martes, 24 de enero de 2017

El amor frente al odio

¿Existe algo más romántico que alguien esté dispuesto a construirte una casa en el lugar de tus sueños? Para que Richard pudiera hacer realidad la promesa que un buen día le hizo a su prometida tuvieron que pasar diez años. No fue por problemas económicos o por falta de empeño. El pecado que impidió a una pareja cimentar su propio hogar consistió en ser blanco y negra en pleno auge racista de la América profunda, hace poco más de 60 años. El matrimonio, que tuvo que sellarse a las afueras de Virginia, fue detenido y condenado a su regreso. El destino, siempre bromista y cruel, quiso que se apellidaran Loving.

El amor es precisamente el que prevalece en esta historia basada en hechos reales que ha querido transgredir en cierta forma los cauces habituales con los que Hollywood tiende a expiar sus pecados xenófobos. Un año después de la polémica por la ausencia de candidatos negros en los galardones más importantes de la industria, llega una película que parecía diseñada para apaciguar el ruido. Si lo hace, esta vez, es por méritos propios. Porque Loving efectivamente denuncia el pasado histórico que sigue sonrojando a buena parte de los estadounidenses, y que reverbera con fuerza en la era Trump, pero lo hace sin los artilugios a los que nos tienen acostumbrados los filmes contra el racismo.

Escenas de enorme crueldad, acento del victimismo en contrapartida, llantos desgarradores, lágrimas. Parece que sólo hay un camino para concienciar al espectador sobre las miserias de la supremacía blanca, como si subrayando el dolor y la tragedia se limpiaran mejor las conciencias de las nuevas generaciones de norteamericanos. Es el mecanismo favorito de Oprah Winfrey, que desde El color púrpura sigue empeñada en financiar los recursos más básicos de la ficción para mantener bien viva su causa.

Jeff Nichols ha preferido seguir otra senda, la de la contención y la sutileza. Los acontecimientos aberrantes se reflejan pero, más que para una sensacionalista recreación, se presentan como el gran escollo de una historia de amor. Porque aquí el protagonismo es cosa de dos. Los rostros de Richard y Mildred reflejan todo el dolor, todo el miedo, el hastío, la esperanza y, sobre todo, todo el cariño. Un amor puesto a prueba que sobrevive a las peores inclemencias, que resiste al tiempo y la barbarie gracias a una sola determinación, la de permanecer siempre juntos.

En las miradas, en la complicidad de Ruth Negga y Joel Edgerton, recae todo el peso de la película, como si Nichols se hubiera marcado como objetivo darle vida a la icónica fotografía de Life que sirvió para denunciar el caso y cambiar el curso de la historia. Dos amantes, ella dulce y perseverante, él escondido en sí mismo, enamorados, que lo único que perseguían era un hogar. Y un final sin grandilocuencias. Sólo un epílogo con una imagen fija y varias sentencias demoledoras, que afligen el ánimo y apenan el corazón, en especial una sola, la más tierna: “Cuidó de mí”. Emotividad y delicadeza. Una alternativa mucho más eficaz para denunciar y combatir el racismo.

lunes, 16 de enero de 2017

Invitación a soñar

Parece que sólo existan dos posturas enfrentadas, irreconciliables, frente a los musicales. Admiradores que sueñan con un mundo mágico e irreal frente a los que aborrecen los súbitos arranques de cante y baile. Al musical se le adora o se le detesta, cuando la historia del cine nos demuestra que existen multitud de propuestas que se alejan de los cánones habituales del género. La la land no pertenece precisamente a ese reducido grupo de excepciones, no llega con inquietud revolucionaria, pero su brillante ejercicio de nostalgia consigue alcanzar a un público mucho más amplio, el de los eternos románticos.

Damien Chazelle ha querido rendir homenaje a sus dos grandes pasiones, el cine y el jazz, echando la vista atrás, con una mirada melancólica, irresistiblemente hipnótica, a la época dorada en la que los cines se abarrotaban y los clubes de jazz derrochaban vitalidad y talento. Sustituidos ahora por locales de samba y tapas, por la moda efímera, o con la amenaza de cierre, sorprende que sea un chico de apenas 32 años el que reivindique con su obra el pasado glorioso de Hollywood y de la música negra. Gracias a la enorme acogida de La, la, land, su alegato, además, ha surtido efecto.

Resulta imposible resistirse a los encantos de una película que fusiona música e imágenes con tan exquisita precisión. Desde el plano secuencia inicial, que sin duda encandilará de la misma forma que horrorizará a seguidores y detractores del género, hasta la brillantísima secuencia final. Probablemente, los mejores apertura y cierre en una sola cinta. Milimétricamente pensados para abrir boca y dejar poso.

Entre principio y final, una bonita historia de amor entre dos soñadores, el que busca tocar el piano en su propio local y la que persigue el éxito en la industria cinematográfica desde una cafetería de los estudios Warner. De las coreografías vistosas, de los números musicales eufóricos vamos pasando poco a poco, a ritmo de piano, al encandilamiento del flirteo, de la primera vez, con un clímax que nos conduce del terrenal cine Rialto al firmamento del observatorio Griffith, en una maravillosa escena que lo reconcilia a uno con la visión más romántica del amor.

Por suerte, Chazelle no permite que flotemos demasiado tiempo en el espacio exterior, justo a tiempo para impedir que la propuesta alcance cotas insoportables de cursilería. La ensoñación a la que asistimos protagonistas y espectadores, absorbidos por la indudable química entre Emma Stone y Ryan Gosling, topa de lleno con los sueños particulares. El eterno conflicto entre el interés común y los individuales, entre el quiénes somos y el quién quiero ser, hace acto de presencia para despertarnos de la utopía a la que nos tiene acostumbrados el cine de Hollywood.

Sin embargo, la clara invitación de La la land es a soñar. Poco importa que la vida sea más compleja que el argumento de un musical, que las historias de amor casi nunca terminen como en un cuento de hadas o que las oportunidades formen parte de un coto privado. Uno de los objetivos del cine es la ilusión. Y Chazelle la lleva hasta sus últimas consecuencias con una obra maestra que, por lograr, incluso consigue que una ciudad tan fea y hostil como Los Ángeles se convierta por momentos en el lugar más bonito del mundo. Ni para los amantes ni para los enemigos del musical, La ciudad de las estrellas es para todos aquellos con ganas de soñar.