El lunes Antena 3 estrena por fin algo de lo que sentirse orgullosa. Eso sí, en Neox

viernes 30 de mayo de 2008

Cinco muertas en vida

Un cadáver y cinco historias a su alrededor es la propuesta de la actriz y directora Karen Moncrieff para su segunda película, The dead girl. Aunque parecido en formato, no se trata de un ejercicio como el que nos plantea Rodrigo García en su brillante Nueve vidas, donde sus nueve relatos deambulan como entidades independientes y alguna que otra conexión. En esta película, el universo de cada una de las cinco mujeres protagonistas, que dista mucho de la idealidad, va desgranando poquito a poco la intriga sobre el cuerpo sin vida que da nombre al título.
Arden, con la mirada perdida, es la que descubre el cadáver entre unos arbustos. Su hallazgo podría considerarse como lo más estimulante de su aciaga vida, que apenas conoce más allá de la demencia y los insultos de su madre. El cautiverio en el que vive sometida la mantiene alejada de todo contacto social, hasta el punto que le resulta imposible distinguir entre el bien y el mal. Algo parecido le ocurre a Leah, a quien la incertidumbre sobre el paradero de su hermana y la obsesiva esperanza de sus padres por encontrarla le ha impedido durante todos estos años entablar una mínima relación con su entorno.
Gran parte del mérito de esta producción profundamente melancólica y desgarradora se encuentra en el casting. Los personajes de Arden y Leah recaen en dos actrices cuyas miradas reflejan todo un estado de decadencia: Toni Collette y Rose Byrne. La primera es toda una experta en asimilar el lenguaje del cine independiente norteamericano, sus matices y sus silencios, sus rarezas y estados de ánimo, tal y como demostró en La boda de Muriel o más recientemente en Pequeña Miss Sunshine. A la segunda la conocemos mejor como Ellen Parsons, la joven abogada y a la vez víctima de Patty Hewes en Daños y perjuicios (la serie es posterior a esta película de 2006).
Collette y Byrne dan forma a ‘la extraña’ y ‘la hermana’, pero es cuando llegamos a ‘la esposa’, tercer acto de esta adictiva historia, cuando la trama adopta su punto álgido y cuando a su vez nos topamos de frente con el personaje más interesante. Ruth es la propietaria de un negocio de trasteros para almacenaje hasta las narices de que el balancín que debiera ocupar su marido todas las noches ante la tele esté siempre vacío. Ruth es la amargura y la impotencia personificadas, el desconsuelo y la sumisión ante una situación que no puede controlar. El carácter y la verosimilitud que imprime a su personaje Mary Beth Hurt hacen que la más desconocida del elenco de actrices de esta película se convierta directamente en la más recordada (las otras dos protagonistas son la más modesta Marcia Gay Harden y una Brittany Murphy bastante notable).
El sabor que deja The dead girl una vez concluidas las cinco historias es el del trabajo bien hecho. Lejos del peligro de hartazgo que puede suponer un filme compuesto de varios capítulos, la película dosifica a la perfección los momentos de reflexión con los de acción para que el interés del espectador no decaiga bajo ningún concepto. La trama conmueve, sorprende e intriga y lo que es mejor, no desfallece en ninguno de sus episodios. Todos ellos contribuyen a resolver la intriga principal pero más si cabe reflejan el estado de descorazonamiento de cinco mujeres muertas en vida.

