miércoles, 31 de octubre de 2007

Cassandra's nightmare

Muchos llevan tiempo aconsejándole que deje aparcada su manía de realizar una película por año. Lo hicieron con Un final made in Hollywood, posteriormente con su acercamiento a la comedia adolescente en Todo lo demás y se lo han vuelto a sugerir con esta última parada en Londres antes de recalar en nuestro país. Es probable que las tres marquen un descenso cualitativo en la carrera de Woody Allen, pero resulta injusto recriminarle esta práctica saludable sólo cuando sus obras no están a la altura. Es más fácil aceptar que con un ritmo de producción semejante el espectador asiduo al director esté condenado a vivir sus películas como en una montaña rusa, con momentos sublimes, por ejemplo en forma de anillo en Match point, y con descensos de ingenio como el que desprende Cassandra’s dream.
El último filme de Allen carece de todo lo que hace peculiar a Allen. Dicen que el director ha querido ponerse serio y para ello ha prescindido de los diálogos inteligentes, de los golpes de efecto, de la neurosis y, sobre todo, del desenlace ingenioso. El resultado final no es otro que el de una historia aséptica sin ningún tipo de guiño al seguidor que cada año acude a su cita con el cineasta.
Estamos de acuerdo en que no todos sus filmes deberían versar sobre maníacos adictos al psicoanalista o extravagantes situaciones de enredo en torno a un asesinato pero una historia como la que cuenta Cassandra’s dream sin ese algo más que suele proporcionar el hombre de las gafas de pasta aporta algo menos que nada.
Allen ha querido suplir la carencia de sus toques personales con personajes secundarios realmente logrados. Colin Farrell y Ewan McGregor, al que echábamos en falta, logran encarnar perfectamente sus papeles de protagonista, el primero como oveja negra de la familia adicta al juego, el segundo como hermano protector, ambos en un sinvivir de quiero y no puedo. Pero son el resto de secundarios los que dotan al filme de un cariz más particular, como la madre absolutamente cegada por su hermano y el padre absolutamente celoso del cuñado.
Hermano y cuñado a la vez a cargo de un Tom Wilkinson que se erige en el intérprete más logrado de Cassandra’s dream. Es cuando aparece, excesivamente avanzado el metraje, que la película va adquiriendo mayor interés. Desde el momento en que encarga a sus sobrinos que maten a uno de sus socios es cuando el dilema moral de sus protagonistas consigue atrapar de alguna manera al espectador. Sin embargo, la historia avanza demasiado lenta y previsible, mientras uno espera en su butaca que la batuta del director la conduzca hacia algo inesperado.
No ocurre así y por orden y gracia de los títulos de crédito finales Cassandra’s dream se convierte de inmediato en un título para olvidar. Allen no ha logrado sorprender ni, sobre todo, implicar con una película que, no por seria, sino por sosa, podría haber alcanzado la notabilidad con solo unas cuantas pinceladas más del carismático director. Falta por ver qué nos deparará con Vicky Cristina Barcelona, título tan poco atractivo como, al parecer, el cúmulo de tópicos que sobre nuestro país plagarán el nuevo proyecto anual del director.

