jueves, 26 de julio de 2007

Ratatouille: el regreso de Pixar a la alta cocina

Resulta que la ratatouille (que todos sabemos pronunciar como ratatúi) es una especialidad culinaria de la Provenza francesa que consiste en freír una serie de verduras en aceite de oliva. Que sea una producción norteamericana, aprovechando la polisemia de sus cuatro primeras letras con el mamífero roedor, la que me descubra el significado del término ya es un hecho curioso. Pero que además, una película de dibujos animados, tan frecuentemente infravaloradas, contenga tal nivel de documentación sobre el mundo culinario refleja el nivel de ingenio de sus creadores.
Temimos con la inauguración del matrimonio entre Pixar y Disney un descenso de la creatividad a la que nos tenían acostumbrados los chicos de John Lasseter. Cars, el primer fruto de la unión, se acercaba peligrosamente a la moralina del gigante de la fantasía y se alejaba de la frescura y el ingenio de los creadores de Toy Story. Con Ratatouille, por suerte, avanzamos unos pasos más hacia delante respecto a la última creación de Pixar a tener en cuenta, la particular visión que sobre los superhéroes ofrece Los increíbles.
La película narra las peripecias de Remy, una rata con el sentido olfativo suficiente como para convertirse en una gran chef y que tiene como principal referente al cocinero francés Gusteau, recientemente fallecido. Tras perder a su manada en el sistema de alcantarillado de París, Remy encuentra la mejor forma de hacer realidad su complicado sueño, un torpe aprendiz llamado Languini, al que teledirigirá a través de sus mechones desde el interior de su gorro de chef. Pero aún así, no lo tendrá nada fácil. Además de la torpeza de su discípulo, la rata tendrá que enfrentarse a Skinner, el nuevo y codicioso cocinero que sustituye a Gusteau en el restaurante.
Skinner es precisamente un claro ejemplo de la vuelta a los orígenes que supone Ratatouille. Supone el retorno a los personajes secundarios carismáticos y brillantes como en su momento fue la Edna Mode de Los increíbles. Personajes que aprovechan el potencial de la animación para lograr caracterizaciones imposibles en seres humanos. Otro ejemplo lo encontramos en Ego, el crítico gastronómico más temido en París, cuyos ácidos comentarios y sus reflexiones sobre el mundo de la crítica manifiestan el alto nivel de un guión difícil de encontrar en tantísimos filmes con personas de carne y hueso. Su reflexión final sobre la labor de los críticos, inteligente y cierta como ella sola, nos advierte de que no estamos precisamente ante una película infantil.
La tecnología juega un papel importantísimo en la película, que logra suplir la difícil caracterización de los seres humanos dotándolos de expresiones exageradas. El filme recrea las calles de París, Notre Dame y la torre Eiffel con increíble verosimilitud hasta el punto que algunas imágenes, sobre todo las que tienen lugar durante la persecución por el Sena, parecen directamente extraídas de la realidad. Ni que decir tiene que las ratas, esos bichos asquerosos a los que me parecía impensable coger cariño, están milimétricamente recreadas, incluso demasiado en algunas ocasiones.
Ratatouille, por tanto, recoge y mejora todas las técnicas de animación y de guión que lleva cosechando Pixar desde su creación, véase grandes dosis de humor inteligente y secuencias de acción minuciosamente pensadas. No se le escapan algunos pequeños contagios típicamente disneynianos, como alguna que otra moraleja o la presencia de un personaje insertado con calzador para divertir a los más pequeños, en este caso el hermano rata del protagonista. Pero son meras anécdotas para contentar a la casa madre que apenas afectan al desarrollo del filme. Un filme que vuelve a reconciliarnos con el mejor cine de animación.