lunes 26 de mayo de 2008

El continuará de Dexter

Dexter Morgan por fin ha logrado recuperar el norte en el final de su segunda y mucho más trepidante segunda temporada. Jamás el asesino en serie había estado tan entre las cuerdas como en estos 12 capítulos en los que no han faltado los clímax que tanto añoramos en sus inicios. Una serie que comenzó más bien pausada, con una excesiva presencia de la voz en off del protagonista con ínfulas de filósofo, ha logrado encontrar la agilidad, el ritmo y la emoción que toda ficción sobre psicópatas debe tener. Todo sin renunciar en ningún momento a su peculiar puesta en escena, en la que Miami deja de ser el idílico lugar que aparece en los panfletos de viajes organizados.
El final en París, donde nuestro protagonista acaba por fin con la persona que más le ha roto los esquemas, Lila, es el broche de oro de una temporada para recordar. Más inquietante, en cambio, resulta conocer la existencia de una tercera temporada para este otoño, sobre todo tras ver que el último capítulo era más digno de un punto y final que de un punto y seguido. La imagen de Dexter recibiendo en su apartamento una nueva caja en la que almacenar las muestras de sus víctimas era una conclusión perfecta para la serie. Cómo extenderán la serie sus creadores es ahora la gran incógnita. Y entre la novedad y la repetición se encuentra el dilema.
Es evidente que el acorralamiento a Dexter es la gran baza de la trama, que consigue hacer del espectador todo un cómplice de asesino en serie. Pero también queda claro que los forzados giros argumentales en los que el protagonista se libra de nuevo por los pelos van mermando poco a poco la credibilidad de la serie (ahí queda la acusación al pobre Doakes como el carnicero de la bahía o la excusa de la adicción a las drogas para salvar su relación con Rita).
Ya va siendo hora de saber cuál será la reacción de Debra cuando conozca toda la verdad sobre su hermético hermano. En una escena de los últimos capítulos especulaban con la idea mientras se comían un buen filete y tal como mostraban las imágenes no hay nada más impredecible como su respuesta. Brusca, divertida, con genio, protectora e impulsiva, el personaje de la hermana del asesino se ha consolidado como el más indispensable de Dexter, mucho más que el descafeinado Michael C. Hall que la protagoniza.
Cuando los ‘flashback’ con el padre parecen no dar más de sí, cuando el criminal ha logrado esquivar de mil formas inverosímiles a sus perseguidores, cuando la sucesión de asesinatos anónimos se comprobó agotadora durante la primera temporada, ¿qué más puede aportarnos Dexter que no hayamos visto ya? Si con esta segunda tanda de capítulos lograron catapultar la serie, sólo cabe pensar que sabrán hacer lo mismo con los que quedan por venir.

lunes 12 de mayo de 2008

Es una lata el trabajar

Algunos puntos de esta película la salvarían de la quema si no fuera porque en su conjunto resulta bastante decepcionante. El primero y más importante de ellos es sin duda Juan Diego. Ni Luis Tosar ni Alberto San Juan ni Álex Angulo logran hacerle sombra a un hombre que no necesita ni pestañear para interpretar personajes absolutamente verosímiles y carismáticos. Es el caso de este José Antonio que con cada aparición eleva al filme por encima de la mediocridad. Su encarnación de jefe campechano, aparentemente cercano pero claramente hijo puta resume el mensaje fallido de la película: en las relaciones empresa-empleado raramente se da la equidad.
La empresa promete, juega con las ambiciones de todo joven que aspira a obtener un beneficio a cambio de los años invertidos en inútiles estudios. La empresa, en contraprestación, exige esfuerzo y entrega, araña horas de la esfera privada, promueve la competencia en un supuesto ambiente de compañerismo, con el único fin de lograr un beneficio mayor del que uno pueda obtener jamás a cambio, aunque se trate en el mejor de los casos del ansiado Audi A8 que pilota el mandamás de la compañía. Como bien dice José Antonio, la empresa espera, grabado en la silla, el hueco de tu culo.
Más allá de esta realidad, más o menos extendida, la corrección política trata de disfrazarla lo mejor posible. De ahí inventos como los que refleja esta película, llámense casual day o excursiones para conocerse mejor fuera del ámbito de trabajo. Su objetivo no es otro que humanizar una relación, la laboral, ya de por sí bastante inhumana. Si odias a tu jefe, si no soportas a los trepas de tus compañeros, si te impiden expresarte libremente, te aguantas, porque de otra forma puedes encontrarte de patitas en la calle. Y como todo el mundo entiende esas reglas implícitas, es normal el recelo existente hacia técnicas de comunicación corporativa tan basadas en la hipocresía. Conviene, aún así y por el bien de uno, aguantarlas.
La imagen de Casual day que mejor refleja esa sensación de desamparo frente a las decisiones de un superior es la que nos muestra a un grupo de trabajadores en lo alto de un tractor. En sus caras, y en lo surrealista de la situación, se refleja a la perfección la forzada impotencia que todo empleado sufrirá en algún momento de su vida. La crítica al cinismo laboral se encuentra presente en muchos otros elementos del filme: la citada verborrea de José Antonio, la venganza en forma de osito decorativo, el cabreo de la pobre explotada a la que tras dos años de contrato temporal le anuncian que su puesto ha sido cubierto por el nuevo yerno del jefe.
Max Lemcke cuenta que se inspiró en sus doce años como empleado de Telefónica para crear su opera prima comercial. Muy quemado debió quedar con la empresa cuando nos relaciona el entorno laboral con un ambiente tan frío y áspero. Sin embargo, más allá del mensaje evidente, parece olvidarse del desenlace como parte esencial de toda historia. El devenir de los personajes no conduce a ningún sitio, ni siquiera a un final descorazonador, que es a lo que invitaban los acontecimientos.
No hubiera estado mal concluir la trama en la oficina, para comprobar los devastadores efectos del casual day en sus protagonistas. O hurgar más en las miserias del ser humano ambicioso. O simplemente poner un pinto y final, o bien un punto y seguido. Cualquiera de las fórmulas seguidas por largometrajes de los que tanto bebe esta cinta, como El método o Smocking room. Porque de otra forma, el filme puede quedar, y de hecho queda, en un cúmulo de buenas intenciones.

