martes, 11 de noviembre de 2008

Del papel a la pantalla: 'El lector', por Stephen Daldry

Promete ser una de las películas del año y precisamente por ello su fecha de estreno se ha convertido en un campo de batalla entre sus productores. El lector podría ser una de las claras candidatas a la próxima edición de los Oscars, motivo suficiente para que Harvey Weinstein (ese temido productor experto en destrozar filmes como Gangs of New York) insistiera en estrenarla antes de finalizar el año.
Scott Rudin, que justo se llevó la estatuilla el año pasado por No es país para viejos, prefería esperar al 2009 para, entre otros motivos, evitar enfrentarse a Doubt (con Meryl Streep en el papel de una monja que acusa a un párroco de abusos sexuales a un menor negro) y Revolutionary Road (el esperado reencuentro entre Leonardo diCaprio y Kate Winslet, también protagonista de El lector). Finalmente, Rudin ha abandonado la producción y Weinstein se ha salido una vez más con la suya: la cinta se estrenará en Estados Unidos el 12 de diciembre, justo para meterse de lleno en la carrera de unos Oscars que, este año sí, prometen.
Las prisas en la post-producción pueden jugar en contra de un proyecto que contiene, hasta ahora, todas las bazas para triunfar en los premios de la Academia de Hollywood. Por un lado, la pareja protagonista: Ralph Fiennes y Kate Winslet, nominada en cinco ocasiones pero injustamente ignorada en todas ellas. Este año, con dos posibles candidaturas, puede convertirse en la gran protagonista de la noche. Por otro lado, el director, cuyos dos primeros largometrajes no podían dejar el listón más alto. Stephen Daldry ha realizado dos de mis películas favoritas, Billy Elliot y Las horas. Por último, una música a cargo de nuestro ya consolidado Alberto Iglesias.
Otro de los motivos que harán que los académicos se pirren por El lector es la lograda transformación de la protagonista (todos sabemos, y Daldry especialmente, por qué Nicole Kidman se llevó el gato al agua con Las horas). Winslet se somete a esas interminables horas de maquillaje para encarnar a su personaje en edad avanzada, aunque de bien seguro no será el único motivo por el que merezca ser recompensada. Su personaje es ambiguo, de una fuerza y frialdad inhumanas y plagado de momentos que una actriz de su calibre sabrá aprovechar.
Por suerte, Kidman rechazó el papel. Su cada vez más inexpresivo rostro y su delicadeza y fragilidad extremas no casaban con el personaje al que finalmente ha dado vida Kate Winslet. Hanna Schmitz, supervisora de billetes en los tranvías de Heidelberg, es una mujer fuerte, muy orgullosa y con pasado oscuro que un buen día comienza una tórrida relación con un joven quinceañero al que asistió en su casa tras vomitar en la calle. El erotismo de alto voltaje y los cambios de humor de la mujer madura son los protagonistas de la primera parte del libro, que finaliza en el momento en que Hanna desaparece de su vida en un instante.
Unos cuantos años más tarde, el joven Michael Berg culmina sus estudios de derecho asistiendo a uno de los múltiples juicios que se celebraron en Alemania por crímenes de guerra relacionados con el Tercer Reich. En el banquillo, unas guardianas del campo de concentración de Cracow acusadas de dejar morir quemadas en una iglesia a decenas de judías a su cargo, y entre ellas, Hanna Schmitz. El relato cambia radicalmente de tercio para profundizar en esa difusa frontera entre el bien y el mal.
La novela original es quizá la gran baza de El lector. Escrita por el juez alemán Bernhard Schlink, proporciona un material intachable a David Hare, el guionista que ya hizo milagros con la adaptación de Las horas, de Michael Cunningham. Sin esperarlo, nos encontramos de nuevo ante una película sobre la II Guerra Mundial pero desde una perspectiva casi desconocida, en la que se mezcla el dilema moral ante uno de los episodios más terroríficos que ha dado la humanidad y el más puro romance. Una historia de amor atípica fragmentada en tres etapas distintas en la que también interviene la historia en mayúsculas y que culmina en un final conmovedor.
Ahora lo único que queda por saber es quien ganará en esta lucha por la estatuilla dorada, si Kate Winslet en su reencuentro con DiCaprio en una película dirigida por su marido o Kate Winslet en un papel de tantos matices y transformaciones como el de Hanna Schmitz. La noche del 22 de febrero de 2009 promete.