lunes, 23 de julio de 2007

Norah Jones no es para pijos

Segunda parada de Norah Jones en Barcelona y segundo y gratificante buen sabor de boca. De camino a mi asiento, desfilando por el impresionante vestíbulo modernista del Palau de la Música Catalana, todo un desfile de modernos encantados de la muerte de formar parte de un evento tan chic. Queda uno tan divino el lunes siguiente en la oficina cuando alardea de lo fantásticamente divina que estuvo Norah Jones… Mucha ropa de marca, muchos rostros bronceados, pero escasa pasión por la artista en cuestión.
Pocos de ellos apreciarían, por ejemplo, la ausencia del trombón en la mejor de las canciones del disco, Sinkin’ soon, porque seguro que poquísimos notaron el debut de este instrumento en la discografía de Norah Jones cuando compraron Not too late. El disco es tan estupendo como fondo de selectas cenas que ¿para qué detenerse a escucharlo? La ausencia de su sonido, los que la notaron lo entenderán, hacía un flaco favor a una de las interpretaciones más esperadas de la noche.
Pocos sabrían, también, que el que seguro fue para ellos el momento culminante del concierto, ese que les hizo levantarse de sus asientos, corresponde en realidad a su segundo trabajo. Creepin’ in es seguramente la mejor canción del probablemente mejor disco de Norah Jones, Feels like home (muchos opinarán justo lo contrario). Algún auténtico seguidor de la cantante en la platea del Palau echaría en falta, como lo hice yo, la voz de Dolly Parton en este dúo que, en voz del artista invitado M Ward, resultó efectivo por el ritmo pero incomparable con el original de estudio.
A bien pocos se les erizaría la piel al recordar memorables canciones de trabajos anteriores como The long way home o Sunrise. Quedarían, eso sí, plenamente satisfechos con las reconocibles Come away with me o Don’t know why, preciosas letras por las que el tiempo no pasa. Muchos se habrán quedado con la imponente voz en directo de esta joven ganadora de cinco Grammys en 2002. Algunos pocos se habrán tomado la molestia de compararla con la de estudio y habrán llegado a la conclusión que es de las pocas artistas cuyos directos mejoran sustancialmente la calidad sonora de sus grabaciones.
Ella sola es una banda. Pasó de la guitarra al piano y del piano al órgano Wurlitzer sin pestañear, hasta el punto que ya ni se acordaba de cuál era el instrumento que debía tocar en cada momento. Pero la banda que la acompaña es sin duda un gran logro, sobre todo Adam Levy, un apasionado y apasionante de la guitarra eléctrica. Juntos confeccionan un grupo unido en el que no hay espacio para el divismo.
Norah Jones desprende humildad y simpatía en sus intervenciones. Supo reírse de sí misma, reírse con sus compañeros y hacer reír al público. Su timidez ha mejorado respecto a su último recital, ahora hace tres años, en el Auditori de Barcelona, pero la conexión con el público fue mucho más intensa en aquella ocasión. No sabemos si es por el notable aumento de precio en las entradas (de unos 25 de media a unos 60) o por tratarse de un nuevo recinto, el Palau, más dado al esnobismo, pero el público de esta última velada pertenecía más al pijerío cultural que suele reinar en algunos acontecimientos culturales que al fiel seguidor de la cantante.
Y eso se dejó notar a lo largo de todo el recital. Frialdad generalizada ante algunas de las canciones a fuego lento por las que Norah Jones es reconocida y ovación unánime y apoteósica con la nueva versión de Creepin’ in, dominada por el estruendo de guitarras, recurso apenas existente en sus trabajos. La excepción de la noche, y de casi toda su carrera, resultó ser la de más cálida acogida entre un público al que le preocupaba más el antes y el después que el durante de un concierto redondo. Faltó afinidad y faltó química entre el público, no por falta de energía de la cantante sino por exceso de pijerío en la platea.

PD. Las imágenes son de pésima calidad, lo sé, pero son las que validan que yo estuve allí.

jueves, 19 de julio de 2007

Emmys 2007: ¿Héroes o mafiosos?

