martes, 30 de abril de 2013

Postureo Coixet

Ayer no termina nunca. Tu película me golpea como puños de acero, Coixet. Qué dolor… Qué intenso dolor… Qué pretendido dolor se desprende de tus diálogos milimetrados. Forzado dramatismo que me hiela la sangre, como esas paredes de hormigón, como el viento gris de Berlín. Cambio a blanco y negro, sonido estridente, con la mirada perdida hacia el firmamento y vomito lo que pienso realmente, lo que no me atrevería a decirte a la cara, que tu filme es una puta mierda insoportable. Y grito. Guuuuaaaaarrrrrrgggghhhhh! 250 gramos de palomitas saladas removiéndome el estómago. Nada comparado a la aflicción que me producen todos estos años esperando a ver si cae otra Mi vida sin mí.

Es curioso la cantidad de veces que uno hace cosas que no quiere hacer. Como aguantar. Aguantar estoicamente los 108 minutos de Ayer no termina nunca. 108 minutos. O 220. Da lo mismo. Es el peso que uno siente cuando el metraje te golpea el cerebro como la metralla. ¿Por qué? ¿Por qué demonios no iría a ver Iron Man 3 como hicieron todos? ¿Qué tipo de autoflagelación me impidió seguir el rumbo hacia la salida que emprendieron otros? Dios… La vida es un sinsentido.

Sinsentido es… Sinsentido es arrancar un filme con un prólogo sugerente, con esos titulares de radio vaticinando el apocalipsis económico, para terminar convirtiendo la crisis en un adorno, en un anuncio de Bankia, lleno de frases vacías, que no dicen nada, que no llegan. Como tampoco llega el sufrimiento. El sufrimiento de una pareja que ha perdido un hijo y que luego se pierden el uno al otro. Bueno, que primero se perdieron a sí mismos y luego el uno al otro. Es importante el matiz.

Pero quizá no haga falta expresarlo todo con tanto cálculo. Intercalar las cigalas o el verbo follar de vez en cuando para que el texto no parezca tan trascendental, tan etéreo, tan poco terrenal. El efecto es el mismo. Todo es tan forzado como las gotas de lluvia cayendo por los orificios de esa especie de depósito pluvial. Qué preciosa metáfora. El profundo lugar donde guardamos nuestra esencia pero que tarde o temprano deberemos extraer. Pura poesía.

Poesía. Arte. Teatro. Auténtico teatro es lo que practican Javier Cámara y Candela Peña encima del escenario. Sentados frente a un telón, saldríamos pletóricos de la función. Pero esto no es una tragedia griega protagonizada por Núria Espert. No. Esto es cine. Y en pantalla, la teatralidad chirría, estremece. Como el frío de una tarde de verano o como Cámara recitando a gritos perdón. ¿En qué maldito momento, en qué jodido momento, que queda más cercano y desgarrador, alguien le vislumbró dotes para el drama?

Coixet. Hay cosas estúpidas que se quedan para siempre y cosas esenciales que se te olvidan. Sólo espero que de todas tus sentencias al menos te equivoques en esta. Deseo borrar de mi cabeza esas escenas de Candela pidiendo a gritos un doblaje de Muchachada Nui. O esta estúpida y pausada manera de escribir. Me agota tu drama, tus meditados silencios, la reiteración de tus diálogos. Ayer no termina nunca. El mañana nunca muere. Pero tu talento, desde luego, parece agotado.

jueves, 25 de abril de 2013

Bienvenidos al norte

Algo tiene Escandinavia que no sólo es la cuna del estado del bienestar sino también el reflejo del lado más siniestro y depravado de nuestra sociedad. Puede que sea el clima, o el sol de medianoche, pero lo que es evidente es que desde el hemisferio norte proliferan cada vez con mayor fuerza las propuestas más sórdidas y espeluznantes. El fenómeno se propagó con la trilogía Millenium de Stieg Larsson pero desde luego el séptimo arte no ha querido quedarse rezagado a la hora de plasmar esa atmósfera inquietantemente gélida.  

La caza es otro ejemplo más de ese cine desangelado, desprovisto de toda pasión, que también exploraron Déjame entrar o Headhunters. Cintas en las que lo más aterrador se encuentra en el envoltorio, impersonal, sin ornamentos, sin sentimientos. Salvo que en esta ocasión no son los vampiros o los ladrones de guante blanco los que protagonizan la historia sino alguien mucho más cercano y reconocible como el falso culpable.

La premisa de la cinta ya es de las que te produce angustia en el estómago antes de llevarse a cabo. Se masca la agresividad y la tragedia cuando, de repente, una niña le cuenta a la directora de la guardería que uno de los profesores le ha enseñado el pene. Aquí no existen sospechas ni incertidumbres como en La duda, que ni tan siquiera se dignó en resolver. Aquí el espectador se mete de lleno en la piel de un inocente acusado, perseguido y masacrado injustamente por su comunidad.