lunes, 22 de octubre de 2007

13 rosas y un salvador

‘Menos Franco y más pan blanco’. Por culpa de una octavilla con esta frase, 13 jóvenes, la mitad de ellas menores, fueron detenidas y posteriormente fusiladas en pleno inicio de una dictadura franquista que se alargaría durante 40 largos años. En tiempos en los que aún se discute en el Congreso de los Diputados si los juicios sumarísimos del Generalísimo deberían ser anulados, nada mejor que esta película de Emilio Martínez Lázaro para dar sentido a los que desde hace tanto tiempo defienden su cancelación.
Más de un diputado de derechas debería pasarse estos días por el cine para ver Las 13 rosas, o recuperar la edición en DVD de Salvador, con la que comparte bastantes similitudes, para ponerse en la piel de las víctimas de la masacre franquista. Más de un orador de los medios de comunicación y de sus miles de seguidores, más de un ciudadano, haría bien en contemplar el sufrimiento que conlleva el uso de la fuerza para defender unas ideas. Es difícil permanecer impávido ante la milimétrica puesta en escena con la que estos dos filmes nos recrean el asesinato de las víctimas del franquismo. Pero como sabemos que este público ni se acercará a la taquilla para malgastar su dinero en una película de rojos y para rojos, pasemos a otras cosas.
Las películas que sobre la guerra civil se tienden a hacer en nuestro país son propensas a seguir el mismo tipo de patrón. Con un evidente objetivo de denuncia, la obra resultante termina siendo inverosímilmente mitificadora. Moviéndose siempre en el exagerado discurso de sus protagonistas, estos terminan por alejarse del espectador actual, que no siente ninguna implicación ante la desmesurada plasmación de su espíritu reivindicativo.
Los discursos se corresponden más bien con lo que nos gustaría que hubieran sido que con lo que realmente fueron. Un ejemplo lo encontramos en la escena que abre la película, en la que dos de las trece rosas aparecen entarimadas reclamando a los cuatro vientos que la paz de nada sirve sin libertad. Ni se las creían los vecinos del pueblo que las escuchaban ni, por sobreactuadas, nos las terminamos de creer los espectadores.
En ese terreno de inverosimilitud se mueve la primera mitad del filme, entre decorados y vestuario más propios de Amar en tiempos revueltos que de una producción ambiciosa y situaciones forzadas como la que vive la rosa Verónica Sánchez con un matrimonio fascista en un tranvía de Madrid. O la que presencia todo un pueblo cuando unos soldados golpean a unos pobres viejecitos por no saberse la letra del ‘Cara al sol’ y que tanto recuerda a escenas similares de El pianista o La lista de Schindler. Todo ello, como decimos, forzado y poco creíble.
La primera parte de Las 13 rosas también se encarga de presentarnos a tan hermosas damas, haciendo hincapié, eso sí, en algunas más que en otras, de manera que el lucimiento y la palma se la llevan una sorprendente Verónica Sánchez y la más que convincente Pilar López de Ayala. Sin duda, el elenco de actrices contribuye a dar credibilidad a una película que aumenta en realismo a medida que avanza el metraje. Desde el momento en que las protagonistas ingresan en prisión se acrecienta el valor interpretativo de sus actuaciones, aunque de nuevo algunas escenas vuelven a pecar de excesiva artificialidad (¡esa escena en el patio de la prisión con las niñas bailando claqué!). A las interpretaciones se suma el impresionante papel de Goya Toledo como carcelera fría pero contenida y que tanto recuerda también al que en su día protagonizó Leonardo Sbaraglia en Salvador.
Ambos filmes se crecen de manera impresionante a medida que avanzan. Y ambos desembocan en un desgarrador final que, de tan realista, encoge el estómago. El espectador sufre y siente miedo para terminar con lágrimas en los ojos. La mejor manera, sin duda, de llegar a la conciencia. Ambas películas, en cambio, cometen también el mismo error: edulcorar un final que cumple mejor su cometido en la cruda realidad con mensajes lacrimógenos y declaraciones de intenciones que no hace falta resaltar. Ambas son, sin embargo, necesarias para recordar.

martes, 16 de octubre de 2007

¿En qué se parece 'El orfanato' a 'Los otros'?

