jueves, 28 de enero de 2010

Pasión desangelada

Stephen Frears se mueve como pez en el agua en los ambientes nobles. Ya lo demostró bien joven con Las amistades peligrosas, pero con los años parece que se le acrecienta el gusto por la clase aristocrática. Tras acercarse como nadie a un personaje tan hermético como la reina Isabel II, ahora ha decidido echar mano de la novela más famosa de la escritora francesa Colette para adentrarnos en la madurez de una cortesana en plena Belle Epoque de París. “Las dos son ricas” ha manifestado irónico en una entrevista y, desde luego, no es la única similitud entre dos propuestas que, aunque separadas por un abismo temporal y temático, guardan varios puntos en común.
Aunque la monarquía de Isabel II ya ha traspasado el siglo XX, lo cierto es que sus costumbres permanecen casi inalterables desde hace décadas, hasta el punto que los exquisitos modales reflejados en Chéri son los que todavía imperan en el palacio de Buckingham. Frears quiso ser tan fiel en su reflejo de la intimidad de la reina y ha querido serlo también en su última propuesta, que el resultado final termina desprendiendo una sensación de frío y distancia.
Para lo bueno y para lo malo, no estamos en la época victoriana que nos vendió Jane Austen. En la clase alta, ni los amores eran tan profundos ni las vidas tan intensas. El tono de Frears se aleja del culebrón de época al realismo más estricto, hasta el punto que la historia de amor entre la madura cortesana y el joven de diecinueve años es menos apasionada de lo que cabría esperar de un drama de época. Lástima que unos decorados y localizaciones inmejorables, un vestuario impecable y unas interpretaciones notables queden deslucidos por el mismo tono aséptico que reinó en The queen, aunque allí viniera justificado por la introspectiva personalidad de la monarca inglesa.
No sólo falla Frears en una historia de amor que hubiera hecho las delicias de Ang Lee, sino también en el retrato de la prostituta de lujo en decadencia. El inicio extremadamente prometedor de la película, con un mordaz resumen de las damas de compañía más ilustres de la historia, como la Bella Otero, queda olvidado por completo durante el desarrollo del metraje. Es cierto que la protagonista lanza reflexiones irónicas sobre la vejez y que determinadas escenas, como en la que el joven espera a su amante bajo el balcón parisino, despiertan algún sentimiento, pero al final termina imperando el distanciamiento con el espectador.
El acierto lo encontramos en las dos grandes intérpretes que llevan el peso de la película. Kathy Bates ha encajado a la perfección su destierro a los papeles secundarios de lujo, mientras que Michelle Pfeiffer se resiste a jugar en otra liga, a pesar del alarmante descenso de buenas oportunidades que se le presentan. Ambas, cada una a su estilo, dan una lección de sabiduría y experiencia al joven protagonista que da nombre al filme y cuyo afeminado aspecto tanto nos ha hecho olvidar su prometedora aparición como oficial nazi en El niño con el pijama de rayas. Sólo queda cruzar los dedos para que la carrera de la Pfeiffer no siga el mismo camino que el de la cortesana Léa de Lonval.

martes, 26 de enero de 2010

Portada histórica de 'Cinemanía'

Por primera vez (¡ya era hora!), una revista dedicada al séptimo arte dedica su portada a una serie de televisión. Y no podía ser otra. El comienzo del fin de Perdidos, este mes en Cinemanía.

Corrijo: Me advierten que la edición española de Cahiers du cinema ya le dedicó una portada a las series y precisamente también con Lost. ¡Gracias!

domingo, 24 de enero de 2010

El musical que aupó a 'Chicago'

