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LA BELLA Y LA BESTIA | Tan innecesaria como disfrutable

La polémica sobre la conveniencia de un remake de La bella y la bestia es antigua. Fue en el momento en que Disney anunció que reversionaría todos sus clásicos para adaptarlos a la carne y al hueso cuando debimos llevarnos las manos a la cabeza. Era el momento de las acusaciones sobre su inutilidad, el sacrilegio y la falta de ideas en Hollywood. También el de las justificaciones. Cenicienta había funcionado tan bien que lo ilógico sería no exprimir el negocio. Una vez puesta en marcha la producción en cadena, las opciones son muy claras. El espectador puede evitar la visión más mercantil de la industria cinematográfica obviando todas y cada una de estas fotocopias o bien rendirse a los pies de la nostalgia.

Porque más que la búsqueda de un nuevo público, es evidente que Disney persigue reclutar a todos aquellos niños, hoy reconvertidos en millennials, que crecieron con los musicales que el gigante del ratón les tenía preparados cada año. La generación que empalmó La bella y la bestia en 1991 con Aladdín (1992), El rey león (1994), Pocahontas (1995), El jorobado de Notre Dame (1996), Hércules (1997), Mulán (1998) y Tarzán (1998). Hasta que esos treintañeros no se harten de viajar al pasado de la mano de sus retoños, tenemos revisión de clásicos para rato.

Asumido esto, sólo queda analizar hasta qué punto la nueva versión permanece más o menos fiel a la original. A la espera de que los productores decidan arriesgar, la senda escogida es claramente la de la recreación. Ni un solo elemento que pueda alterar el buen recuerdo de unos clásicos que para muchos deberían permanecer intocables. Sin embargo, el valor que pueden añadir estas nuevas versiones es, sin duda, el de la técnica, tan avanzada y depurada que permite una experiencia mucho más amplia y gratificante.

Las ventajas y las limitaciones de la animación se superan en esta puesta a punto con actores y decorados reales, sobre todo 25 años después de un original que todavía no había experimentado la revolución digital. Ahora, los números musicales aprovechan al máximo todas las posibilidades que ofrece la tecnología y el trabajo actoral para dotarlos de una mayor intensidad. Los números de Gastón, con guiño gay incluido, y de Lumière y compañía frente a Bella son dos experiencias que, por sí solas, ya justifican el visionado de la cinta.
 
La adaptación más peliaguda, que la animación permite plasmar con más soltura, consistía en dotar de vida a los objetos que pueblan el castillo de la bestia. Personajes indispensables de la película original, el reto de trasladarlos a un entorno real se supera con creces, hasta el punto de lograr que el espectador se divierta y se emocione más con un reloj o una tetera que con los protagonistas del cuento. Y es que, a pesar de los esfuerzos de los actores, sobre todo de Emma Watson, su interacción con estos elementos digitales recuerda demasiado a aquellas cintas que, como ¿Quién engañó a Roger Rabbit? o Space Jam, combinan la acción real con los dibujos animados.

Es quizá el único punto en el que la animación siempre irá por delante de la acción real. Sus posibilidades siguen siendo más infinitas. En todo caso, el mero hecho de comprobar la adecuación a los nuevos tiempos ya supone un estímulo. Ahora sólo falta un plus de originalidad, un giro en las tramas que actualice de una vez por todas los mensajes tradicionales de los cuentos de hadas. Porque por mucho que la Bestia se nos presente como un erudito con complejo de Pigmalión, el final feliz sigue equivaliendo a belleza y lujo. Ya es hora de que Disney adapte sus dudosas moralejas a las generaciones futuras.

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