viernes, 29 de junio de 2007

Explosión a medio gas para el final de 'Heroes: Genesis'

Culminación del primer volumen de Heroes. Y ciertamente hay que hacer bien caso del matiz que diferencia volumen de temporada, ya que el final cierra una etapa para empezar otra. Quizá por ese motivo deja un regusto agridulce. Estamos muy acostumbrados a lo que otra de las grandes ficciones televisivas de la historia, Lost, sabe hacer tan bien, es decir, a dejarnos con la boca abierta con un desenlace de infarto. Esto Heroes no lo tiene, pero introduce un elemento novedoso, aunque menos gratificante, en el que nos ofrece el primer minuto del que será su segundo volumen, Generaciones, para que nos hagamos una posible idea de por dónde irán los tiros.
Heroes, con capítulos de interés e intensidad desiguales, había ido adquiriendo con el tiempo un ritmo trepidante y una intensidad que parecía iban a desembocar en un final espectacular. Cómo detener a un hombre bomba en cambio resuelve la gran incógnita (¿explotará o no la bomba en Nueva York?) en un santiamén y sin los recursos que nos podrían haber deleitado con la mejor escena adrenalínica de la serie.
¿Por qué no explotar las escenas en las que todos los héroes intentan acabar con Sylar? Habría sido interesante verlos actuar por primera vez unidos por una misma causa. El motivo probablemente no sea otro que el económico. Una lucha apocalíptica y brutal sólo está al alcance, todavía, de las grandes producciones cinematográficas como X Men. Aún así, las pocas escenas de acción que nos regala el episodio (Sylar derribando una furgoneta de la policía o la explosión final) continúan siendo de una impecable factura, sin igualar, eso sí, el que para mí es sin duda el mejor episodio de este volumen, 5 años después.
A la espera quedamos, pues, de ver cómo se desarrollará ese segundo volumen anunciado y en el que el entrañable Hiro aparece en pleno Japón feudal rodeado de samuráis. Parece ser que permanecerá ahí durante unos cinco capítulos aproximadamente. Algunas preguntas en el aire, no muchas, cómo decíamos (¿Sobrevivirán Sylar, Nathan y Peter Petrelli?) y las ganas de conocer a los nuevos protagonistas que se incorporarán a esta adictiva historia. A mí me queda una gran incógnita: si Hiro siempre puede cambiar el curso de la historia, jamás ocurrirá nada malo a no ser que lo maten, ¿no?

miércoles, 27 de junio de 2007

Una noche en el Grec es sagrada

El mestizaje, como en la vida, forma ya parte del arte contemporáneo. De la mezcla de culturas diversas consigue crearse algo nuevo que sorprenda al espectador (pensemos sin ir más lejos en el éxito que cosecharon Bebo Valdés y Diego El Cigala con su Lágrimas negras). Trasladar al mundo de la danza la combinación de dos estilos a priori incompatibles como los que incorpora este espectáculo era una apuesta arriesgada. La rigidez de la danza clásica contra el libertinaje del ‘kathak’ hindú. La comunicación entre ambos lenguajes parecía imposible. Y sin embargo, como suele pasar siempre, el resultado fue de lo más gratificante.
Sacred Monsters abrió anoche el Festival Grec de Barcelona con un aforo lleno. Lleno, eso sí, de ilustres invitados engalanados hasta las cejas por un lado y de otros pocos, los que menos, que pasamos por caja. Para unos se trataba de un acto social más, con todo el glamour que puede ofrecer un entorno como el del anfiteatro griego de Montjuïc, y para otros, los que menos, era la posibilidad de disfrutar de un gran espectáculo cultural a manos de, al parecer, dos gigantes de la danza, por supuesto en el mejor escenario de toda la ciudad y en la mejor época del año.
La francesa Sylvie Guillem y el británico originario de Bangladesh Akram Khan establecen en el escenario un diálogo constante con el público y con unos músicos que, a su vez, redondean la calidad del espectáculo. Si por separado brillan los dos artistas, con mayor maestría ella que él, es cuando se unen que consiguen embaucar del todo.
Dos sugerentes coreografías despuntan de esta propuesta a la que solamente le sobran minutos de cháchara y humor inglés (“el público ha venido a ver danza”. Ellos mismos se lo dicen). Por un lado, ese baile de brazos ondulantes entre dos cuerpos que permanecen unidos a pesar de los contratiempos. Por otro, el insinuante y romántico vaivén de una pareja haciendo el amor. Dos partes de un todo absolutamente recomendable.

