La segunda temporada de 'True Blood', el domingo en Canal+

martes 27 de noviembre de 2007

Del papel a la pantalla: 'Desde mi cielo', por Peter Jackson

Iniciamos nueva sección en La Pantalla que, como su nombre indica, trata de avanzar las tramas de futuras películas o series de televisión a partir de los libros en los que se han basado. Últimamente me ha dado por este tipo de lectura, absolutamente recomendable por muchas razones. La experiencia de ver en el cine o en la televisión las imágenes mentales que te vas creando mientras lees resulta muy interesante, pues en muchas ocasiones el director coincide con tu imaginación y en muchas otras su plasmación resulta totalmente contraria a lo que esperabas.
Se me ocurren dos ejemplos. Mystic River, de Clint Eastwood, recrea a la perfección la atmósfera del libro de Dennis Lehane. Sean Penn, Tim Robbins y Kevin Bacon encajan a la perfección con los personajes que nuestro cerebro va dibujando. Y, en este caso, lo más importante, la adaptación es fidedigna. Pero ser fiel al libro no siempre es positivo. Algo que se resuelve muy bien con una de las grandes películas del cine contemporáneo, Hannibal. En este caso, David Mamet le escribe a Ridley Scott un final mucho más acorde con el personaje de Lecter que el que proporciona el libro de Thomas Harris, el creador del monstruo y al que el éxito de la saga parece haberle afectado en su creatividad literaria.
Empezamos Del papel a la pantalla con el esperadísimo retorno de uno de los directores más lucrativos del cine, Peter Jackson. Tras un King Kong un tanto decepcionante y la sublime e insuperable trilogía de El señor de los anillos, el realizador neozelandés ha puesto el ojo en una novela que nada tiene que ver con la grandiosidad de sus dos anteriores proyectos. The lovely bones, traducida vilmente en nuestro país como Desde mi cielo, es la primera obra, convertida directamente en best-seller, de Alice Sebold.
El argumento, desde luego, es llamativo. Susie Salmon, una adolescente de 14 años es brutalmente violada y asesinada por su vecino mientras volvía del colegio. A partir de ese momento, la joven asciende al cielo, desde donde comprobará el sufrimiento de su familia y los movimientos de su asesino. El libro comienza fuerte y prometedor. Los primeros capítulos los dedica la autora a narrar de forma minuciosa los sucesos que llevarán a Susie a la muerte y los diferentes avances en la investigación.
Sin embargo, el desarrollo, extremadamente alargado, es mucho más pesado de digerir. La trama principal, el descubrimiento del asesino, pasa inmediatamente a segundo plano para centrarse en los amoríos de los diferentes familiares de la muerta. Las reflexiones que hace la joven desde arriba sobre su evolución no dejan de ser interesantes, pero la trama pierde totalmente la credibilidad en cuanto intenta ponerse en contacto con ellos.
Desde mi cielo no es un libro fácil de adaptar al cine. Ni mucho menos. Plagado de pensamientos en primera persona de la fallecida, Jackson tendrá que aplicar la tijera si no quiere convertir su próxima película en un tostón inaguantable. Lo mismo ocurre con la puesta en escena. Habrá que ver cómo se las apaña el neozelandés para crear la atmósfera celestial en la que se desenvuelve el personaje principal. Tampoco será fácil escapar del tufo religioso que desprende el libro y que es evidente desde ese ascenso a los cielos de la protagonista.
Sin embargo, estoy seguro que Jackson explotará mucho más la historia real del asesino y de los familiares que la de la joven muerta desde su cielo, que es en lo que más se centra la obra de Sebold. Hay varios momentos que, bien adaptados, podrán hacer de la película un thriller interesante. También ayudará, sin duda, un elenco de actores impresionante: Susan Sarandon en el papel de arrogante abuela, Rachel Weisz en el de la desconocida madre de la protagonista, Mark Wahlberg encarnando al sufrido padre y Stanley Tucci en la piel del brutal asesino. Aún así, el esfuerzo de Jackson para adaptar un libro bastante inadaptable debe haber sido bastante notorio. Esperemos que así sea.

viernes 23 de noviembre de 2007

[¡Stop!]