Rob Marshall ha logrado una hazaña casi imposible. No por reunir en un mismo plató a un elenco de actrices deslumbrantes ni por revitalizar una obra de Federico Fellini convertida más tarde en exitoso musical de Broadway, no. El director ha conseguido con su tan esperada Nine derrumbar expectativas en un tiempo vertiginoso, a tan sólo escasos minutos de comenzar el metraje, y lo más importante, ha catapultado a su anterior propuesta en el género, una Chicago injustamente galardonada, del suficiente bajo al notable alto. Suele decirse aquello de otros vendrán que bueno te harán y, en este caso, las comparaciones han recolocado a cada cual en su lugar.
Anunciado desde hace meses como el musical definitivo, Nine ha terminado por ser un desfile de estrellas invitadas, un despliegue de números musicales sin apenas historia y, si apuramos, con escaso presupuesto, al menos para todo aquello que no fuera el cuantioso caché de sus protagonistas. Un cartel de grandes artistas, auténtico reclamo del filme, resulta insuficiente para tan nefasto guión y, lo que es peor, termina jugando en contra del único y principal cometido de un musical: la espectacularidad.
Marshall pensó que sólo con estrellas como Nicole Kidman o Judi Dench cantando y bailando había suficiente. De ahí que las presente una por una al inicio de la película a modo de inexplicable avance en una de las peores introducciones jamás planteadas en la historia del cine. A medida que avanza el metraje, uno tiene la impresión de que las siete intérpretes aterrizaron el mismo día en los estudios Cinecittà de Roma, grabaron su escena correspondiente, posaron para los innecesarios principio y final y se fueron de inmediato por donde habían venido.
Y es que Nine ni siquiera se toma la molestia de variar sus decorados. Con un fondo romano de cartón piedra, se van sucediendo incansablemente las actuaciones, más propias de una función de teatro que de una apuesta cinematográfica. Aunque las luces, las interpretaciones y las coreografías cambian con cada escena, la capacidad de sorpresa queda anulada por una puesta en escena reiterativa y pobre al servicio de unas canciones de escaso impacto.
Aún así, conviene hablar de desequilibrios entre unos números que son memorables y otros directamente para olvidar. A nivel visual y coreográfico, la Fergie de Black Eyed Peas se lleva la palma con Be italian, la única escena que logra rozar el espectáculo. Marion Cotillard, por su parte, alcanza la cima interpretativa de la película, comiéndose con patatas a sus compañeras de reparto e incluso al mismísimo Daniel Day-Lewis, totalmente desubicado en su papel de Guido Contini, un exitoso director de cine en plena etapa de crisis creativa. La sorpresa viene de la mano de Nicole Kidman, apenas mencionada por los críticos, con una especie de resurrección en la que el bótox comienza a dar paso de nuevo al talento. La ex de Tom Cruise demuestra que su paso por Moulin Rouge no fue en vano, regalando una de las mejores voces del filme.
El otro lado de la moneda lo encontramos en nuestra querida Pene, nominada en todos los premios internacionales por su papel de amante de Guido. Reconocimientos inmerecidos si nos atenemos a tan mediocre interpretación y a su terrible dicción en inglés (¿Estará en su exótica voz el motivo del éxito?). Menciones aparte merecen la esperpéntica aparición de Sophia Loren, acartonado fantasma de una vieja gloria del cine, y el papel subestimado con el que ha tenido que apechugar la gran Judi Dench.
Desde luego, a Marshall, empeñado en un género que se le escapa de las manos, le queda mucho por aprender, aunque es probable que aparque el musical durante un tiempo tras el fiasco en taquilla de Nine (los hermanos Weinstein todavía se dan golpes contra la pared por su errática apuesta para los Oscars, en la que la prometedora Shutter island de Scorsese quedó finalmente descartada). Mientras tanto, no le vendrían mal unas cuantas lecciones de su colega Baz Luhrmann, sobre todo en lo que a ritmo y puesta en escena se refiere. Y es que lo único que ha despertado esta cinta de incomprensible título (¿Nueve qué?) es que terminemos echando de menos a Catherine Zeta-Jones entonando aquello de All that jazz.