La película podría haber hurgado en la impotencia de un hombre sin posibilidad de defensa, pero prefiere poner el foco en quienes señalan con el dedo. Porque aunque han pasado siglos desde las ejecuciones públicas medievales no parece que el razonamiento haya cubierto nuestros instintos más agresivos. Lucas comprueba como el padre de la niña, su mejor amigo, le niega la presunción de inocencia y con él todo el resto de compañeros de borrachera, reflejando lo volátiles e influenciables que somos los rebaños humanos.

De ejemplo a seguir a monstruo defenestrado, el profesor se enfrenta primero al asedio con cautela, luego plantándole cara, sin victimismos. Es el abordaje que más se le agradece a Thomas Winterberg, que se aleja del dramatismo fácil para encogernos el corazón por otras vías, como demuestra esa magnífica escena en la que el protagonista se presenta en plena misa navideña para expresar su rabia ante el pueblo que le ha dado la espalda y le ha traicionado. La secuencia en el supermercado o la que provoca el hijo adolescente en casa de la niña no son menos aterradoras.

Aunque el entorno grisáceo y helador es fundamental para construir esa atmósfera aséptica, inquietante, que está caracterizando al buen cine escandinavo de los últimos años, es evidente que sin la figura de Mads Mikkelsen, el Hannibal catódico, el Javier Bardem danés, esta cinta no sería lo mismo. Increíble cómo con tanta contención, tanta inexpresividad, se logra transmitir mucho más que con determinados vicios interpretativos que sólo fuerzan el drama. Los nórdicos demuestran una vez más que no es horchata lo que corre por sus venas, sino un talento innato para las historias turbadoras.

viernes, 19 de abril de 2013

Para no caer en el olvido

Si Nicole Kidman y hasta Katie Holmes lo han conseguido, no entiendo por qué nosotros, sufridos espectadores, no logramos quitarnos de encima a esa plaga ególatra llamada Tom Cruise. Porque no contento con protagonizar sagas de acción ya legendarias como Misión imposible, ahora se ha lanzado a la caza indiscriminada de nuevas franquicias que sólo deben cumplir un único requisito: situarle como cabeza de cartel.  

Jack Reacher fue un fallido ejemplo, pero la maquinaria no se ha detenido y sin apenas tiempo ya nos ha fabricado un nuevo modelo a imagen y semejanza del actor. Y es que aunque parezca un regreso de Cruise a la ciencia ficción futurista de Minority report, Oblivion no es más que otra artimaña de Hollywood para explotar su indudable, e incomprensible, tirón mediático.

Su careto de salvador planetario es el mismo deslizándose por un rascacielos de Dubai que pilotando una nave sobre una Tierra devastada por marcianos. Muy baja de autoestima debe andar siempre esta celebrity para tener la necesidad constante de aceptar únicamente los papeles de héroe. Ni siquiera en la Cienciología existe un culto tan grande como el que procesa Tom Cruise sobre sí mismo. Podría decirse que el problema incluso se está agravando con la edad, ya que en esta última superproducción ni siquiera se ha molestado en buscar secundarios que le hagan sombra. Su omnipresencia ha pasado de aguda a crónica con los pronósticos más pesimistas.

Por otro lado, ya es extraño que Joseph Kosinski recibiera el encargo de dirigir Oblivion después del enorme disgusto que se llevaron con TRON: Legacy los seguidores y el estudio que desembolsó la pasta. De hecho, ya ha obtenido el visto bueno para una tercera entrega del clásico de los 80, completando así un triple debut de blockbusters tan costosos como carentes de ingenio. Porque en los tiempos que estamos, también en cine resulta todo un pecado desperdiciar de tal forma el dinero. Y sino que se lo pregunten a la Disney después del gran fiasco de John Carter.

Cierto parecido guardan ambas producciones, porque tras sus esfuerzos digitales a la hora de recrear universos imposibles, tras su ambiciosa producción, lo único que encontramos es un enorme vacío de ideas. Al menos John Carter podía escudarse en el género de aventuras. En el caso de Oblivion, mejor que no se introduzca en el pantanoso terreno de las comparaciones, porque ni en la ciencia ficcción ni el subgénero post apocalíptico sale bien parada. Demasiados buenos ejemplos que la dejarían todavía más en ridículo.

Es una lástima que la película se recree de tal manera en paisajes desolados, en la luna hecha pedazos, en esa casa de ultradiseño futurista con piscina transparente. La estética es apabullante, podría decirse que hasta cumple su objetivo de fotocopiar vilmente la atmósfera de Prometheus, pero se queda en un mero anuncio de perfume sin un guión que la acompañe. Porque ni el giro argumental nos deja con la boca abierta ni suple tanto metraje cargado de palabras huecas. Y colocando a Cruise en cada plano no se aviva la emoción. Se fortalece el tedio.

martes, 9 de abril de 2013

Añorando a Ashley Judd

Efectos secundarios no puede ser la última película de Steven Soderbergh. Más que nada porque sería de una enorme descortesía que el director de Traffic y Ocean’s eleven se despidiera de su público con semejante telefilme. Más aún cuando su anterior propuesta fue Magic Mike, que aunque dejó el listón en taquilla y la libido de más de una por las nubes supuso un giro demasiado evidente hacia el negocio descarado. Para colmo, es probable que esta vez ni siquiera se haga de oro con este retorno a los noventa.

