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Caprichos del zodíaco

Si el asesino del zodíaco contemplara la película que sobre sus pecados ha ideado David Fincher se sentiría tremendamente orgulloso. El filme plasma de forma meticulosa, con absoluta rigurosidad, cómo tres hombres vivieron obsesionados por darle alcance. Pero de lo que sin duda podría sentirse satisfecho este asesino en serie es de ver finalmente en pantalla sus proezas criminales. Un logro mayúsculo para alguien tan mediático y con tantas ganas de que alguien lo inmortalizara en forma de celuloide.
Pues bien, ese alguien ha resultado ser David Fincher, director de la inimitable pero ampliamente imitada Seven. Con semejante precedente y con un material como el que ofrecía Zodiac, podía preverse por dónde irían los tiros. Trama inquietante, puesta en escena sórdida y oscura, grandes dosis de suspense, miedo, terror. En definitiva, algo que el director norteamericano domina con maestría y soltura, pero que de tantas veces clonado corría el riesgo de provocar empacho.
Consciente de ello, Fincher decidió invertir parte de los cinco años que ha permanecido fuera de la realización en investigar a fondo el caso del asesino del zodíaco, asesino real que había formado parte de su infancia en San Francisco, cuando aterrorizó a toda la ciudad con la amenaza de disparar contra un autobús escolar. Y en vez de recrearse en la atmósfera siniestra de cada uno de los asesinatos prefirió centrar la historia en la obsesión destructiva de un hombre por cazarle.
De esta forma, las escenas se suceden unas con otras a lo largo de los años, décadas, que duró la investigación (todavía permanece abierta en algunas localidades) hasta culminar en un callejón sin salida que, tras dos horas y media de filme, puede llegar a decepcionar al espectador, malacostumbrado como está a los casos cerrados.
Puede que esas dos horas y media vayan decayendo en agobiantes y monótonas pero sin duda es la única forma de plasmar en pantalla la asfixia y la obsesión que vivió el personaje protagonizado por Jake Gyllenhaal, un dibujante del San Francisco Chronicle que no paró hasta encajar el complicado rompecabezas en el que se convirtió la búsqueda de Zodiac. Todo un entramado de pistas, de indicios, que abruman y confunden al espectador, de la misma forma que lo hizo seguramente en aquellos que intervinieron en la investigación.
Esta agonía, sabiamente plasmada, encima viene regada con marca de la casa. Fincher nos vuelve a deleitar con imposibles y bellísimos planos como el que nos acompaña desde lo alto del Golden Gate o el que nos aleja del taxi como escena del crimen. La atmósfera siniestra que comentaba vuelve a estar presente, aunque en menor medida, en tres momentos culminantes del filme. Los faros del coche que se alejan y regresan desde la noche oscura, el retrovisor que refleja la inminencia de un crimen, el sótano de un tétrico exhibidor cinematográfico. Belleza formal que, sumada a la veracidad del relato, acercándolo al periodismo de investigación más puro, conforman un ‘thriller’ que nada tiene que envidiarle al buen cine clásico.

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