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De etiqueta

Los humanos solemos etiquetar al resto de mortales con suma facilidad. Forma parte de nuestra razón de ser, ya que clasificando a las personas que nos rodean es más sencillo para nosotros adoptar una actitud u otra hacia ellas. Es un proceso simple pero inmutable. Todos quedamos tatuados casi de por vida con una marca que difícilmente podremos borrar y con la que pocas veces nos sentiremos identificados.
Etiquetas hay de muchas clases, pero una posible división la podemos establecer entre aquellas que son amables y otras que, por el contrario, tienen un marcado cariz despreciativo. Unas se reciben como una bendición y las otras, lógicamente, constituyen una auténtica lacra para el que las sufre. Iñaki Gabilondo encarna esta segunda opción. No importa su dilatada carrera periodística, su perfecto dominio del lenguaje, la capacidad de análisis ni su portentoso timbre de voz. Para muchos, Gabilondo es simple y llanamente sociata.
Y claro, dicha etiqueta puede que le cuelgue durante largo tiempo. Ayer entrevistó ni más ni menos que a la vicepresidenta del Gobierno, Maria Teresa Fernández De la Vega, sociata acreditada. Para más inri, el diálogo fue tan amable que el periodista sólo planteó dos cuestiones mínimamente peliagudas: el Estatut de Catalunya, cuya gestión criticó Gabilondo sin problemas, y las relaciones del Gobierno con George Bush, inexistentes a día de hoy. Por lo demás, parece que la intención del entrevistador fue únicamente la de humanizar a De la Vega, hacerla más cercana al ciudadano. A mí, particularmente, este tipo de enfoque, cada vez más común, me parece desafortunado y poco comprometido. Los políticos están para dar explicaciones sobres sus políticas y no para caer más o menos simpáticos, aunque entiendo que la televisión tampoco debe convertirse en un contenedor de discursos repetitivos y huecos.
De la Vega también es otra de las víctimas del etiquetaje. Y uno de los motivos es precisamente por culpa de las prendas que cuelgan de su armario. Iñaki le formuló la pregunta por excelencia a la vicepresidenta. Pregunta por la que después, e inexplicablemente, le pidió disculpas. “¿Tiene usted mucha ropa?” le planteó. Fue con su respuesta que De la Vega consiguió aparecer ante la audiencia como una mujer cercana. Ella simplemente es cuidadosa con sus prendas y usa la misma talla desde hace veinte años. Dejó así a la altura del betún a los que, con un machismo evidente, la han etiquetado y etiquetan de frívola.
He de confesar, a riesgo de ser etiquetado también de sociata o de prisaico (nuevo adjetivo para referirse a los fieles seguidores del grupo de Polanco), que Iñaki Gabilondo es una de mis devociones. Él también etiqueta, desde luego. Sus simpatías y antipatías son evidentes, es cierto. Si Rajoy o Zaplana hubieran ocupado la silla que ayer ocupó la vicepresidenta, habría apuntado y disparado en otra dirección muy distinta, seguro. Pero ideologías aparte, Gabilondo representa a un modelo de periodista en extinción. Es riguroso y serio, permite reflexionar, no desciende a los bajos fondos del sensacionalismo ni insulta o veja y, sobre todo, tiene algo que cada vez escasea más: habla bien. Todo esto, sumado, le confiere credibilidad, solvencia y crédito. Yo etiqueto a Gabilondo como el periodista por excelencia. Enseguida, y de forma automática, me estoy ganando a pulso esas dos etiquetas que tanto temía. Desde hoy, soy sociata y prisaico. Qué se le va a hacer.

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