lunes, 18 de enero de 2010

Decepcionante antesala

Atención, porque ni Up in the air ni En tierra hostil (The hurt locker). Las dos grandes rivales en todos los festivales de cine y premios de la crítica estadounidenses se han ido casi de vacío en los Globos de Oro, arrasados de nuevo por un James Cameron con ganas de reconquistar el mundo. Esto no sería preocupante si no fuera porque los premios de los críticos internacionales afincados en Los Ángeles siempre han sido considerados como la antesala de los Oscars y como una especie de predicción de lo que puede ocurrir en el Kodak Theatre el próximo 7 de marzo.
Todavía no han aterrizado en nuestras pantallas las dos grandes contrincantes mencionadas anteriormente pero sorprende que dos cintas avaladas por la crítica hayan sido desbancadas por un taquillazo como el de Cameron, sumamente eficaz en la técnica pero no tan revolucionario como anunciaba la artillería publicitaria. Todo es posible, pero esperemos que la próxima gala no sea la de Avatar como en su día lo fue más merecidamente la de Titanic.
En todo caso, todas las quinielas apuntaban a Kathryn Bigelow, la responsable de En tierra hostil, como ganadora en la categoría de mejor director, aumentando así sus posibilidades de convertirse en la primera mujer en lograr el Oscar en esta categoría. Su cinta sobre una brigada estadounidense especializada en desactivar explosivos y afincada en Irak, en cambio, se ha ido completamente de vacío de los globos. Lo mismo le ha ocurrido a la tercera propuesta del director de Juno, Jason Reitman, que al menos ha logrado un premio de consolación en forma de guión por Up in the air (George Clooney y Colin Firth en A single man han sido finalmente derrotados por Jeff Bridges en Crazy heart).
El apartado femenino ha vuelto a subir al escenario a las mismas que hace apenas una semana protagonizaron un sonado morreo tras empatar como ganadoras en los Critic’s Choice Awards. Sandra Bullock asienta el terreno como clara candidata al Oscar por The blind side, posible culminación de un año de éxito arrollador, y Meryl Streep probablemente repita de nuevo candidatura por su vertiente cómica en Julie&Julia.
Que estos premios de dudosa influencia han optado este año por un cariz más comercial lo encontramos en varias alarmantes decisiones: Resacón en Las Vegas se alza con el Globo de oro a la mejor comedia (Nine ha sufrido un duro revés al no conseguir ni una sola de sus cinco nominaciones, con Pe incluida); Robert Downey Jr. es considerado como el mejor actor cómico en su papel de Sherlock Holmes (¿mejor que Daniel Day-Lewis? ¿Seguro?) y Avatar ha sido coronada como la gran película del año. Esperemos que los Oscars sigan otro rumbo.
Menos sorprendente, casi predecible, ha sido el apartado televisivo de los Globos. Mad men consigue por tercer año consecutivo el galardón a mejor serie dramática, mientras que la recién llegada Glee afianza su éxito también en forma de reconocimiento. Michael C. Hall, alias Dexter, en plena recuperación de un cáncer, logra por fin el Globo tras cuatro nominaciones seguidas y Julianna Margulies confirma su papel en The good wife como uno de los mejores de la temporada en Estados Unidos.

PD. En la encuesta ya lo adivinasteis. 7 de los 16 usuarios que votaron en La pantalla predijeron que Avatar lograría el Globo de oro a la mejor película dramática. ¡Enhorabuena! (Precious: 3 votos; Up in the air: 2 votos; The hurt locker: 2 votos y Inglorious basterds: 2 votos).

