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RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS | Amor al detalle

Hubo un tiempo en el que el matrimonio se forjaba en la distancia, con los títulos nobiliarios, las credenciales económicas y la pintura como únicos requisitos para el compromiso. Desde nuestra era de la imagen y la inmediatez, sorprende pensar que nuestros antepasados se sirvieran de una sola imagen, pintada a mano, para sellar un contrato de por vida. Ahora, que no damos un paso sin antes haber rastreado todas las fotos en redes sociales de nuestros futuros pretendientes. De ese punto de partida nace Retrato de una mujer en llamas. El de una artista en el siglo XVIII que recibe el encargo de pintar el retrato de bodas de una joven que no quiere casarse. Por ello, debe hacerlo a escondidas, observando su rostro a hurtadillas.

De esa intimidad, de los paseos diarios al borde de los acantilados, de conversaciones a distancia corta y de profundas miradas, surge el amor prohibido. Y lo hace con la tranquilidad que a veces provoca saber que no hay mayor conflicto que el destino impuesto. Porque Céline Sciamma prefiere detenerse en el microuniverso de estas dos mujeres antes que recrearse en las consecuencias de un contexto hostil. Ya existen muchas películas que han denunciado la ausencia de libertades. No tantas que exploren el amor entre dos mujeres en su vertiente más recóndita. 

La directora ha confesado que necesitaba mostrar una relación lésbica con la mirada de una lesbiana. Dice que películas que admira, como La vida de Adèle, no enseñaban un auténtico sexo entre mujeres. Para ello, se vale de una puesta en escena sobria, de la ausencia prácticamente total de banda sonora, y de unos planos que detallan gestos, sonrisas y miradas, reivindicando el arte manual, el cortejo de la palabra y el gozo de la paciencia. Lo hace prácticamente sin la presencia de hombres, reflejando una comunidad de mujeres en mutuo apoyo. Una rareza que tarde o temprano dejará de serlo en la historia del cine.

Y si la película ya cautiva con ese gusto por el detalle, con ese don de la palabra, con esa lucha entre el deber y la emoción, es con el plano final que termina de conmover. Zoom in desde la distancia mientras observamos a una impresionante Adèle Haenel cambiando de registro en un palco con la apabullante melodía de verano de las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Tan solo un rostro. El epílogo perfecto de otro final previo con el mito de Eurídice de fondo. Melancolía de un amor imposible pero cuya llama permanecerá siempre viva.

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