reiteradamente las normas de participación en los foros. No podrá aportar opiniones en los foros hasta que dure su suspensión. Esta es la particular forma que tiene la web de contenidos televisivos Vertele de premiar la fidelidad de sus usuarios habituales, aquellos que han aguantado los reiterados fallos en la página de los últimos meses y que han contribuido a dar vida a sus contenidos.
Los responsables de esta web interpretan como ofensas opiniones sobre su funcionamiento que en ningún momento sobrepasan el límite de la ofensa. Tal es el caso por el que, creo, he sido baneado sin ninguna explicación. Vertele titulaba de la siguiente forma la noticia sobre el premio concedido a Patricia Conde en Nueva York: “Patricia Conde, sabemos lo que hiciste en esta última semana”. Hace un mes aproximadamente ponían en portada el siguiente título: “Sabemos que muy pronto haréis un fichaje bomba en laSexta”, en referencia a la incorporación de Paquirrín en el programa. Es evidente que el juego de palabras comenzaba a ser reiterativo y muy lejos de la originalidad perseguida. Pues parece que sus redactores no están dispuestos a soportar ningún tipo de crítica a su trabajo, aunque se haga en un foro de opinión y sin violar sus normas de participación.
Lo mismo ha sucedido a otros dos usuarios activos de Vertele. Lasha y jesn fueron suspendidos en su momento por criticar el mal funcionamiento de la página web, que durante meses dejó inutilizado su foro sin dar ninguna explicación a los participantes. Estos usuarios, asiduos a la página durante más de cinco años, todavía no han podido recuperar su nick ni han recibido ningún tipo de disculpa por parte de los responsables de la web.
La pregunta es evidente: ¿para qué incorpora Vertele un foro si la opinión de los usuarios es vetada sin ningún tipo de razón coherente? La participación se ha convertido en una de las bazas de los medios de comunicación en Internet, hasta el punto de que algunos diarios, como 20minutos, no aplican la censura ni siquiera cuando algunos foreros ofenden abiertamente a sus responsables (hoy mismo uno afirmaba que el director del periódico no era capaz ni de articular dos palabras seguidas). Mientras algunos entienden que la fidelidad de los usuarios es el futuro de los medios en Internet, aunque sea a costa de críticas constructivas o deconstructivas, otros prefieren utilizar los métodos de antaño contra la libertad de expresión.
Aconsejo a los responsables de Vertele que si no están capacitados para afrontar los comentarios de sus usuarios, que al final son los que aumentan su número de visitas, cierren de una vez la persiana de su foro, porque de esta forma lo único que consiguen es que pierda la libertad de la que gozaba hace algún tiempo. Está en juego su credibilidad como medio.

lunes, 11 de mayo de 2009

Me hago 'trekkie'

Desde ya mismo me rindo a los pies de la nueva saga resucitada por J.J. Abrams. Tiene narices que hayan tenido que pasar 11 películas y tropecientas versiones televisivas para haber visto por primera vez en mi vida a Spock y James Kirk en acción. Pero es que llegué muy tarde para los inicios del fenómeno galáctico y para cuando tuve uso de razón, Star trek se había convertido en todo un despropósito, muy por debajo del nivel de los nuevos episodios con los que George Lucas intentó reavivar su trilogía de ‘Star Wars’, que ya es decir.
Ha tenido que llegar J.J. para darle a la franquicia el suficiente atractivo como para llamar la atención de aquel público que hasta ahora aborrecía el sabor rancio de las historias de la nave Enterprise. Lo llaman el gurú de la televisión, aunque si nos paramos a pensar sólo cuenta con un éxito indiscutible: Lost. Los otros proyectos de Abrams para la pequeña pantalla deambulan entre el fracaso (Seis grados), el culebrón de ingenio escaso (Felicity), la acción surrealista (Alias) y la novedad que no termina de encontrar su sitio (Fringe).
En todo caso, los misterios de la isla de Perdidos son motivo suficiente para encumbrar a este hombre de gafas de pasta en lo más alto de la historia de la televisión. Si a semejante logro le sumamos su impactante aportación en la tercera parte de Misión imposible, obtenemos como resultado el reclamo imprescindible para la nueva Star trek. Y es que seguramente entre el público han pesado más sus iniciales, J.J., que el argumento del nuevo filme a la hora de escoger una franquicia que muchos consideraban ya muerta.
Si de algo puede presumir este hombre es de su sentido de la espectacularidad, una virtud que despliega con todas sus armas a lo largo de toda la película. El arranque es vertiginoso, el momento más desmesurado de todo el filme, el único instante en el que el espectador alérgico a la ciencia ficción puede mostrar algún signo de arrepentimiento por haber pagado su entrada. En cambio, desde el momento en que aparece la imponente cabecera de Star Trek las sospechas se disipan y dan paso a la absorbente historia de los inicios de Spock y Kirk.
Abrams no puede evitar recurrir a algunos de sus vicios más sonados. Las diferentes localizaciones se identifican con la misma tipografía que la cabecera de Lost (¿la tendrá registrada?), y los viajes en el tiempo, de sobras conocidos por los fanáticos de la serie, hacen también su pequeño acto de presencia en Star trek, aunque de nuevo sólo sirvan para estresar y desubicar al espectador.
Salvo esos pequeños guiños, la película poco más tiene en común con el resto de trabajos del director, que supera con creces el reto de revitalizar la marca. Su dominio del lenguaje televisivo mantiene vivo el interés de la cinta, que en ningún momento pierde el ritmo. Aunque, como buena superproducción, los efectos especiales tienen un papel destacado, jamás le roban el protagonismo a la trama. Incluso en un momento determinado, lo que podría haber sido una ensordecedora batalla galáctica plagada de explosiones queda silenciado por una banda sonora más al servicio de la historia que de los efectos. Difícil elección cuando siempre es más fácil la ostentación de los millones de dólares invertidos.
Por último, J.J. sale airoso también de su gran apuesta por un reparto puramente televisivo. El joven Chris Pine, figurante en series como CSI o A dos metros bajo tierra, acomete con soltura el papel del James Tiberius Kirk adolescente y rebelde. Sin llegar a su nivel de histrionismo, recuerda bastante al Sam de Transformers al que da vida Shia LaBeouf. Sin embargo, es Zachary Quinto, el malo malísimo de Héroes, el que da el golpe en su salto a la gran pantalla. El trasfondo de su personaje, atormentado por una lucha interior entre el sentimiento y la razón, y los matices de su interpretación son los que hacen prever que la nueva era de la saga Star trek vendrá plagada de grandes momentos. Ahora sólo falta esperar que, una vez reflotado el invento, la codicia de la Paramount no termine por desplazarlo de nuevo a los niveles de ridiculez del pasado.

