jueves, 13 de octubre de 2016

ESPECIAL SITGES 2016 - La propera pell

Puede parecer, a simple vista, que el aliciente de La propera pell reside en la ambigüedad, en la incógnita sobre la verdadera identidad de un adolescente que regresa a casa ocho años después de desaparecer en un pequeño pueblo de montaña. Es evidente que existe ese juego con el espectador. Pero reducir la película de Isaki Lacuesta e Isa Campo a un mero thriller, sin desmerecer el género, sería parcial y muy injusto. La cinta contiene tantas lecturas, todas ellas loables, que no sería descabellado situarla en lo más alto que nos ha brindado el cine español en lo que va de año.
 
La escalada de tensión que se va fraguando entre el tío y el joven reaparecido, plagada de sospechas, secretos y jugadas al despiste, es, sin duda, uno de los aciertos y buena parte del gancho que la promoción de la película ha explotado para llamar la atención del público. Pero en realidad lo que engrandece la película es su enorme sensibilidad, su detallismo, a la hora de reflejar sentimientos tan cotidianos como el despertar de la adolescencia, el microcosmos de una pequeña comunidad rural o el desarraigo. Aunque el que sin duda es el eje central de la cinta, el que la convierte en otro escalafón sobre un tema mil veces explorado en el cine, es el amor entre una madre y un hijo.

Tras una detallada descripción del retorno al hogar, de la desubicación del que busca recomponer su pasado, de la desorientación de su entorno, La propera pell alcanza su clímax en una escena de baile magistral, en la que todo se acelera y las cartas se colocan muy sutilmente encima de la mesa. La química entre una Emma Suárez exultante, aún más amplia en registros que en Julieta, y un Àlex Monner que borda los papeles de joven en conflicto se hace palpable en ese mágico instante en el que todo se sobreentiende. Sin necesidad de subrayados. Una obra pequeña pero muy intensa con un final lo suficientemente entreabierto como para no resultar ni demasiado alegórica ni demasiado maniquea. La representación perfecta de sentimientos imperfectos.

miércoles, 5 de octubre de 2016

ESPECIAL ZINEMALDIA 2016 - Snowden

Fiel a los acontecimientos, narrativamente impecable, con un equilibrio entre realismo y denuncia, entre documentación y suspense. Visualmente notable. Si existe un motivo por el que buena parte de la crítica se ha mostrado indiferente, incluso belicosa, frente a Snowden éste tiene nombre y apellido: Oliver Stone. Sólo así se entiende que una ficción que podría haber firmado perfectamente David Fincher o Aaron Sorkin, salvando pequeñas distancias, haya obtenido tan injustas reacciones. Al director de Platoon y JFK no se le perdonan sus últimos resbalones, que se remontan desde el Alejandro Magno de 2004. Tampoco sus filias políticas y su afilada lengua. Y lo que sin duda no se le disculpará jamás es haber llegado después de Citizenfour.

Consciente de su cercanía en el tiempo con el documental dirigido por Laura Poitras, y también de su excelente acogida, Stone ha sido hábil en el montaje y ha situado a la periodista en la escena de apertura de otra obra, esta vez de ficción, sobre Edward Snowden. Sin miedo a las comparaciones, aun sabiendo que serían inevitables. Actitud valiente del que se muestra seguro y confiado de su tarea. Y es que la película complementa e incluso amplía las revelaciones de Citizenfour con detalles personales del protagonista y, sobre todo, con nuevos dardos que ya no sólo apuntan a la administración de Obama sino también a empresas que como Microsoft o Apple han participado en esta red de espionaje planetario. Todo ello, además, con un ritmo que va escalando hacia una cúspide de tensión y de aterradores recortes mediáticos muy meritorio.

Las acusaciones de demagogia tampoco se han hecho esperar, cuando buena parte del material discursivo que utiliza Stone para narrar la gravedad de los hechos ha salido de la boca del propio Snowden. Especialmente interesantes son las reflexiones que vierte desde su exilio forzado en Moscú, en una conferencia multitudinaria a la que asiste en forma de pantalla robot. Ese instante, grandilocuente pero triste a la vez, refleja a la perfección el sacrificio de un hombre cuyo patriotismo se sigue cuestionando en su propio país. Una escena que también sirve para comprobar la impresionante mutación de Joseph Gordon-Levitt en un personaje real tan poco expresivo como el ex agente de la CIA. Lástima que sus opciones sean tan escasas para la época de premios como las de una cinta ninguneada sin motivo.