viernes, 15 de enero de 2010

Un Haneke menos hanekiano

La cinta blanca. O más bien la semilla del mal es lo que nos ha querido retratar Michael Haneke en la que ya se considera como la obra maestra del director austríaco. Blanco y negro impoluto, clasicismo casi académico, narración tradicional. Todo al servicio de una historia que nos traslada con sumo realismo a la Alemania de principios del siglo XX, caldo de cultivo de un régimen opresor y basado en el odio que la mayoría aceptó sin remedio. Y es que la guerra, y posteriormente el nazismo, no eran más que una extensión del status quo reinante, basado en las jerarquías, la autoridad y la absoluta falta de libertades.
El director ha querido recalcar en todas sus apariciones mediáticas que La cinta blanca no es sólo una excepción alemana. No hay más que echar un vistazo a las relaciones familiares que nos muestra el filme para darnos cuenta que la férrea disciplina no nos es desconocida a este lado del continente. Valores como el respeto, la autoridad y la obediencia, tan venerados incluso en la actualidad, muestran sus profundas flaquezas en un filme tan duro y crudo como la realidad que nos plasma.
El profesor en un pequeño pueblo del norte de Alemania nos narra en primera persona los acontecimientos previos al estallido de la I Guerra Mundial. La sospecha y la desconfianza se adueñan de sus habitantes cuando comienzan a producirse una serie de terribles sucesos. La maquinaria del odio comienza a arrancar y florecen la amenaza, los castigos y las venganzas, únicas armas de un régimen que no conoce el diálogo. El poder, a todos los niveles, tanto familiar como social, recrudece su opresión, ante la que sólo se admiten dos posturas: obediencia o rebeldía.
¿Cómo puede explicarse la barbarie nazi y el silencio otorgador de la sociedad alemana? Ese es el complicado planteamiento que ha querido responder Haneke, recreando el severo entramado social que pudo haber favorecido la implantación del régimen autoritario. La disciplina y la obediencia estaban tan arraigadas en el seno familiar que no resultaría muy complicado acostumbrarse a un sistema político basado en los mismos principios. En el propio hogar, el cuestionamiento y la insubordinación no tenían cabida. Y es ahí, en el papel educativo, donde el austríaco hace más hincapié, cuestionando una rigidez con devastadoras consecuencias.
Haneke abandona su tendencia turbadora y explícita para ofrecernos algo más bien insólito en su filmografía: la sugerencia. El cambio de registro sorprenderá a sus seguidores, puesto que aquí las atrocidades cometidas no se muestran de una forma tan manifiesta como en algunas de sus anteriores propuestas. El director olvida las mutilaciones de clítoris de La pianista o las violentas secuencias de Funny games y apuesta por un enfoque que encaja a la perfección con la tendencia de aquellos años. Las miserias, mejor de puertas hacia adentro.
Pero el director no sólo traslada el contenido a principios del siglo pasado, sino también la forma, con los aciertos y los peligros que ello puede conllevar. Y es que aunque el blanco y negro y los grandes silencios, por ejemplo, sean la mejor manera de ponernos en contexto, puede resultar un poco complicado para el espectador joven amoldarse a un lenguaje cinematográfico ya caduco. Los rasgos de La cinta blanca que para los críticos más maduros la convierten en obra maestra pueden ser los que más ahuyenten al público más actual. Pero ya se sabe. ¿Quién dijo que Haneke fuera comercial?

jueves, 14 de enero de 2010

'Revolutionary road' y 'Milk', los mejores filmes de 2009

Segunda encuesta en La pantalla, esta vez sobre la mejor película de 2009. En mi quiniela particular figuraba en primer puesto Revolutionary Road, el gran drama de Sam Mendes, y en último lugar Mi nombre es Harvey Milk, de Gus van Sant. Pues bien, ambas empatan, en vuestra opinión, como mejor filme del año pasado. Sin duda, es complicado realizar este tipo de selecciones sin dejarse en el tintero grandes obras, bien por olvido o simplemente porque no se han visto. En todo caso, ambas películas merecen el puesto de honor, una por radiografiar a la perfección la hipócrita sociedad occidental y la otra por acercar el activismo gay al público actual.
El segundo puesto es para la gran premiada del año, Slumdog Millionaire, coronada merecidamente con el Oscar, y para la última maravilla de Pixar, una Up a la que ya le podemos suponer la estatuilla de mejor película de animación. En tercer lugar, con sólo un voto cada una, cuatro grandes filmes: El primer día del resto de tu vida (exquisita y bastante desconocida obra maestra del cine francés), Déjame entrar (otra delicatessen que aúna el género de vampiros con la sórdida atmósfera sueca), El lector (la tercera joya consecutiva de Stephen Daldry) y Celda 211 (la que todos esperamos que sea la gran triunfadora en la gala de los Goya).
Sorprende que hayan quedado fuera de la lista sin ningún apoyo Frost contra Nixon, cine político de altura en forma de secuela del caso Watergate, y Strar Trek, cambio de rumbo radical de la saga a manos del mago J.J. Abrams. Su visionado es obligado porque, de hecho, tienen algo en común: te atrapan y no te sueltan. Veremos qué nos depara 2010.

