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No más apocalipsis

De nuevo, la misma sinrazón. ¿Qué sentido tiene emular el modelo de cine espectáculo que en Hollywood son capaces de levantar con un simple pestañeo? ¿Para qué tantos medios y tanto esfuerzo técnico si ni siquiera desde el otro lado del Atlántico son ya capaces de sorprender? ¿A qué aspira la cinematografía de este país, a que el espectador salga del cine manifestando asombrado que la película no parece española? Quizá vaya siendo hora de competir desde una posición más honesta y realista, la que reconoce la falta de medios pero no del talento.

Porque la razón de ser de una película como Los últimos días es igual que la de Fin. Ninguna. El Apocalipsis, en sus múltiples variantes, ya ha sido abordado, y mucho mejor, por multitud de producciones. En Hijos de los hombres, la humanidad se enfrentaba a un mundo sin nacimientos. En A ciegas, la adaptación de Ensayo sobre la ceguera, una epidemia de invidencia amenazaba el futuro del planeta. Aquí la novedad es que la causa de todos los males es un brote de agorafobia. Pero poco importa, porque las consecuencias siempre terminan siendo el instinto de supervivencia y el caos social. Ninguna novedad al frente.

Aún así, la condescendencia termina imponiéndose, bien sea para no herir sensibilidades, bien para no menospreciar el innegable trabajo en equipo. La ilusión y el esfuerzo son tan palpables que el sentimiento de culpa aparece sin remedio ante el que osa valorar el resultado como un quiero y no puedo. O ante el que se pregunta, con respuesta negativa, si tanto trabajo ha merecido la pena.

Porque al final Los últimos días afronta el reto sacando pecho y brindando alguna escena memorable, más allá de las que están sirviendo como reclamo publicitario y que nos muestran una Barcelona devastada por el desorden. La persecución por los pasillos del metro o el primer caso de agorafobia en las oficinas del protagonista son un buen ejemplo de las buenas intenciones de la película. Pero al final la cordura cede paso a la imprudencia con escenas como las del supermercado o ciertas apariciones animales.

Así, mientras los hermanos Pastor persiguen el más difícil todavía, el espectador le demanda a Los últimos días un mayor coraje argumental. Porque si el filme buscaba alguna especie de terror psicológico, desde luego lo pierde apostando por un recurso tan trillado como el flashback. O si los objetivos eran la acción y el entretenimiento tampoco hacía falta profundizar demasiado en la relación entre los esforzados José Coronado y Quim Gutiérrez.  

El cine español está repleto de casos en los que menos es más e incluso mejor. No hace falta que todos andemos buscando ahora financiaciones imposibles como las de Bayona. La primera entrega de [REC] o el excelente thriller La cara oculta, que Gutiérrez conoce perfectamente, son el claro exponente de que las buenas ideas pueden desarrollarse sin rimbombancia y mucha más trascendencia.

Comentarios

Camisas ha dicho que…
Buenas noches.

Estoy de acuerdo contigo, el cine español no sabe ni necesita aprender a producir este perfil artístico. Se puede invertir en buenas películas que tengan un beneficio positivo económico, no todo tiene que estar encarado en historias como ésta.

Hasta la próxima!

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