Este debiera ser el año, por muchos motivos, de Héroes. De entre todas las nominadas al mejor drama de televisión es la única de nueva hornada. Pero no solo por eso. Su propuesta, a pesar de contar con capítulos de interés e intensidad desiguales, es la más original de las cinco propuestas. Una historia coral con personas anónimas que de repente se descubren poseedores de un poder sobrenatural. Una trama oscura, a menudo terrorífica, con una puesta en escena propia de una película y que nada tiene que envidiarle a las superproducciones de superhéroes, al menos en lo que a argumento se refiere.
Sin embargo, por motivos evidentes, es probable que la vencedora sea Los Soprano. La serie fetiche de la HBO durante tantos años y que ahora ha dejado virgen de obras maestras a la cadena de pago merece, a ojos de los académicos, un final mejor que el polémico desenlace abierto que el creador regaló a sus fans. Las otras tres contrincantes lo tienen un pelín más complicado (Boston Legal, Anatomía de Grey y House), aunque nunca se sabe.
En cuanto a las comedias, difícil de pronosticar cuál de ellas se llevará la palma cuando tres son absolutamente desconocidas para nosotros, al menos a través de nuestra televisión. Entourage, 30 Rock y Ugly Betty (próximamente en Cuatro) compiten con The Office (ganadora el año pasado) y Dos hombres y medio (actualmente en La 2). Como no he visto ninguna de ellas, y dado el inusitado éxito que ha cosechado, apostaría por la versión norteamericana de Betty, la fea, que allí donde va arrasa.
Las interpretaciones pueden ir en el mismo sentido que la serie dramática. ¿Por qué no hacer que salgan por la puerta grande los protagonistas de Los Soprano, James Gandolfini y Edie Falco? Pues porque pisando los talones de uno está nada más y nada menos que la razón de ser de House (el acaparador Hugh Laurie) y de la otra la matriarca de 5 hermanos, la genial Sally Field (curiosa, por cierto, la ausencia de este culebrón sofisticado en la categoría de mejor drama…).
Grandes ausencias que sin embargo ya acapararon nominaciones en el pasado pero que no dejan de merecerlo: la, al parecer, buenísima tercera temporada de Perdidos (¿¿para cuando in Spain??) y la vuelta a los orígenes de Mujeres Desesperadas tras una segunda etapa un tanto decepcionante. De todas formas, casi nunca suelo estar de acuerdo con estos premios. Jamás perdonaré a estos académicos que no galardonaran A dos metros bajo tierra con el Emmy a la mejor serie dramática. Imperdonable.

MEJOR DRAMA
- Boston Legal
- Anatomía de Grey
- Héroes
- House
- Los Soprano

MEJOR COMEDIA
- Entourage
- The office
- 30 Rock
- Dos hombres y medio
- Ugly Betty

MEJOR ACTOR DE DRAMA
- James Gandolfini (Los Soprano)
- Hugh Laurie (House)
- Denis Leary (Rescue me)
- James Spader (Boston Legal)
- Kiefer Sutherland (24)

MEJOR ACTRIZ DE DRAMA
- Patricia Arquette (Medium)
- Minnie Driver (The Riches)
- Edie Falco (Los Soprano)
- Sally Field (5 hermanos)
- Mariska Hargitay (Ley y orden)
- Kyra Sedgwick (Closer)

MEJOR ACTOR DE COMEDIA
- Alec Baldwin (30 Rock)
- Steve Carell (The Office)
- Ricky Gervais (Extras)
- Tony Shalhoub (Monk)
- Charlie Sheen (2 hombres y medio)

MEJOR ACTRIZ DE COMEDIA
- America Ferrera (Ugly Betty)
- Tina Fey (30 Rock)
- Felicity Huffman (Mujeres Desesperadas)
- Julia Louis-Dreyfus (The new adventures of old christine)
- Mary Louise Parker (Weeds)