domingo, 10 de enero de 2010

Goya 2010: Rompiendo lazos con Almodóvar y estrechando la mano de Vasile

Ya sabemos que esta nuestra Academia cada año es más imprevisible, y si hace un tiempo sus miembros decidieron hacerle la pelota al divino Almodóvar para que volviera a acogerlos entre sus brazos, ahora se han propuesto poner de nuevo su paciencia a prueba. Desde luego que Los abrazos rotos no superó ni de lejos las grandes expectativas que la precedieron, pero de ahí a que El baile de la victoria, película sin pena ni gloria de Fernando Trueba, la desbanque como candidata al Goya resulta, como mínimo, escandaloso.
Aunque está claro que la cinta protagonizada por Pe, ella sí nominada como mejor actriz, no tenía ninguna posibilidad frente a los dos pesos pesados de este año, Los abrazos rotos merecía, al menos, un puesto en la final. El duelo, eso sí, se encuentra esta edición entre un habitual de los Goya, Alejandro Amenábar, y un catapultado Daniel Monzón, ambos pertenecientes al imperio de Vasile, aunque en distintos estamentos. Por ese motivo, porque los presupuestos y las campañas no fueron las mismas, y porque sus resultados son más destacables, Celda 211 merece ser la clara triunfadora de la noche. Se trata, sin duda, de una de las mejores películas que ha parido el cine español en los últimos años.
Sin entrar en las contradicciones de estas nominaciones, como el insólito hecho de que la hispano-argentina El secreto de sus ojos opte a mejor película y mejor película extranjera (¿Ganará las dos? ¿Una? ¿Ninguna?), lo cierto es que en la 24ª gala de los Goya podemos dar por seguras algunas cosas. Ágora se llevará un porrón de premios en materia técnica (más les vale tras el derroche económico) y Luis Tosar se alzará con el de mejor actor por su increíble papel en Celda 211 (Antonio Mercero y su Goya de honor se dan por hechos).
Lo más probable, también, es que la única estatuilla que acaricien esos abrazos rotos sea la de mejor banda sonora, por la que Alberto Iglesias ya recibió el premio del Cine Europeo. Más allá de las sorprendentes ausencias de Carmen Machi destacando en el casting de Almodóvar y de Luis Zahera compitiendo con el mismísimo Tosar, el morbo de la gala se encuentra de nuevo en la categoría de actriz principal. ¿Desfilará Rachel Weisz por la alfombra verde? Y lo más importante, ¿desbancará a la adorada Pe y a la favorita Lola Dueñas? El próximo domingo 14 de febrero lo sabremos de la mano de un Buenafuente al que observaremos con lupa.

viernes, 8 de enero de 2010

¿Dónde está la demagogia?

