miércoles, 31 de diciembre de 2014

Las 10 mejores películas de 2014

Que 2014 ha sido un excelente año para el cine español no sólo lo demuestran las mareantes cifras de Ocho apellidos vascos sino también la gran cantidad de propuestas made in Spain (más allá de la comedia superventas) que se han colado en la mayoría de rankings con lo mejor de los últimos doce meses. Codo a codo con obras maestras internacionales como Her o Mommy se sitúan talentosas cintas como 10.000 km., La isla mínima o Carmina y amén, probablemente una de las mejores comedias producidas en este país y probablemente también de las menos recompensadas. Junto a otras maravillas como Relatos salvajes o Magical Girl (no incluida inmerecidamente en esta lista personal e intransferible) conforman un espléndido año para un cine, el español, que debe seguir obviando sus complejos y las fórmulas trilladas.

En el podio de este ranking conviven tres pequeñas grandes joyas del cine independiente, las que mejor han sabido emocionar con premisas y estética arriesgadas y valientes. Tres obras imprescindibles de la mano de tres autores con personalidad arrolladora pero que saldrán de vacío de la tanda de premios gordos, reservada ya para Richard Linklater y su inigualable Boyhood. ¿Es suficiente una idea brillante, irrepetible, clamorosa como la de plasmar la evolución del tiempo a lo largo de doce años reales para encumbrar una obra sin un guión a la altura de tamaña genialidad? Muy discutible, aunque sin duda loable. Sólo hay que traspasar las doce campanadas de esta noche para comprobar lo que nos depara un 2015 que arrancará potente. The imitation game, Birdman y La teoría del todo nos esperan a la vuelta de la esquina. ¡Feliz y cinematográfico año!

10. Carmina y amén (Ver crítica)

9. Begin again (Ver crítica)

8. El lobo de Wall Street

7. 10.000 km (Ver crítica)

6. Snowpiercer

5. La isla mínima (Ver crítica)

4. Relatos salvajes (Ver crítica)

3. Orígenes (Ver crítica)

2. Mommy (Ver crítica)

1. Her

viernes, 12 de diciembre de 2014

Mejor... dejarse llevar

Juntemos a un niño adorable con un viejo refunfuñón y obtendremos enseguida el filme sensiblero perfecto. Si encima lo aderezamos con una exótica prostituta y una madre en apuros, la fórmula se convertirá en infalible. Es el secreto que pregona a voces St. Vincent, una película que en ningún momento disimula su voluntad de tocar la fibra sensible y ante la que únicamente caben dos actitudes: el escepticismo o la entrega absoluta a la causa lacrimógena. Evidentemente, para garantizar una experiencia plena y satisfactoria se recomienda encarecidamente dejarse arrastrar por todos y cada uno de sus trucos. Saldrán de la sala totalmente renovados.

La historia se repite. Un jubilado antisocial y solitario se ve forzado a convivir con personas de bien, que irrumpen en su vida sin previo aviso y trastocan los cimientos de su desestructurada existencia. En este caso es una madre separada y su hijo de catálogo, tan avispado, sensible y educado que sólo podía estar destinado a un bullying de campeonato. El cuarteto se completa con una prostituta rusa, fantástica Naomi Watts en el papel más zafio y sorprendente de su carrera. Cóctel de personajes antagónicos obligados a extraer su buen fondo.

Porque en películas como St. Vincent no hay lugar para la maldad. Hasta el ser más execrable esconde un motivo que justifica su odio hacia el universo. Y desde el primer minuto del metraje sabemos que de un ser abominable como el que protagoniza Bill Murray terminaremos extrayendo las mejores intenciones. Lo vivimos con el Melvin de Jack Nicholson en Mejor… imposible (el entrañable perro se sustituye aquí por un lindo gatito) y más recientemente con Max von Sydow en Tan fuerte, tan cerca. Sabemos que terminaremos encariñándonos con el viejo cascarrabias. Y probablemente por ese pacto implícito entre el guionista y el espectador la pócima sigue funcionando sin fisuras.

Murray se entrega en cuerpo y alma. Quizá no llegue a la brillantez de Nicholson pero a su favor cuenta con el mérito de otorgar la máxima credibilidad a un personaje mucho más arquetípico, que roza e incluso traspasa por momentos lo caricaturesco. Si existe un manual del perfecto antihéroe de ficción, Vincent lo cumple a rajatabla. El niño antagonista tampoco se queda corto, hasta el punto que uno se pregunta dónde narices encuentran a pequeños actores tan convincentes (por favor, que alguien le pase referencias al cine español). Un elenco de altura para una ópera prima que probablemente no sobreviviría a otro plantel.