Más información en IMDB

miércoles, 18 de julio de 2007

Cinco algodones

Viendo 5 hermanos me viene a la cabeza lo que esta serie podría haber sido y que sin embargo no es: una crítica a esa institución vertebradora de nuestra sociedad llamada familia. A pesar de que cada capítulo se esfuerza en convencernos de que los Walker no son una unidad familiar idílica, la trama termina por demostrarnos que sus problemas son una mera insignificancia comparados con los de cualquier familia media. Es más, y al contrario de lo que se pretende, los Walker resultan irrealmente perfectos.
5 hermanos desprende azúcar desde que comienza hasta que termina. Cada una de las secuencias está regada con una melancólica canción de fondo que incluso se convierte en la protagonista absoluta durante esos planos que, de personaje en personaje, nos reconcilian con el amor y la bondad. Todo tiene un regusto políticamente correcto, a excepción de lo único que la diferencia de un culebrón convencional y que la hace mucho más atractiva: los ácidos comentarios sobre la actualidad política norteamericana. “¡Tienes suerte de que sea la única republicana que no lleva pistola!” o “¡es increíble lo que llega a hacer este gobierno en nombre de la democracia!” son algunas de las perlas que sueltan sus protagonistas en una serie que se emite, no lo olvidemos, en la autocensurada televisión de Estados Unidos.
Pero ahí queda todo. Tenemos a un hermano drogadicto pero lo único que se muestra son las bolsas creciendo bajo sus ojos. Tenemos a otro hermano homosexual (que no se diga) y lo más fuerte que hemos presenciado es un pico en la mesa de un restaurante. El gran secreto del padre perfecto recién fallecido es que fue infiel a su mujer durante años, que dejó en herencia una empresa familiar en bancarrota y que es probable que tenga una hija ilegítima que cualquier día de estos entrará en escena. Minucias comparadas con los verdaderos dramas familiares con los que uno puede nutrirse basándose en la vida cotidiana.
Esta familia cuenta además con algo que la aleja muy mucho de la realidad: la comunicación. No es verosímil, ya me perdonarán, que todos sus miembros tengan el mismo nivel de confianza y esa dosis tan elevada de buen rollo. Todos los problemas y las pequeñas broncas se suplen con el consiguiente derrame de lágrimas y de arrepentimiento. Todo se habla, todo se discute, todo se dialoga y todo se solventa. Todo mentira, vaya.
Si me dieran a elegir entre el amplio abanico de familias que ha retratado la televisión, me quedaría sin lugar a dudas con los Fisher o los Soprano. Si los Walker, en definitiva, vienen a vendernos las mil y una maravillas de una familia unida, tanto los funerarios como los mafiosos ofrecen algo mucho más suculento y creativo: la crítica social. La vista gorda de Carmela ante los continuos braguetazos de su marido y sus sospechosos modos de financiación, la educación de Meadow y AJ o las rarezas de la matriarca Ruth Fisher, magistralmente interpretada por Frances Conroy, son lindezas impagables que se acercan mucho mejor a cualquier realidad familiar. Porque al fin y al cabo la familia nos viene impuesta y los genes no implican necesariamente lazos estrechos.
A pesar de resultar tan empalagosamente edulcorada y adoctrinadora sobre el bien y el mal, 5 hermanos es placentera de ver. No sé si es por la calidad de sus interpretaciones, bastante destacable, por el carisma de algunos de los personajes, sobre todo el de la madre y la amante del marido, o por la crítica política que mencionaba antes. O simplemente porque, en definitiva, a todos nos gusta ver cómo los problemas desembocan siempre en un feliz desenlace. Y es que al final, a nadie le amarga un dulce.