domingo 4 de mayo de 2008

Sexo. Vida

La serie más sexualmente explícita de la televisión. Así nos vendían Dime que me quieres desde el canal TNT y así es verdaderamente como mejor puede venderse el producto. Desde luego, no engañan a nadie. Las escenas de cama estimulan más de un órgano por su extremado realismo, hasta el punto que como no podía ser de otra forma, en Estados Unidos ya se han apresurado en calificarla de pornográfica. Pero si bien en este respetable género, las mamadas, folladas y corridas son el fin, en la arriesgada serie de la HBO, felaciones y eyaculaciones son el medio para reflexionar sobre la pareja y sus relaciones sexuales.
No hay duda de que el sexo es un gran reclamo para despertar el morbo del espectador. Gran cantidad de series se autocalifican de transgresoras en cuanto incluyen escenas subiditas de tono en su argumento. Es el caso, por ejemplo, de Californication, centrada casi en exclusiva en la ajetreada vida sexual de David Duchovny. O de Queer as folk, que sabedora del público al que se dirige, no escatima en polvos de usar y tirar para despertar su libido. En Dime que me quieres el tratamiento es bien distinto. No se trata tanto de transgredir sino de naturalizar un aspecto cotidiano de nuestras vidas que todavía hoy sigue formando parte de un gran tabú.
¿Qué hay de malo en mostrar un pene erecto, o una mujer masturbando a su marido o su propia eyaculación? ¿Es que nadie sabe de lo que estamos hablando? Desde el momento en que una producción audiovisual pretende emular la vida cotidiana del espectador, parece increíble que siempre termine obviando uno de sus componentes más esenciales. Como bien reza el eslogan de la serie (“Sex. Life”), sexo y vida van bien cogidos de la mano y resulta del todo inútil ignorarlo.
La gran apuesta de esta serie no es otra que mostrar sin calculados planos lo que el resto de producciones no pornográficas se esfuerza en ocultar. Y el gran logro es, sin duda, un elenco de actores valientes y osados que han aceptado el reto de mostrar el sexo en pantalla hasta sus últimas consecuencias. No debe ser nada fácil, sin ser Nacho Vidal o Rocco Sifredi, dejar que tu compañera de reparto te masturbe ante las cámaras. Si a eso añadimos la naturalidad que transfieren a sus personajes, sólo cabe quitarse el sombrero ante semejantes intérpretes.
Pero el sexo, como decíamos, es tan sólo el hilo conductor de una seria reflexión sobre el complicado mundo de la pareja. A través de tres relaciones distintas, Dime que me quieres refleja algunos de los conflictos que suelen surgir en cuanto dos seres distintos deciden seguir el mismo camino. El miedo y la incertidumbre de los que empiezan, el cansancio de los que perduran, la ausencia de apetito sexual, el sexo como vehículo hacia el ansiado embarazo. Son algunas de las flaquezas del amor eterno que conducen a los protagonistas a la consulta de la doctora Foster. Y es en esa terapia donde se vierten sus intimidades más profundas, que el espectador observa e identifica según su propia experiencia.
Sorprende que una producción tan honesta y abierta como esta provenga de un país que tan fácilmente relacionamos con el conservadurismo y la censura. Si nos miramos el ombligo, resulta impensable imaginar que una productora española financie algún día para la televisión, aunque sea de pago, una serie tan elegante e inteligente como Dime que me quieres. Aunque hay que recriminarle que el tratamiento no sea el mismo para la pareja más veterana (sexo y tercera edad es otro tabú si cabe más grande), los estudios norteamericanos pueden estar bien orgullosos de haber creado una nueva obra maestra para la televisión. Aquí, mientras tanto, nos conformaremos con Cuestión de sexo.