PD. Disculpen este nuevo paréntesis en La Pantalla. Sacred Monsters no es ni cine ni televisión, pero en una noche en la que lo único destacable era otro capítulo más de la cada vez más redundante House y en la que imperaba la sequía en la cartelera, la danza era sin duda la propuesta que resultaba más estimulante.

lunes, 11 de junio de 2007

No hagan más juego, señores

Tras el estrepitoso bajón cualitativo de la segunda parte, parecía imposible pensar en una tercera. Sin embargo, aquí la tenemos. Un nuevo integrante de la panda de ladrones de guante blanco capitaneada por Danny Ocean es suficiente para que Steven Soderbergh se saque de la manga una nueva entrega. Y viendo la fórmula del producto, no resulta descabellado imaginarse cuarenta secuelas más, tantas como casinos tiene el boulevard de Las Vegas. Tan sólo queda rogarle a este grupillo de amiguetes que echen el freno de una vez o que, al menos, destinen a la pequeña pantalla una saga más propia de serial que de filmes con entidad propia.
El planteamiento, nudo y desenlace de las tres películas es prácticamente idéntico. De ahí su parecido a la estructura episódica de series como CSI o Sin rastro. Sabemos cómo empiezan, cómo se desarrollan y, sobre todo, cómo finalizan. En este caso, no les desvelo nada si les digo que la cosa va de robar una millonada a un excéntrico ricachón (planteamiento), de reunir a la cuadrilla de especialistas en diferentes fases del proceso usurpatorio (nudo) y finalmente de apropiarse elegantemente del botín (desenlace). La única abismal diferencia es que en esta ocasión no contamos con la presencia de dos importantes motivos para acudir al cine. Julia Roberts y Catherine Zeta-Jones, desmarcándose de tan repetitivo e insensato proyecto, demuestran más inteligencia que sus equivalentes en belleza George Clooney y Brad Pitt.
La entrada en juego de Al Pacino parecía una buena excusa para tragarse un engendro de fórmula agotada como este. De hecho, es de agradecer su presencia ante tanta postura y mirada artificiales de sus rivales masculinos. Brad Pitt luce como nadie los trajes y complementos que se llevarán la temporada que viene, mientras George Clooney ensaya semblantes para sus próximos spots televisivos. Todo menos actuar. El actor de El Padrino al menos se gana el pan como buenamente puede asumiendo con seriedad un producto que hasta el mismísimo director se toma a guasa.
Todo, hasta el diseño del inexistente casino Bank en el que se desarrolla la película, parece una parodia de lo que en su día fue Ocean’s eleven, una excelente y entretenida película con un brillante plantel de actores y unos impecables montaje y puesta en escena. Lo que en su momento fue una baza ganadora, hoy parece jugar en su contra. El montaje, desordenado, aleatorio y rutinario, coloca a cualquier videoclip musical medio en un estadio muy superior. La omnipresencia de una banda sonora cargante y machacona satura los oídos de un espectador ya de por sí agotado visualmente ante el frenético ritmo de los planos.
Por si fuera poco, el argumento se torna del todo inverosímil. Resulta que la cuadrilla de ladrones realiza todo su despliegue tan sólo para vengar el honor de uno de los socios. Y el plan incluye, entre otras realistas actuaciones, el uso de una tuneladora por las entrañas de Las Vegas para que provoque el colapso del sistema informático más seguro del mundo. Si a esto le sumamos un Brad Pitt disfrazado de científico hippy, una Ellen Barkin acompañada de unas tetas 30 años más jóvenes y un Matt Damon con nariz de Pinocho, obtendremos como resultado lo que en definitiva es Ocean’s thirteen: una caricatura.
Pero, señores, el cachondeo es rentable. El fin de semana de su estreno ha logrado desbancar a la también tercera entrega de ‘Piratas del Caribe’ con más de 37 millones de dólares. Podemos apostar si Soderbergh decide dejar en trilogía esta ilimitada saga (Dios le oiga) o, por el contrario, prefiere exprimirla hasta la sinrazón. Hagan juego, señores.