martes, 17 de julio de 2007

Años luz después

¿Cómo hacer atractiva una película de ‘zombies’ a ojos del espectador reacio? ¿Cómo lograr, además, que el mismo espectador reacio repita experiencia tras una primera parte repleta de todo aquello que le hace aborrecer el género? Pues básicamente sorprendiendo en la forma y en la puesta en escena. Juan Carlos Fresnadillo lo ha logrado con creces con esta 28 semanas después que supera ampliamente a su antecesora, de la que ni me acuerdo ni deseo acordarme. El director español ha logrado una vibrante tensión sin caer en la ridiculez visual que puede provocar un grupo de monstruos vivientes chorreando sangre por los cuatro costados. Y eso es mucho logro.
Ya el principio del filme es espeluznante y nos anuncia que estamos ante una propuesta formal totalmente distinta a la de 28 días después. Cámara en mano y haciendo uso de una impecable banda sonora, de la que, eso sí, terminará abusando, Fresnadillo nos deja sin aliento con la primera persecución en las afueras de Londres. Trepidante, brutal y sin aliento son expresiones más o menos tópicas que se quedan cortas para definir la secuencia.
El planteamiento que el filme nos desarrolla después ya no deja lugar a dudas. La película tiene interés. Por un lado, el cambio de punto de vista es muy acertado. El protagonista ya no es el superviviente del exterminio anterior sino sus hijos, que deberán enfrentarse a la peor de sus pesadillas. De fondo, un Londres desolado y sitiado tras la masacre, que volverá a pasar del orden al caos en cuestión de minutos. Las vistas aéreas de la capital inglesa o el paseo en moto por sus calles desérticas es uno de los placeres que nos regala esta película. Consigue hacernos pasar de la calma a la histeria colectiva, del relax a la tensión, en lo que dura en extenderse un brote epidémico.
Hay momentos de auténtico asco, de aquellos que te impiden mirar a la pantalla, pero a diferencia de otras propuestas más morbosas, como Saw o Hostel, aquí no se introducen con calzador sino que están integradas en una propuesta dramática mucho más digna de la que presentan las otras sagas. Puestos a comparar, 28 semanas después es angustiosa, que no agónica, es trepidante, que no superficial, y es inquietante, que no incómoda.
Fresnadillo ha querido dejar huella en este encargo que bien podría haberse convertido en un marrón para su expediente. Bien al contrario, su contribución ha convertido a su predecesora en una mancha para Danny Boyle. Con una apuesta formal clara y definida se ha desvinculado de una propuesta más cercana a la serie B tan propia de las películas con muertos vivientes. El problema vendrá después, cuando la productora exija una 28 meses después que bien podría convertir el triunfo de Fresnadillo en la antesala de una saga redundante y hueca.

lunes, 9 de julio de 2007

Sonotoners

Hoy soy un poco más sordo que ayer. No es porque los bafles de la discoteca de anoche asaltaran de forma más agresiva mis tímpanos o por culpa de un tapón de inmensas proporciones instalado en mi oído. Ni siquiera por los gritos de mi abuela, también sorda, desde el alféizar de la ventana. Hoy tengo menos capacidad auditiva porque anoche vi Transformers. Y puedo asegurar que sus casi dos horas y media de metraje contienen más contaminación acústica que toda una jornada en el recién inaugurado mirador de el aeropuerto de El Prat de Llobregat (que también son ganas de pasar una tarde de domingo estirado en una tumbona de cemento viendo aterrizar una media de tres aviones por minuto…).
Estoy convencido que el índice de decibelios de esta última chaladura de Spielberg supera con creces el recomendado por la Unión Europea para todo un año. Hasta el punto que el Dolby Surround se convierte en tu peor enemigo, originando temblores y ráfagas de viento por toda la sala. Ruido, ensordecedor ruido, es lo que nos depara esta gigantesca producción veraniega creada para reventar taquillas. Y lo consigue. En su primera semana ha recaudado más de 150 millones de dólares en Estados Unidos, convirtiéndose en el mejor taquillazo del verano no correspondiente a ninguna saga, que ya es mucho pedir en un año marcado por terceras de piratas, spidermans, oceans y shreks.
A pesar de todo, he de decir que me gustó Transformers. Si bien sobra más de media hora de película centrada en caóticas y grandilocuentes batallas entre los Autobots y los Decepticons, se le ha de conceder el mérito de aportar grandes dosis de humor a un argumento que ya de por sí es de risa y que no hace falta ni destacar. La presencia de los robots buenos en la casa del protagonista es probablemente la mejor escena de la película, con la actuación de unos padres más histéricos por los destrozos en su jardín y las tendencias masturbatorias de su hijo que por la llegada del FBI a su hogar.
Todos los secundarios son de lujo. Desde el vendedor de coches de segunda mano y su educada madre al mismísimo perro lisiado, pasando por el ‘hacker’ negro y su primo practicando baile con la PlayStation. Todos aportan su chispa a la película y acompañan a un protagonista espléndido en sí mismo. Ni Optimus Prime ni Megatron ni otras chatarras de tres al cuarto. Shia LaBeouf es el gran acierto de Transformers. Aunque su filmografía no es para tirar cohetes (Yo, robot, la segunda parte de Los ángeles de Charlie, etcétera), su cometido en una superproducción como esta es más que digno. Corría el peligro de verse engullido por el protagonismo de esas horribles máquinas y finalmente, si algo queda es su papel de adolescente hiperactivo.
Por lo demás, Transformers va avanzando entre personajes más o menos imprescindibles sin lograr unir de forma coherente la trama de los militares en Qatar, la de los jóvenes informáticos en el Pentágono y la del protagonista y sus hormonas. Todo ello hasta culminar en un desenlace desmesurado en todos los aspectos. Demasiados minutos, demasiada gente, demasiada música (las películas de Michael Bay destacan más por su machacona banda sonora que por su talento), demasiado ruido, en definitiva.
Un capricho de dos niños adultos con pasta que puede sentar un terrible precedente. Si los de Disney lograron hacer de una atracción toda una saga de piratas caribeños, ¿Quién nos asegura que el día de mañana no acudamos en masa para ver las nuevas aventuras de Playmobil, Barbie & ken o los mismísimos Pin & Pon? Tiempo al tiempo. Si casi logran que llore por un amasijo de hierros, ¿qué no harán con mi querido Mr. Potato?

