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Para no caer en el olvido

Si Nicole Kidman y hasta Katie Holmes lo han conseguido, no entiendo por qué nosotros, sufridos espectadores, no logramos quitarnos de encima a esa plaga ególatra llamada Tom Cruise. Porque no contento con protagonizar sagas de acción ya legendarias como Misión imposible, ahora se ha lanzado a la caza indiscriminada de nuevas franquicias que sólo deben cumplir un único requisito: situarle como cabeza de cartel.  

Jack Reacher fue un fallido ejemplo, pero la maquinaria no se ha detenido y sin apenas tiempo ya nos ha fabricado un nuevo modelo a imagen y semejanza del actor. Y es que aunque parezca un regreso de Cruise a la ciencia ficción futurista de Minority report, Oblivion no es más que otra artimaña de Hollywood para explotar su indudable, e incomprensible, tirón mediático.

Su careto de salvador planetario es el mismo deslizándose por un rascacielos de Dubai que pilotando una nave sobre una Tierra devastada por marcianos. Muy baja de autoestima debe andar siempre esta celebrity para tener la necesidad constante de aceptar únicamente los papeles de héroe. Ni siquiera en la Cienciología existe un culto tan grande como el que procesa Tom Cruise sobre sí mismo. Podría decirse que el problema incluso se está agravando con la edad, ya que en esta última superproducción ni siquiera se ha molestado en buscar secundarios que le hagan sombra. Su omnipresencia ha pasado de aguda a crónica con los pronósticos más pesimistas.

Por otro lado, ya es extraño que Joseph Kosinski recibiera el encargo de dirigir Oblivion después del enorme disgusto que se llevaron con TRON: Legacy los seguidores y el estudio que desembolsó la pasta. De hecho, ya ha obtenido el visto bueno para una tercera entrega del clásico de los 80, completando así un triple debut de blockbusters tan costosos como carentes de ingenio. Porque en los tiempos que estamos, también en cine resulta todo un pecado desperdiciar de tal forma el dinero. Y sino que se lo pregunten a la Disney después del gran fiasco de John Carter.

Cierto parecido guardan ambas producciones, porque tras sus esfuerzos digitales a la hora de recrear universos imposibles, tras su ambiciosa producción, lo único que encontramos es un enorme vacío de ideas. Al menos John Carter podía escudarse en el género de aventuras. En el caso de Oblivion, mejor que no se introduzca en el pantanoso terreno de las comparaciones, porque ni en la ciencia ficcción ni el subgénero post apocalíptico sale bien parada. Demasiados buenos ejemplos que la dejarían todavía más en ridículo.

Es una lástima que la película se recree de tal manera en paisajes desolados, en la luna hecha pedazos, en esa casa de ultradiseño futurista con piscina transparente. La estética es apabullante, podría decirse que hasta cumple su objetivo de fotocopiar vilmente la atmósfera de Prometheus, pero se queda en un mero anuncio de perfume sin un guión que la acompañe. Porque ni el giro argumental nos deja con la boca abierta ni suple tanto metraje cargado de palabras huecas. Y colocando a Cruise en cada plano no se aviva la emoción. Se fortalece el tedio.

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