jueves, 7 de mayo de 2009

Del papel a la pantalla: 'Los hombres que no amaban a las mujeres', por Niels Arden Oplev

El éxito más arrollador de los últimos años en el mundo editorial ha dado su salto al cine desde su país de origen. Es extraño que un fenómeno de una magnitud tan estratosférica como la saga Millennium del fallecido Stieg Larsson no haya caído directamente en las garras de Hollywood para su adaptación cinematográfica. Extraño pero interesante a la vez. El próximo 29 de mayo aterriza en nuestro país Los hombres que no amaban a las mujeres, la primera de las tres entregas, y lo hace avalado por la excelente acogida que ha tenido entre los suecos, deseosos por ver en carne y hueso a Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander.
Sin embargo, de nuevo puede que la recaudación en taquilla no vaya reñida con la calidad del filme, algo que ya ocurre con la novela original. Los hombres que no amaban a las mujeres es un relato absorbente y entretenido (debe serlo cuando millones de personas hemos devorado sus más de 600 páginas sin apenas pestañear) pero totalmente asimétrico en el ritmo e inverosímil en su resolución. Lo que comienza siendo un relato con una intriga de lo más inquietante termina aceleradamente en una serie de bochornosos descubrimientos. Larsson casi nos traslada de la novela negra a la pura ciencia ficción.
La gran baza del libro la encontramos sin duda en la construcción de los personajes principales, los mencionados Blomkvist y Salander. Él es un periodista económico en plena crisis de imagen tras ser condenado a prisión por ultrajar el honor de un importante empresario. Ella es una peculiar investigadora privada, repleta de piercings y tatuajes, bastante asocial, pero con unos métodos infalibles a la hora de resolver casos. Las tramas de Blomkvist con sus pesquisas periodísticas y la de Salander y sus problemas con la ley, junto a la que un buen día une sus caminos, son las que despiertan mayor interés en la novela.
La intriga principal, en cambio, arranca prometedora, con un planteamiento original y perturbador, digno de trasladar a la gran pantalla, pero se termina resolviendo sin cubrir las grandes expectativas. Henrik, miembro de la poderosa familia Vanger, lleva 36 años con una única obsesión: encontrar el cuerpo de su sobrina Harriet, desaparecida cuando era sólo una adolescente. Cada año sigue recibiendo de forma anónima por su cumpleaños, tal como solía hacer la chica, una flor seca y enmarcada. Sin embargo, no existe pista ni indicio alguno que haya llevado a encontrar el paradero de la joven.
La introducción del caso, los entresijos del clan Vanger y, sobre todo, la descripción del lugar donde se desarrollan los acontecimientos, una remota isla del norte de Suecia, con temperaturas inferiores a los 20 grados bajo cero, son los que mantienen viva la primera parte del libro. La atmósfera sórdida, tanto del paisaje como de los personajes que lo pueblan, introducen al lector en una historia de la que resulta imposible escapar. Cuando llegan las primeras pistas y da comienzo la segunda mitad de la novela es cuando el ritmo se vuelve vertiginoso y el entusiasmo inicial va derivando hacia la pura decepción. Las respuestas no sorprenden ni convencen, sobre todo si a uno le da por rascar un poco en los argumentos.
Puede que esta inverosimilitud, en cambio, juegue a favor del filme. Los hombres que no amaban a las mujeres, condensada en 145 minutos, quizá consiga un equilibrio en el ritmo que el libro no ha sabido encontrar. Aunque lo tendrá difícil en la extensa presentación de los personajes, la película puede jugar con ventaja a la hora de poner en imágenes el desenlace de la trama principal, más propio de un guión cinematográfico que de una novela negra coherente, con el riesgo, eso sí, de rozar el ridículo según cómo se decida ejecutar. Queda muy poco para averiguarlo.