miércoles, 4 de julio de 2007

La llegada de Calista y el adiós de House

Cualquier día de estos los de Cuatro nos programarán a Gabilondo tras el capítulo de House para ver si remonta las audiencias de sus informativos. Parece una buena estrategia. El mayor éxito de la cadena arropa los estrenos que merecen ser considerados. Les funcionó con Cuenta atrás, pero en el momento en que la pretenciosa serie malinterpretada por el canto del loco se mudó a un nuevo horario la audiencia no la acompañó de forma tan masiva.
Anoche quisieron hacer lo propio con un producto que, esta vez sí, merecía una buena acogida. Jugaban además con una buena baza: el final de la tercera temporada del malcarado doctor. Sin embargo, no les salió tan bien la apuesta. Y tiene su lógica si tenemos en cuenta que casi la abocaron al suicidio. El primer capítulo de Cinco hermanos comenzó a las once y media de la noche, tras uno de esos publirreportajes que tanto gustan en Cuatro (qué rentable les salió el billete a Los Ángeles de Raquel Sánchez Silva! La chica se recorrió todos los platós de la ciudad!), y tras un episodio culminante de House plagado de eternas y molestas pausas publicitarias.
No contentos con eso, decidieron emitir un segundo capítulo por el que el espectador debía trasnochar como mínimo hasta la una de la madrugada. Entenderán, pues, que decidiera poner en marcha mi nuevo y flamante DVD grabador con disco duro. Aún así, la serie protagonizada, entre otros, por Calista Flockhart ha obtenido un 14 y un 16 % de cuota de pantalla en sus dos primeros episodios. Pueden estar contentos.
Pero si algo merece ser noticia es el desenlace de la tercera temporada de House, la que peor ha evolucionado en el tiempo. Los inicios no pudieron ser mejores, con el acoso del policía que no descansó hasta ver al doctor entre rejas. Pero tras ese punto álgido inicial, la serie fue desembocando en la pura monotonía, con capítulos cortados por el mismo patrón y cada vez más carentes de atractivo.
No sé qué interés puede tener para los espectadores legos en medicina, es decir la gran mayoría, unos casos marcados por un abuso de tecnicismos y por una ausencia casi total de empatía. Casos que, además, siempre suelen desarrollarse de la misma forma, cargados de complicaciones y empeoramientos y que suelen culminar con la resolución final, e incomprensible también, del cada vez más desquiciado doctor House.
Si al principio la personalidad del facultativo resultaba ácida, irónica e inteligente, con el tiempo está derivando en ridícula, paródica y burda. Sólo en algunas ocasiones recupera la brillantez de temporadas pasadas, de la misma forma que en contadas ocasiones un capítulo vuelve a sorprendernos. El de ayer no fue redondo, como lo fue en su momento aquél en el que House se convirtió en paciente. Sólo destaca la escena final, cuando el doctor recibe en su hogar una nueva guitarra, símbolo de su buena actitud hacia el cambio. Sus tres discípulos le han abandonado. Y todos contentos. Nosotros también. Esperamos la aparición de nuevos personajes que no sean meras comparsas de un médico en decadencia.