Y es que si no hubiera terminado devorada por el bótox, esta cinta la habría protagonizado sin duda Ashley Judd, la reina de los giros inesperados, la eterna víctima de las conspiraciones de andar por casa. Su rostro era el único capaz de arrojar credibilidad allí donde la verosimilitud brillaba por su ausencia. Podría decirse que la actriz incluso engendró su propio género, que murió con su destierro del mapa cinematográfico. De ahí que rescatar a estas alturas un tipo de filme sin su figura más crucial resulte hasta insultante.

La culpa no es de Rooney Mara, desde luego, que hace sus esfuerzos por resultar convincente en un rol mucho más increíble que el de Lisbeth Salander (no podemos decir lo mismo de Catherine Zeta-Jones, sobreactuada como nunca antes). El delito lo encontramos en una trama que ni siquiera alcanza el nivel de efectista, porque la única impresión que produce es la misma que una tomadura de pelo. Sean bienvenidos los giros de guión, pero hasta cierto punto, que para delirios argumentales nos basta y nos sobra con Revenge.

Parece mentira que tras este entramado supuestamente bien hilado se encuentre el mismo guionista de Contagio, la última cinta de la que Soderbergh puede sentirse mínimamente orgulloso. Porque si en aquella se apreciaba una notable labor documental, con asesoramiento de epidemiólogos incluido, esta vez parece que por no haber ni siquiera ha habido un mínimo empapamiento de grandes clásicos efectistas, como podrían ser The game o la filmografía completa de la propia Judd.  

Al fin y al cabo, los seguidores de este tipo de cintas no exigimos demasiado. Podemos pasar por alto los manidos estereotipos sobre la industria farmacéutica. Nos importan un bledo los esfuerzos del director por disimular su tufo a thriller facilón, como esos primeros planos desenfocados, insistentes e innecesarios. Lo único que pedimos a este género de dudoso valor artístico es una mínima coherencia y valgan todos sus incautos espectadores como testigos para certificar que Efectos secundarios es justamente lo último que nos ofrece.

martes, 2 de abril de 2013

Ávidos de invierno

No pasará a la historia como el mejor capítulo de la serie, pero desde luego atestigua que los responsables no se dejan llevar por el hambre voraz de sus seguidores. Podrían haber tirado de escenas espectaculares (que las habrá), de efectos especiales, de tensión dramática, y sin embargo los guionistas de Juego de tronos han preferido optar por el ritmo pausado, por los diálogos mordaces, por el tempo que en definitiva se ha convertido en marca de la casa y que ha convertido a esta superproducción en algo más que una historia de aventuras.

Anoche Canal + volvía a deleitar a sus clientes con un preestreno privilegiado en cines de la tercera temporada de Juego de tronos. Una experiencia única que demuestra la envergadura de una serie cuyo alcance va más allá de los cuatro millones de espectadores que oficialmente la siguen a través de la HBO (pocos si los comparamos con los más de doce que otorgaron récord a The walking dead). Lo corrobora el esfuerzo por importar los nuevos capítulos lo antes posible y el nacimiento de una nueva aplicación, Vive Poniente, que trasladará a la pantalla móvil todo el imaginario de la serie. Pocas ficciones televisivas promueven semejante arsenal de marketing.

La expectación tras nueve meses de sequía era tan grande que el primer capítulo de esta esperadísima tercera temporada sin duda no ha satisfecho nuestras necesidades. Tanta publicidad, tanto avance y tanto apetito siempre termina suponiendo un arma de doble filo. Y es que resulta prácticamente imposible saciar las necesidades de los fans con un material, el de George R.R. Martin, que debe degustarse con paciencia, apreciando los matices, como la lectura de sus inabarcables novelas.  

Tormenta de espadas, la entrega de Canción de hielo y fuego que se desdoblará en dos temporadas televisivas, sigue la estructura de sus dos precedentes, así que los seguidores ya podemos mentalizarnos de una férrea introducción y un final apoteósico, como el que se prevé con un título tan identificativo para los lectores como Mhysa. El invierno, efectivamente, se acerca pero no tan deprisa como algunos quisieran.

Y es que con Juego de tronos, al contrario que con otras series, sí podemos afirmar que los personajes importan. David Benioff y D. B. Weiss, inteligentes ellos, no descuidan que aquí tienen protagonismo tanto las batallas como los lazos. Porque en los vínculos que se establecen se gana la credibilidad que perdería una ficción basada únicamente en dragones y mazmorras. De ahí que de este Valar Dohaeris capten nuestra atención tanto los escupefuegos de Daenerys, cada vez más creciditos, como las hirientes conversaciones entre los Lannister.

En este primer episodio ya observamos la frágil relación que une a la Casa del león, el tiranismo creciente de Joffrey, la incomodidad que le provocan a Cersei las nuevas maneras de Margaery, el poder más terrenal que mágico de Melissandre sobre Stannis Baratheon, la perspicacia de Mance Rayder más allá del muro y los recelos de Jorah Mormont hacia el recién llegado Ser Barristan. Caldo de cultivo más que suficiente para las tragedias que están por venir. No seamos impacientes. El invierno llegará.