Si el año pasado fue el movimiento #OscarSoWhite el que colmó de reivindicaciones la gala de los Oscar, ésta ha sido la edición del #TimesUp y el #MeToo, que reclaman la igualdad entre hombres y mujeres y el fin del acoso sexual en la industria de Hollywood. Denunciar situaciones tan aberrantes en un multitudinario escaparate como estos galardones no sólo es eficaz sino necesario. Otra cuestión es cómo responde la maquinaria del entretenimiento a estas demandas. Y ahí es cuando entran en juego los lavados de imagen exprés. Porque ¿de qué sirve milimetrar el color de piel de los presentadores en el escenario si finalmente la única candidata con amplia representación de la comunidad negra, Déjame salir, saldó la noche con un único Oscar al mejor guión? ¿Para qué festejar la presencia por primera vez en 90 años de una mujer entre las candidatas a mejor fotografía si al final se fue de vacío? Los Oscar están repletos de incongruencias y este año la más flagrante fue ignorar a una directora, Kathryn Bigelow, por una película vibrante, Detroit, que además denuncia las situaciones de abuso de poder hacia los negros. Mientras, en su afán por contentar a todos los públicos, los galardones más importantes del cine parecen más desorientados que nunca. Atrás quedan aquellos años en los que la Academia de Hollywood apostaba firmemente por una película, que podía llegar a acumular hasta once estatuillas. Ahora eso parece impensable. La gran favorita de esta edición, La forma del agua, logró sólo cuatro de los trece premios a los que aspiraba, tan sólo uno por encima de la espectacular Dunkerque y con dos más que la redonda Tres anuncios en las afueras. Es lo malo de mezclar el arte con la corrección política. Finalmente no queda claro si se recibe un premio para tapar vergüenzas o por méritos propios.
Pueden contarse con los dedos de una mano las series que han logrado cerrar la persiana sin remordimientos. Mujeres desesperadas seguramente se encuentre en ese reducido grupo de privilegiadas que alcanza el final satisfaciendo a la gran mayoría de sus seguidores , sin polémicas, sin originalidades, sin alterar, en definitiva, la esencia de una fórmula que la ha mantenido en antena durante ocho temporadas. Podrán vertirse muchas críticas sobre esta creación de Marc Cherry, gustarán más o menos algunas épocas de la serie, pero lo que no puede negársele a Mujeres desesperadas es la fidelidad a su público . La coherencia suele convertirse en la factura pendiente en producciones que, movidas por el éxito, suelen alargarse hasta el infinito, perdiendo en el camino la cordura ( Lost ) o a buena parte de su reparto original ( CSI ). Consciente de ello, Cherry decidió ponerle punto y final a su niña mimada antes de que el tiempo erosionara su identidad. La fecha escogida fue el p...

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