Es cierto que la gran experiencia de esta inusual película en nuestro cine es poder disfrutarla en una sala repleta de gente. El terror se degusta mucho mejor cuando viene acompañado de risas nerviosas y gritos de pura histeria colectiva que por muy numerosa que sea nuestra familia no podremos encontrar en el salón de nuestra casa. Sin embargo, en el calor del hogar disponemos de un arma infalible, llamada mando a distancia, con una peculiar tecla denominada Stop que nos permite simple y llanamente parar en seco lo que estamos viendo, algo imposible en una platea de cine.
¿Por qué apretar el susodicho botón con REC? Pues porque hay momentos en que la angustia es tal que las escenas de respiro de la película no son suficientes para recuperar el aliento. Si con algo se podría definir el estado anímico de sus protagonistas, un grupo de vecinos encerrados en un edificio infectado por un virus, es con la palabra histeria. La experiencia que viven encerrados en un bloque convertido en ratonera de muertos vivientes es tan aterradora que no es de extrañar las diferentes reacciones de los personajes.
Los chillidos, balbuceos, gemidos y respiraciones costosas resultan tan agobiantes en algunos momentos que de nuevo uno tiene la necesidad de apretar el Stop para reincorporarse en el asiento. De la misma forma que para descansar la vista y adecuarla a una realidad más estable, pues hay momentos en que el espectador queda aturdido ante tanto movimiento de cámara en mano.
Sin embargo, la efectividad de todos estos elementos tan incómodos, y la imposibilidad de apretar la tecla del mando, es la gran baza del filme. Jaume Balagueró y Paco Plaza construyen un filme de terror hiperrealista a base de interpretaciones sorprendentemente naturales y de un formato, el de los programas de realidad, del que tanto jugo han sabido exprimir.
Porque más allá del pavor que provocan sus imágenes, REC aprovecha también para hincar el diente en la programación televisiva, poblada últimamente de espacios que bajo el disfraz de la actualidad informativa esconden el puro entretenimiento morboso. Manuela Velasco, conocida por dar voz e imagen a Los 40 Principales, encarna a la perfección a la periodista hipócrita y sonriente ante las cámaras pero en el fondo inhumanamente ávida de carnaza.
Es el vivo reflejo de la aparente simpatía que invade a la mayoría de reporteros que aparecen en programas como Está pasando o España directo. Esa aparente espontaneidad que termina convirtiendo al periodista en principal protagonista de la noticia y que lo aleja por completo de la información objetiva. REC da una peculiar lección a aquellos profesionales de los medios de comunicación convertidos en aves de carroña y aprovecha también para dar algunas cuantas pinceladas sobre otras miserias del ser humano.
Personajes como el del policía superado por los acontecimientos son tan creíbles gracias a un reparto de actores desconocidos y quizá por ello mucho más eficaces. Su actuación es precisamente una de las dos grandes aportaciones de este filme llamado a ser la película de terror española por excelencia (con permiso de Amenábar y Bayona, cuyo indiscutible dominio se encuentra más en el terreno del miedo psicológico).
La otra gran aportación la encontramos en una puesta en escena y un montaje absolutamente eficaz. Los directores han sabido apostar por un lenguaje cinematográfico que, aunque no es novedoso (El proyecto de la bruja de Blair), sí se ha redefinido para lograr imágenes como la del rebobinado o la que nos proporciona un primer plano escalofriante de un cadáver viviente. La cámara del reportero, tan histérica como las escenas que va registrando, es la esencia y la novedad de una película que desde luego lo último que busca es dejar indiferente al personal.

viernes 16 de noviembre de 2007

Un Redford comprometido pero no dogmático

“En ningún lugar he visto a tales leones conducidos por tales corderos". Al parecer, un general alemán pronunció estas palabras durante la I Guerra Mundial para referirse a un ejército estadounidense maniobrado por incompetentes políticos británicos. La cita le ha servido a Robert Redford para condensar en un título la esencia de su último filme como director, un alegato en defensa del compromiso social y, sobre todo, una dura crítica al poder en todas sus manifestaciones.
Tres escenas prácticamente estáticas, basadas en la palabra, son suficientes para que el veterano realizador manifieste sin ningún tipo de metáfora sus convicciones ideológicas. Plasmar sin florituras diálogos tan cercanos al discurso político hace que las acusaciones de propaganda se encuentren a la vuelta de la esquina, pero eso a Redford no parece preocuparle. El aparato mediático del rival a combatir es mucho más poderoso.
La guerra de Afganistán y la de Irak, conflictos que inundarán nuestras pantallas en los próximos meses, son el punto de partida para denunciar los vicios de tres de los poderes más importantes de una sociedad occidental: la política, los medios de comunicación y la ciudadanía. Los tres forman parte de un sistema corrompido que hace posible barbaridades como las de estos dos puntos calientes del planeta.
Es evidente que quien ostenta el máximo poder, los gobernantes de un país, ostenta también la máxima responsabilidad en la toma de decisiones. El personaje de Tom Cruise, el senador republicano Irving, es la viva representación del político que cree en su haber el poder de la verdad. Pero la prepotencia es bien conocida en la derecha y Redford no nos vendería nada nuevo sino fuera porque en el diálogo que mantiene el político con la periodista Janine Roth (Meryl Streep) se dicen verdades como templos.
Duro golpe el que asesta el director a los medios de comunicación. Los acusa, mediante Cruise, de actuar como veletas a partir de una reflexión que es la más novedosa e interesante de las que seguramente puedan plantear todas estas películas sobre la política de Estados Unidos que quedan por venir. Redford sitúa la diana no sólo en el máximo poder, sino también en su principal altavoz. Porque tanta culpa tienen los que manipulan desde arriba como los que se dejan manipular desde una posición tan comprometida como es la de informar a la sociedad.
Tras años de profesión, el personaje de Meryl Streep descubre su parte de responsabilidad. Al inicio de la entrevista con el senador su actitud hacia el gobernante es arrogante y sumamente crítica. Corren malos tiempos para los beligerantes. Sin embargo su posición cambia radicalmente de rumbo hacia el arrepentimiento cuando el político le abre los ojos y le muestra la cruda realidad: los medios fueron partícipes de esta guerra al mostrar más imágenes de banderas con estrellas y de soldados sonrientes que de cuerpos y ataúdes.
Por último, el director no deja títere con cabeza y señala también a los ciudadanos como seres pasivos y poco comprometidos. El personaje que encarna Redford como profesor de ciencias políticas parece querer que sus alumnos acudan en masa al ejército. Sin embargo, lo único que le reclama al joven con el que mantiene un intenso debate es que se moje. Prefiere antes al que se alista para la guerra que al que se excusa tras la bandera del antibelicismo para simplemente no hacer nada.
Leones por corderos eleva el interés gracias a los profundos diálogos de sus protagonistas y paradójicamente pierde fuelle en las escenas de acción, escenas de guerra que pretenden dar ritmo a la película y que sin embargo no hacen más que interrumpirla. Sobra decir que el soberbio tándem Redford-Streep, con ejemplares interpretaciones, se mantiene más vivo que nunca aunque Cruise va pisando firme los talones. Una película comprometida pero no dogmática: finalmente el espectador se queda sin saber la decisión que toman sus personajes.

