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Cinco algodones

Viendo 5 hermanos me viene a la cabeza lo que esta serie podría haber sido y que sin embargo no es: una crítica a esa institución vertebradora de nuestra sociedad llamada familia. A pesar de que cada capítulo se esfuerza en convencernos de que los Walker no son una unidad familiar idílica, la trama termina por demostrarnos que sus problemas son una mera insignificancia comparados con los de cualquier familia media. Es más, y al contrario de lo que se pretende, los Walker resultan irrealmente perfectos.
5 hermanos desprende azúcar desde que comienza hasta que termina. Cada una de las secuencias está regada con una melancólica canción de fondo que incluso se convierte en la protagonista absoluta durante esos planos que, de personaje en personaje, nos reconcilian con el amor y la bondad. Todo tiene un regusto políticamente correcto, a excepción de lo único que la diferencia de un culebrón convencional y que la hace mucho más atractiva: los ácidos comentarios sobre la actualidad política norteamericana. “¡Tienes suerte de que sea la única republicana que no lleva pistola!” o “¡es increíble lo que llega a hacer este gobierno en nombre de la democracia!” son algunas de las perlas que sueltan sus protagonistas en una serie que se emite, no lo olvidemos, en la autocensurada televisión de Estados Unidos.
Pero ahí queda todo. Tenemos a un hermano drogadicto pero lo único que se muestra son las bolsas creciendo bajo sus ojos. Tenemos a otro hermano homosexual (que no se diga) y lo más fuerte que hemos presenciado es un pico en la mesa de un restaurante. El gran secreto del padre perfecto recién fallecido es que fue infiel a su mujer durante años, que dejó en herencia una empresa familiar en bancarrota y que es probable que tenga una hija ilegítima que cualquier día de estos entrará en escena. Minucias comparadas con los verdaderos dramas familiares con los que uno puede nutrirse basándose en la vida cotidiana.
Esta familia cuenta además con algo que la aleja muy mucho de la realidad: la comunicación. No es verosímil, ya me perdonarán, que todos sus miembros tengan el mismo nivel de confianza y esa dosis tan elevada de buen rollo. Todos los problemas y las pequeñas broncas se suplen con el consiguiente derrame de lágrimas y de arrepentimiento. Todo se habla, todo se discute, todo se dialoga y todo se solventa. Todo mentira, vaya.
Si me dieran a elegir entre el amplio abanico de familias que ha retratado la televisión, me quedaría sin lugar a dudas con los Fisher o los Soprano. Si los Walker, en definitiva, vienen a vendernos las mil y una maravillas de una familia unida, tanto los funerarios como los mafiosos ofrecen algo mucho más suculento y creativo: la crítica social. La vista gorda de Carmela ante los continuos braguetazos de su marido y sus sospechosos modos de financiación, la educación de Meadow y AJ o las rarezas de la matriarca Ruth Fisher, magistralmente interpretada por Frances Conroy, son lindezas impagables que se acercan mucho mejor a cualquier realidad familiar. Porque al fin y al cabo la familia nos viene impuesta y los genes no implican necesariamente lazos estrechos.
A pesar de resultar tan empalagosamente edulcorada y adoctrinadora sobre el bien y el mal, 5 hermanos es placentera de ver. No sé si es por la calidad de sus interpretaciones, bastante destacable, por el carisma de algunos de los personajes, sobre todo el de la madre y la amante del marido, o por la crítica política que mencionaba antes. O simplemente porque, en definitiva, a todos nos gusta ver cómo los problemas desembocan siempre en un feliz desenlace. Y es que al final, a nadie le amarga un dulce.

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