El último grito en críticas deconstructivas consiste en comparar El orfanato con Los otros con la única argumentación de que ambas películas se desarrollan en un siniestro caserío poblado de fantasmas. Si a ello le sumamos las supuestas similitudes interpretativas entre Belén Rueda y Nicole Kidman ya tenemos la mejor forma de dejar por tierra un filme sin ningún tipo de razonamiento lógico. Cabe recordar que lo mismo le sucedió a Amenábar cuando todos se empeñaron en calificar de copia de El sexto sentido a su penúltima obra, al menos en lo que a final rocambolesco se refiere.
Las influencias son evidentes y las comparaciones, odiosas, porque, puestos a comparar, casi prefiero quedarme con la ópera prima de Bayona que con Los otros, quizá porque la moda del terror psicológico terminó por aburrirme. El orfanato, en cambio, es el miedo en estado puro. El cine de terror clásico. Estamos de acuerdo en que no hay nada mejor que sugerir antes que evidenciar en imágenes, pero el pavor que desprenden algunas escenas de la película protagonizada por Belén Rueda no logra provocarlo la de Amenábar. Al fin y al cabo con el cine de terror lo que uno espera es saltar de la butaca. Y son más de uno los brincos que uno pega con El orfanato.
Un niño con una terrorífica máscara en la cabeza inicia la sesión de escenas dignas de sufrir. Las risas nerviosas se acumulan en la sala de cine. Minutos más tarde, el que sin duda es el momento más escalofriante del filme, protagonizado por una siempre acertada Montserrat Carulla. Así hasta completar cuatro o cinco escenas de gran sobresalto envueltas en un halo de misterio. Un misterio provocado, no solo por las apariciones fantasmales, sino estimulado con impresionantes movimientos de cámara como el picado con el que acompañamos a Belén Rueda en silla de ruedas.
Pocas veces resulta tan gratificante compartir espacio con combos de palomitas y litronas de Coca-cola. El murmullo que acompaña a algunas escenas del filme en la sala de proyección evidencia que El orfanato es capaz de contener la respiración de toda una platea. Un ejemplo: Laura juega al ‘un, dos, tres, pica pared’ y la cámara acompaña cada uno de sus giros con una tensa panorámica. En raras ocasiones había visto una implicación mayor de los espectadores en una película que desde luego absorbe de principio a fin.
El tempo de la cinta no decae en ningún momento, salvo algunas reiterativas escenas de transición basadas en columpios autosuficientes y puertas semiautomáticas. Puede que algún momento sea más prescindible que otro, como la aparición como médium de Geraldine Chaplin, pero aún en este caso, la escena resulta impecable y perturbadora. Como le sucede también a una fotografía impropia del cine patrio. O como impropia resulta también la interpretación de una Belén Rueda que, lejos del costumbrismo de Los Serrano logra bordar de forma natural el desgarrador papel de una madre enloquecida por la pérdida de su hijo enfermo.
Mención aparte merece, como ocurre siempre con este tipo de películas, su desenlace. Cuando las apariciones sobrenaturales se suceden una tras otra, el espectador pide a gritos una explicación razonable a lo inexplicable. Bayona y el guionista Sergio Sánchez logran satisfacer la demanda con un sorprendente final que invita a la retrospección y, por qué no, a un segundo visionado para esclarecer posibles dudas.
Guillermo del Toro no podría haber apuntado mejor a la diana. Es evidente que sin el bolsillo del productor mejicano, sobre todo en materia de promoción, esta ópera prima hubiera pasado sin pena ni gloria por nuestra cartelera. O al menos no se hubiera convertido en el segundo mejor estreno del cine español tras la impresentable Torrente 3. Merecida inversión, en todo caso, para un joven director que ha logrado con El orfanato una inmejorable carta de presentación.

martes, 9 de octubre de 2007

Exageradas promesas

Hay dos tipos de persona. Quien lee las críticas de cine antes de ver una película y quien se las revisa justo después (una tercera tipología considera a los críticos seres pedantes con un ego tan grande que no merece la pena perder el tiempo leyendo su sarta de idioteces). Yo me encuentro entre la primera especie, la de las personas incautas que se dejan llevar por el canto de sirena de los críticos. Por un lado nos beneficia, ya que gracias a sus dictámenes, más bien sentencias, podemos descubrir joyas y desechar bodrios con más o menos acierto. Sin embargo, el inconveniente que conlleva arrastrarse por la marea es precisamente la pérdida de control sobre nuestra propia opinión.
Calificada de ‘imprescindible’, ‘brillante’ y ‘memorable’, Promesas del Este es de aquellas grandes películas encumbradas a obra maestra por obra y gracia del efecto mariposa de los críticos. Después de lograr el galardón del público en el Festival de Toronto, al último filme de David Cronenberg no le han dejado de llover piropos. Un efecto mimético que culmina en un espectador aturdido al que no le queda más remedio que acudir al cine con una enorme expectación.
Con expectativas tan altas, sin embargo, ocurre a menudo el efecto contrario. Promesas del Este ni es una obra maestra ni resulta memorable por dos sencillas razones. Su argumento está lejos de ser ‘complejo’ (tal como lo califica alguna de las críticas leídas con anterioridad) y sólo una escena, ampliamente comentada por todos, resulta inolvidable. Por lo demás, se trata de una película excelente pero sin los méritos que debe reunir una obra maestra del calibre de, por ejemplo, El padrino o su secuela.
Las críticas, por tanto, juegan en contra del espectador que decide ojearlas antes de ver la película. Promesas del Este seguro que resulta mucho más gratificante de ver sin ningún tipo de influencia previa. La historia, narrada a través del diario de una joven inmigrante del este que muere dejando tras de sí una recién nacida, introduce a una inocente comadrona protagonizada por Naomi Watts en una oscura familia criminal rusa. Salvo alguna sorpresa, más o menos predecible, el argumento no depara ningún golpe de efecto que consiga atrapar al espectador de la manera que lo hace un filme de características argumentales similares como Infiltrados. Ni tan siquiera el desenlace se salva de la previsibilidad.
La escena que, sin embargo, es digna de obra maestra y de mención, la protagoniza un excelente Viggo Mortensen hacia el final del metraje. La densa nebulosa de una sauna envuelve una pelea cardiaca, visualmente preciosa, que catapulta al actor al estrellato de la interpretación. Pocos grandes de Hollywood pondrían todo su talento y su cuerpo ante las cámaras en una escena tan explícita como brutal. El riesgo y el compromiso de Mortensen bien le merecen un reconocimiento. No podemos decir lo mismo, sin embargo, de su compañera de reparto, una Naomi Watts totalmente desaprovechada en un insulso papel.
Promesas del Este, por último, no es mejor que Una historia de violencia, otra de las afirmaciones vertidas por algunos críticos. Ni resulta tan intensa, ni tan sugerente como la historia de un personaje anónimo convertido de la noche a la mañana en héroe y villano. En aquella ocasión, mereció la pena ser del tipo de personas que se leen las críticas antes de ver la película, pues las expectativas se vieron cumplidas. Con este comentario, menos efusivo, me queda el consuelo de que alguien, virgen de exageradas promesas, quede plenamente satisfecho tras ver la película y la considere mucho más buena de lo que comento.