martes, 4 de noviembre de 2008

Sólo quiero que termine

Agustín Díaz Yanes ha decidido echar mano de su personaje más emblemático, la Gloria Duque de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, para vendernos un nuevo concepto de película que el director ha prohibido denominar como secuela. Y no es para menos. Aquello de segundas partes nunca fueron buenas se queda corto con Sólo quiero caminar.
El director español se ha dejado llevar por la máxima de más es mejor. Más buenas actrices en el elenco, sin embargo, no significa mayor calidad cuando no consigue extraerse ningún tipo de jugo de sus interpretaciones. Más acción no implica siempre una mayor atención del espectador cuando la trama queda totalmente eclipsada por una sucesión de escenas de violencia gratuita. Más imágenes por segundo puede comportar más ritmo, sí, pero también un peligroso acercamiento al lenguaje del videoclip.
La primera escena de Sólo quiero caminar es perfecta para describir las dos horas siguientes de largometraje. Un montaje acelerado en el que se superponen varias acciones a la vez con el sonido de una clase de flamenco de fondo puede resultar curioso una primera vez. Pero cuando el montaje se alarga varios minutos y cuando la fórmula se explota en demasiadas ocasiones, como ocurre en este filme, el espectador termina sumido en un estado de auténtico sopor.
Es evidente que Díaz Yanes ha querido emular con esta Kill Bill a la española el estilo cinematográfico de Tarantino. Imágenes de vértigo, estética de videoclip, importancia de la banda sonora, diálogos casi surrealistas y, sobre todo, una violencia que no entiende de corrección política son algunas de las peculiaridades que mejor definen al director y que Yanes ha perseguido con esta cinta. Sin embargo, lo que en Tarantino funciona como reloj suizo y roza la excelencia por su poder de atracción, en el realizador español bordea el ridículo.
Victoria Abril, por ejemplo, resultaba mucho más convincente taladrando sin miramientos el suelo de un piso para robar en una peletería que intentando perforar una caja fuerte al estilo Ocean’s eleven. Las balas que va soltando a la ligera Diego Luna parecen menos serias que las que disparan John Travolta o Samuel L. Jackson en Pulp fiction. Por no hablar del salto mortal que protagoniza de nuevo Gloria Duque contra un cristal hacia al final del metraje. Hay que asumir que los yanquis son expertos en plasmar la violencia en pantalla y que en nuestra cultura audiovisual no resultan nada creíbles las burdas imitaciones.
Tampoco el tratamiento de la mujer sale bien parado si seguimos comparando con Tarantino. Sus películas consiguen retratar a auténticas heroínas de la venganza, aunque el director no tenga reparos en reservarles todo tipo de maltratos. Sin embargo, Díaz Yanes no consigue lo mismo con sus protagonistas. El guión las convierte en sumisas chupapollas con poco que perder y todavía mucho menos que ganar. Sólo hay que ver la escena en el despacho de un juez con Victoria Abril y Pilar López de Ayala para entender la imagen sórdida y degradante que desprenden sus fracasadas heroínas.
Buena culpa de esa imagen superficial la encontramos en la absoluta falta de descripción de las protagonistas, algo que sí reunían en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto la Gloria Duque adicta al alcohol o la resignada suegra que encarnaba de forma brillante Pilar Bardem. En Sólo quiero caminar desconocemos absolutamente todo acerca de los personajes. Qué mueve a una funcionaria como la que encarna López de Ayala a meterse en tales fregados o por qué el malvado que interpreta Diego Luna parece arrepentirse en determinados momentos de lo que hace.
Díaz Yanes falla de nuevo en su intento de lograr una superproducción made in Spain. Ya desperdició una gran ocasión con ese despilfarro de presupuesto llamado Alatriste en el que no faltaba ni uno sólo de los actores que dan nombre a nuestro cine. Esta vez no ha sabido aprovechar las virtudes de su ópera prima, que eran muchas, y se ha dedicado a explotar de forma un tanto presuntuosa las más fallidas. Resultado: dos horas de hipertensas imágenes de violencia a la española que no por veloces se convierten en menos tediosas.