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THE RINGS OF POWER | ¿Tiene por fin Amazon su propia Juego de tronos?


Es indudable que las plataformas andan como locas buscando su propia Game of Thrones, ese fenómeno a escala planetaria que acapare todas las conversaciones y engrose sus beneficios. Incluso la propia HBO ha buscado alternativas, obviamente echando mano de la propia saga y convirtiendo la marca en su propia Star wars. El éxito de La casa del dragón no ha hecho más que confirmarlo, a la espera ya de la secuela sobre Jon Snow. El estreno prácticamente simultáneo de Los anillos de poder en Amazon, desde luego, no ha sido una coincidencia. Con la multimillonaria compra de los derechos a los descendientes de Tolkien, la compañía de Jeff Bezos se ha querido asegurar una apuesta prácticamente infalible, un golpe sobre la mesa que aúna legión de seguidores con presupuestos desorbitados. Lo que haga falta para destronar a la adaptación televisiva de las obras de George R.R. Martin y convertirse en el nuevo hit global. ¿Lo conseguirá finalmente? Estamos a muy poco de comprobarlo. 

Mientras que el fenómeno de Juego de tronos se fue abultando temporada a temporada, hasta desbordar todas las previsiones en sus últimos episodios, la precuela de El señor de los anillos llega ya con el hype por las nubes, con unas expectativas tan altas que la serie debe ser capaz de corresponder. Y ahí reside uno de sus dos grandes retos, junto al de contentar a los millones de fieles de la obra literaria y de sus adaptaciones cinematográficas. 

Vistos los dos primeros capítulos, parece impensable que los adeptos de la obra de Tolkien y de las películas de Peter Jackson terminen decepcionados con esta ambiciosa aventura televisiva. Sus creadores, Patrick McKay y John D. Payne, han sabido trasladar la puesta en escena y el tono de la trilogía de Peter Jackson a estas nuevas tramas, que se basan ligeramente en los textos del escritor pero que son en gran parte de cosecha propia. El regreso a la Tierra Media resulta fidedigno, continuista y, por supuesto, placentero. 

Otra cuestión es si Los anillos de poder contiene los elementos necesarios, la personalidad suficiente, como para conquistar a un público masivo y global. Las películas lo consiguieron precisamente por ser las primeras, veinte años atrás, en lograr una adaptación a la altura de la magna obra. Ahora, en 2022, es probable que la audiencia necesite algo más. Entre las virtudes por las que Juego de tronos logró llamar la atención de millones de espectadores está la reorientación de la fantasía a terrenos más complejos y mundanos. Una ciencia ficción hiperrealista sin miedo a alterar sus cánones ni a escandalizar. En ese sentido, parece que la precuela de El señor de los anillos se queda un poco corta, demasiado plana, como para ir generando más y más curiosidad. 

La dirección de Bayona, exquisita en su puesta en escena, devolviéndonos a esos mundos mágicos ideados por Tolkien, cojea un poco en el montaje, intercalando subtramas que no parece que conduzcan a muy buen puerto, abusando de cliffhangers que en muy pocas ocasiones dejan con la boca abierta. Todas y cada una de las secuencias, sin excepción, están reforzadas con la banda sonora, sin dejar respiro ni reflexión al espectador. La música nos remarca cuándo debemos reír o cuándo nos debemos asustar, como si las imágenes o los diálogos no fueran suficientes elementos narrativos. El tono familiar, que ya contenía la trilogía cinematográfica y que busca sumar también a los más pequeños, la aleja por completo de tramas más complejas y oscuras. 

El mal no descansa sino que acecha. Y el mal, encarnado en seres monstruosos como Sauron y los orcos, es omnipresente en todo el argumento de estos dos primeros capítulos y parece que de toda la serie. En la lucha de elfos, humanos y demás contra este desafío se resume la sinopsis de una fantasía que renuncia a una mayor complejidad en sus tramas. A pesar del tono épico y grandilocuente, los diálogos son sencillos y directos. Las situaciones se plantean desde la óptica de una película de aventuras y las interpretaciones, marcadamente teatrales, se alejan bastante de la naturalidad y del realismo. La propia protagonista, Galadriel, no hubiera superado el casting de Juego de tronos (salvo denominarse Kit Harington). 

Podría considerarse innecesario comparar ambas ficciones. Parten de obras originales publicadas en épocas muy distintas y dirigidas a diferentes públicos. Pero la coincidencia en el tiempo y la indisimulada intención de Amazon por conseguir su propia Juego de tronos, como en su día se luchó por conseguir la nueva ‘Lost’, lo hacen inevitable. A falta de ver los seis episodios restantes, parece difícil prever que Los anillos de poder supere en notoriedad a La casa de dragón. Al igual que Tolkien supo construir todo un universo de fantasía, su discípulo George R.R. Martin entendió que había que subvertir el género y acercarlo a un público diferente. En las adaptaciones de HBO el mal no se reduce a un ente demoníaco sino que germina y se expande en la propia condición humana. Puede que en esa visión más retorcida y verosímil de la ciencia ficción se encuentre la clave del éxito.

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