martes, 2 de octubre de 2007

De la gomina a la laca

Algo pasa con los musicales que me resultan mucho más gratificantes en la pantalla que en la platea de un teatro. Me ocurrió con Fama a su paso por Barcelona hace unos años, me volvió a suceder con We will rock you, la inefable e infumable edulcoración de temas de Queen y se me terminó de confirmar con Grease. El musical de tu vida (¡chúpate esa!). Quizá sea un problema local, pues no dispongo de ningún referente del Broadway neoyorquino o del West End londinense para comparar, pero el caso es que este género teatral se me antoja siempre de argumento simple, infantil y largo, muy, muy largo.
El viernes tuve ocasión de disfrutar (con todas las comillas posibles) del último gran éxito del panorama teatral de Barcelona. Grease lleva un año en la ciudad condal y suma ya 350.000 espectadores. Todo un logro si no fuera porque detrás hay toda una inédita inversión de más de 200 millones de las antiguas pesetas, con promoción incluida. Pero otro gallo cantaría, y nunca mejor dicho, si tal desembolso se hubiera destinado a un guionista más adulto y a un mejor casting de actores principales.
Debuta como Olivia Newton John en esta segunda temporada una Edurne perfecta para cabeceras de series chapuceras pero insípida como una manzana para un papel de envergadura como el de la mítica Sandy. Más que una interpretación de actriz parecía el cameo de un espectador obligado a salir a escena. Hay que admitir, sin embargo que todo lo que le faltaba actuando la chica lo ganaba cantando, pero desde luego ese no es motivo suficiente para proporcionarle un papel de musical a alguien sin ningún tipo de experiencia en escena. El motivo no es otro que ser un gancho mediático.
He gozado mucho más de los musicales en la gran pantalla. Todavía imborrable en mi memoria esa obra maestra llamada Moulin Rouge, las últimas adaptaciones de míticas obras como Chicago resuelven dignamente un género complicado de llevar al cine. Tal es el caso de Hairspray, ganadora de 8 premios Tony y basada a su vez en la película de John Waters de 1988.
Adam Shankman, responsable de sutilezas como Un canguro superduro o Se armó la gorda, traslada a la gran pantalla la historia de Tracy Turnblad, una joven de Baltimore con sobrepeso que persigue el sueño de bailar en su programa local favorito (La debutante Nikki Blonsky que la encarna, al contrario que Edurne, no podría estar mejor). Pero Tracy no es la única que lucha por la oportunidad de hacerse un hueco en la sociedad. En plena frontera entre los 50 y los 60, la comunidad negra seguía siendo objeto de una terrible marginación, aunque cada vez eran más las voces a favor de una convivencia. Y en ese contexto de integración cultural se desarrolla una trama mil veces plasmada, la de la superación de todo obstáculo hacia el éxito, pero no por ello menos interesante de ver. Porque al fin y al cabo a todos nos gusta soñar.
La historia no tiene más. Un sueño hecho realidad. Pero cuando viene envuelta por un impresionante plantel de actores, unas peculiares caracterizaciones (Travolta y su travestismo se ha convertido en el principal gancho del filme) e ingeniosas composiciones musicales, como la Me & Baltimore que da inicio a la historia, Hairspray termina por ser una simpática película con moraleja. Su importancia radica, sin embargo, en lo que no es: un tostón de musical.

PD. Querida Michelle. Este es el camino. Esta es la película con la que deberías haber vuelto a escena. Queda en mi olvido ese enorme susto llamado ‘El novio de mi madre’. Qué gozada ver tu talento y tu físico aprovechados. Qué exquisito placer. Cuanto te he echado de menos… Sigue así. Siempre tuyo.