viernes, 1 de junio de 2007

Caprichos del zodíaco

Si el asesino del zodíaco contemplara la película que sobre sus pecados ha ideado David Fincher se sentiría tremendamente orgulloso. El filme plasma de forma meticulosa, con absoluta rigurosidad, cómo tres hombres vivieron obsesionados por darle alcance. Pero de lo que sin duda podría sentirse satisfecho este asesino en serie es de ver finalmente en pantalla sus proezas criminales. Un logro mayúsculo para alguien tan mediático y con tantas ganas de que alguien lo inmortalizara en forma de celuloide.
Pues bien, ese alguien ha resultado ser David Fincher, director de la inimitable pero ampliamente imitada Seven. Con semejante precedente y con un material como el que ofrecía Zodiac, podía preverse por dónde irían los tiros. Trama inquietante, puesta en escena sórdida y oscura, grandes dosis de suspense, miedo, terror. En definitiva, algo que el director norteamericano domina con maestría y soltura, pero que de tantas veces clonado corría el riesgo de provocar empacho.
Consciente de ello, Fincher decidió invertir parte de los cinco años que ha permanecido fuera de la realización en investigar a fondo el caso del asesino del zodíaco, asesino real que había formado parte de su infancia en San Francisco, cuando aterrorizó a toda la ciudad con la amenaza de disparar contra un autobús escolar. Y en vez de recrearse en la atmósfera siniestra de cada uno de los asesinatos prefirió centrar la historia en la obsesión destructiva de un hombre por cazarle.
De esta forma, las escenas se suceden unas con otras a lo largo de los años, décadas, que duró la investigación (todavía permanece abierta en algunas localidades) hasta culminar en un callejón sin salida que, tras dos horas y media de filme, puede llegar a decepcionar al espectador, malacostumbrado como está a los casos cerrados.
Puede que esas dos horas y media vayan decayendo en agobiantes y monótonas pero sin duda es la única forma de plasmar en pantalla la asfixia y la obsesión que vivió el personaje protagonizado por Jake Gyllenhaal, un dibujante del San Francisco Chronicle que no paró hasta encajar el complicado rompecabezas en el que se convirtió la búsqueda de Zodiac. Todo un entramado de pistas, de indicios, que abruman y confunden al espectador, de la misma forma que lo hizo seguramente en aquellos que intervinieron en la investigación.
Esta agonía, sabiamente plasmada, encima viene regada con marca de la casa. Fincher nos vuelve a deleitar con imposibles y bellísimos planos como el que nos acompaña desde lo alto del Golden Gate o el que nos aleja del taxi como escena del crimen. La atmósfera siniestra que comentaba vuelve a estar presente, aunque en menor medida, en tres momentos culminantes del filme. Los faros del coche que se alejan y regresan desde la noche oscura, el retrovisor que refleja la inminencia de un crimen, el sótano de un tétrico exhibidor cinematográfico. Belleza formal que, sumada a la veracidad del relato, acercándolo al periodismo de investigación más puro, conforman un ‘thriller’ que nada tiene que envidiarle al buen cine clásico.