Sobre Michael Moore pesa últimamente una gran campaña de desprestigio. Se dice que posee una casa de millón de dólares en pleno Manhattan, fruto de las cuantiosas ganancias que le han reportado sus documentales en contra de las desigualdades sociales. Se comentó en el pasado Festival de Venecia, cuando fue a presentar Capitalismo: una historia de amor, que las distribuidoras exigían 2.000 euros a los medios de comunicación para poder entrevistarle. Al realizador de Flint se le juzga con la misma facilidad con la que se mitifica a otros directores de intocable renombre. Y cabría preguntarse por qué, hasta llegar rápidamente a una conclusión: Michael Moore es un personaje incómodo.
Críticas sobre sus contradicciones ideológicas aparte, lo cierto es que sus detractores, que cada vez son más, apuntan más el objetivo hacia el peculiar método utilizado por el director para ilustrar sus documentales. Las acusaciones de demagogia han aumentado con cada nuevo proyecto de Moore. Algunos críticos accionan directamente el piloto automático en cuanto atisban uno de sus nuevos documentales, olvidándose de las ovaciones que en su día le brindaron.
El caso es que sólo hay que contemplar el inicio de su nueva propuesta contra el capitalismo, en la que compara la época romana con la actual, para comprobar que algunas de sus afirmaciones están cogidas con calzador. Sin embargo, estas minucias no pueden empañar la imprescindible labor de este personaje tan revelador como necesario.
Moore es una excepción en el panorama cinematográfico. El único que cuenta con la confianza de un gran estudio para denunciar a políticos, instituciones y otras corporaciones gigantes que, como General Motors, Citibank o Wal Mart, aprovechan los resquicios abiertos por la política para instaurar un capitalismo salvaje, desprovisto de cualquier atisbo de humanidad.
Lo único que podría reprochársele a Moore es su abuso de testimonios lacrimógenos o su tendencia a montar el espectáculo. Sin embargo, hay que entender que es la única manera de hacer digerible para todos los públicos un tema tan poco comercial como la economía basada en el capitalismo. El resto de material es una lúcida recopilación de datos en la que no hay cabida para la invención, puesto que cada uno de ellos viene perfectamente documentado con declaraciones, cifras y nombres. Ni trampa ni cartón.
El pueblo estadounidense con el índice más elevado de menores internos tenía subcontratado su centro de detención juvenil a una empresa privada que, en su búsqueda de beneficios, no dudó en sobornar a un juez para que aumentara su cartera de ‘clientes’. El piloto que salvó la vida de decenas de pasajeros tras un aterrizaje de emergencia en el río Hudson de Nueva York denunciaba meses más tarde sin apenas repercusión mediática la precariedad laboral en el sector de la aviación, con sueldos por debajo de los 17.000 dólares anuales. Empresas mastodónticas, como la cadena de supermercados Wal Mart, contratan seguros de vida a nombre y a espaldas de sus empleados para enriquecerse a su costa en caso de fallecimiento. El 1% de los ciudadanos de los Estados Unidos acumula más riqueza que otro 95% de la población.
¿Dónde está entonces la demagogia? Desde luego no en Michael Moore, encargado de sacar a la luz, con mayor o menor acierto, las perversidades del venerado sistema capitalista. Por supuesto, el director nos ofrece una lección sobre demagogia pero no llevándola a cabo en primera persona sino denunciando la degeneración de la democracia a la que ha conducido el libre mercado. Demagogia practicó Bush fomentando el miedo a la crisis en un discurso ante los ciudadanos y demagogia denotaron republicanos y demócratas en el congreso cuando concedieron bajo ese pretexto 700.000 millones de dólares de las arcas públicas a la banca privada. Desde luego, prefiero ver llenos los bolsillos de alguien capaz de abrirnos los ojos que los de multimillonarios directores empeñados en colocarnos una venda en forma de gafas tridimensionales. Para algunos esto será demagogia, puede que de las más baratas, pero conviene distinguir entre aquellas que pretenden ser instructivas y las que simplemente destruyen.

domingo, 3 de enero de 2010

Lost, la mejor serie de la década

Hace unas semanas inauguraba las encuestas del renovado blog con una sencilla pregunta. ¿Cuál es la mejor serie de la última década? El planteamiento surgía a propósito de una lista elaborada por The Hollywood Reporter en la que Los soprano se alzaba con el primer puesto. De entre las diez seleccionadas por esta revista, vosotros habéis elegido vuestra favorita y, coincidiendo con mi ranking particular, Lost ha sido la vencedora.
Un total de 18 votos no es que sea una muestra muy significativa y, por lo tanto, el resultado es de todo menos científico. Aún así es de resaltar que Los soprano, la gran favorita de tantos críticos, no obtuviera ni un solo voto. El ala oeste de la Casa Blanca obtiene un merecidísimo segundo puesto, siguiéndole de cerca la gran Daños y perjuicios. La gran incógnita de la encuesta no es otra que la de identificar las tres series que no aparecieron en la lista de opciones y que, a juicio de algunos usuarios, merecían el puesto de honor.