martes 6 de noviembre de 2007

Welcome Ben, welcome

Quede por delante que cualquier parecido de Adiós pequeña adiós con el caso Madeleine es tan vago como la cobertura informativa que se le está dando a la desaparición de esta pobre niña. Solo una mente unineuronal sería capaz de retrasar el estreno en el Reino Unido del debut de Ben Affleck en la dirección por un supuesto parecido entre la pequeña que da nombre al título y la descendiente de los McCann. Es solo un ejemplo más de las temibles hazañas de ese monstruo llamado opinión pública.
Ajeno a todo el embrollo que paradójicamente tanto beneficiaría a su ópera prima, Ben Affleck decidió aparcar por un instante su discreta carrera como actor para probar suerte en lo que el ha llamado su “extensión lógica”. Tras firmar el guión de El indomable Will Hunting junto a su amigo Matt Damon, su única aportación como guionista, al actor californiano le pareció que la evolución más natural consistía en ejercer de director. Demasiado apresurado podría parecer. Sin embargo, viendo el resultado tanto de uno (ambos colegas se llevaron el Oscar al mejor guión en 1998) como de este otro pinito tras las cámaras, solo queda recomendarle a Ben Affleck que le ceda el testimonio como intérprete a su hermano Casey y se dedique a estos otros menesteres.
La atmósfera de la película recuerda en muchos momentos a Mystic River. No en vano, ambos filmes beben de Dennis Lehane, talentoso novelista que verá como otro de sus textos más logrados, Shutter Island, será llevado a la gran pantalla por Martin Scorsese. Sin superar la obra de Clint Eastwood, otro intérprete convertido a director, la cinta de Affleck consigue plasmar ese ambiente de sordidez que emana de las tramas de Lehane sin sobrepasar la frontera del morbo. Ambas películas tratan temas macabros, muy susceptibles de convertirse en tv movie de sobremesa, y en cambio logran erigirse en serias reflexiones sobre la justicia por la mano.
Si bien es cierto que Mystic River se sustenta sobre unos cimientos argumentales más sólidos, el hecho de que la resolución de Adiós pequeña adiós resulte más rocambolesca no le resta méritos a un filme tenso en el desarrollo y brillante en la ejecución. La película no parece, ni de lejos, obra de un novato. Determinadas escenas son de las que quedan impregnadas en la retina, como la que vive el protagonista en casa de una pareja de pederastas cocainómanos, rodada en forma de tensos flashes, o la que tiene lugar en un bar hacia el final del metraje cuando aparece en escena un supuesto atracador cubierto por una máscara.
Adiós pequeña adiós también guarda otras sorpresas, como un falso final en mitad de la cinta que nada tiene que ver con el auténtico desenlace. Los acontecimientos se van sucediendo en cadena hasta desembocar en un interesante dilema moral que sitúa al protagonista entre la espada y la pared. La narración está construida de tal forma que uno se olvida de la estupidez del planteamiento, de por qué determinados personajes actúan como actúan, desde los policías hasta la mujer que lo abandona tantas veces por razones tan ajenas a ella. Tiene mérito que el resultado final resulte de lo más satisfactorio cuando se sustenta sobre una trama que, explicada en frío, podría resultar ridícula.
Y buena parte de la culpa, del mérito, de que nos creamos el argumento sin rechistar la tienen unos actores que desprenden credibilidad sin apenas titubear. Que Morgan Freeman y Ed Harris resalten no es ninguna sorpresa, pero que un casi desconocido Casey Affleck lleve el peso de toda la película con una naturalidad pasmante lo convierten desde ahora y gracias también a El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford en carne de galardón. Lo dicho: que Ben le ceda el puesto de actor que tan inmerecidamente ha ocupado a su hermano y se concentre en buscar otra historia que contar, porque con esta no lo ha hecho nada mal.