En todo caso, y obviando la estratagema de la cinta para activar nuestras glándulas lagrimales, St. Vincent funciona con suma eficacia en su afán de entretener y emocionar. Que seamos capaces de vaticinar con suma precisión el desenlace no la hace menos disfrutable. Justo lo contrario. A veces, la magia del cine consiste en arrastrarnos a un mundo utópico en el que todo el mundo tiene derecho a la redención y a las segundas oportunidades. Tan falso y cursi como las navidades, ante las que siempre vale más entrar al trapo que cargarse de amarga incredulidad.

jueves, 11 de diciembre de 2014

¿Quién puede odiar a Dolan?

Cuenta Xavier Dolan que escribió Yo maté a mi madre como venganza hacia su progenitora tras una sonora bronca y que Mommy le ha servido para resarcir aquella puñalada. Chico complicado debe ser este canadiense que sin embargo con sólo 25 años ha logrado gestar cinco notables películas, la última de ellas sin duda la más emocionante e intensa. Bonita manera de reconciliarse con una madre, regalándole a ella y a medio mundo el homenaje más puro y honesto, libre de atajos y almíbar.

Es admirable cómo Dolan ha conseguido labrarse en tan poco tiempo una legión de seguidores y detractores tan pronunciada. Y resulta bastante sencillo identificarse con ambas posturas. Mientras los primeros, modernos ellos, han encontrado en el joven director el soplo de aire fresco que hacía falta en sus vidas, los haters siguen centrándose en la extrema juventud y en las evidentes influencias del que consideran otro niño caprichoso con ínfulas de cineasta. Fácil empatizar hasta ahora, porque a partir de Mommy es imposible negarle al canadiense un talento que desborda cualquier tipo de antipatía.

Dolan ya ha rechazado públicamente a Almodóvar, Tarkovsky o Fassbinder como fuentes de inspiración. En un ataque de sinceridad (o de arrogancia) asegura que su mayor influencia está en películas que vio de niño. Filmes como Batman, Sra. Doubtfire o Titanic y que certifican que, o bien el resto de mortales no supimos entenderlas o bien este chico cuenta con una mente privilegiada. Porque resulta impensable encontrar en cualquiera de ellas una mínima semejanza con Mommy.

¿Cómo abordar la compleja relación entre una madre viuda y su hijo adolescente con TDA e hiperactividad sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia? Las señas de identidad de Dolan, ese cierto histrionismo verbal y visual, no parecían las más adecuadas. El formato 1:1, sin ir más lejos, se antojaba como un recurso gratuito y desesperado para llamar la atención y, sin embargo, adquiere enseguida un sentido en la trama que no hace sino reforzar el mensaje de libertad y opresión, los dos estados de ánimo entre los que esta obra maestra se mueve con pasmosa habilidad.

Como si de su propio alter ego se tratara, el Steve que construye Dolan también busca desesperadamente captar la atención del espectador. No es un protagonista amable, puede provocar rechazo, y en cambio Antoine-Olivier Pilon lo convierte en un ser entrañable, capaz de generar una gran complicidad no sólo con sus dos compañeras de reparto, soberbias tanto Anne Dorval como Suzanne Clément, sino con toda una platea sumergida en ese maravilloso microcosmos construido por un trío de seres marginales.

Porque lejos de una relación maternofilial habitual, la de Steve y su madre se adereza con una tercera presencia indispensable, la de una vecina tartamuda con vida acomodada pero nada plena. Un vacío que llenan dos seres inestables, violentos, imprevisibles, pero tan puros y transparentes que son los únicos que consiguen que las palabras fluyan de su boca sin cohibiciones ni miedos. Hay momentos entre estos tres protagonistas que son la mejor representación de la felicidad que se haya proyectado nunca en pantalla. Y sí, uno de ellos lo protagoniza una canción de Céline Dion.

Entre la libertad y la opresión, decíamos, se va desenvolviendo esta preciosa historia, que refleja pero no edulcora la complejidad de las relaciones humanas, cargadas de sueños, de esperanza, de felicidad, pero también de miedos, desaliento y decepciones. Por todos esos estados de ánimo va pasando detenidamente Xavier Dolan, con una madurez incontestable y una asombrosa puesta en escena. A críticos o fans, espectadores todos, sólo nos queda rendirnos ante la evidencia de que, efectivamente, estamos asistiendo a la consolidación de un pequeño gran autor. Filias y fobias aparte, es innegable que Mommy es pura y llanamente una genialidad.