lunes, 26 de febrero de 2007

Oscars sin sabor latino

Ellen DeGeneres, la nueva y prometedora anfitriona de los Oscar, anunciaba al principio de la ceremonia que aquella era la edición más internacional de la historia de estos premios. Sin embargo, los resultados finales han dejado en una mera intención el que prometía ser el año latino en Hollywood. Babel, con siete nominaciones, se fue con una sola estatuilla por su banda sonora, mientras ninguna de sus dos excelentes actrices secundarias (Adriana Barraza y Rinko Kikuchi) lograba arrebatarle el premio a la mediática Jennifer Hudson por su papel en Dreamgirls. El laberinto del fauno no culminó su euforia con la estatuilla a mejor película de habla no inglesa. Y Penélope Cruz, cual David contra Goliat, finalmente no fue la sorpresa de una noche bastante previsible. La Academia de Hollywood volvía a premiar la imitación grandilocuente, caracterizada a la perfección por Helen Mirren en The Queen, por encima del carisma interpretativo de la actriz española. Y los académicos redimían sus pecados del pasado premiando por fin a Scorsese y a su brillante retorno al cine de gánsters con Infiltrados. Premios merecidos en una noche de alta competitividad. El ‘latin power’ de momento tendrá que esperar.

domingo, 25 de febrero de 2007

Las dos caras de una guerra


¿Qué más puede contarse sobre una guerra? El cine bélico, antibélico en su mayoría, ha plasmado de múltiples formas y enfoques el horror que comporta todo enfrentamiento bélico, situando la acción por ejemplo en la reciente guerra de Iraq o en alguna de las dos contiendas mundiales. La atrocidad que supone un conflicto en los Balcanes se puede extrapolar perfectamente a cualquier otra guerra en cualquier lugar del mundo. Todas son condenables y de ninguna consigue sacarse nada bueno. En pantalla ocurre lo mismo. Cada vez que un director anuncia que su próximo proyecto versará sobre una batalla bélica, me invade cierta decepción, probablemente porque el género en cuestión no es de mis predilectos y seguramente porque mi percepción sobre estos filmes es que visto uno, vistos todos.
Después de esa maravilla llamada 'Million dollar baby', Clint Eastwood anunció que su próxima película se centraría en una de las batallas cruciales de la II Guerra Mundial. Horror, pensé. Lo anunciaba, encima, de la mano del rey midas de Hollywood, Steven Spielberg, bastante obsesionado por esta contienda mundial. Tras 'Salvar al soldado Ryan', la fotocopia para televisión 'Hermanos de sangre' y la obra maestra 'La lista de Schindler', ¿qué más podía decirse sobre un conflicto al que tanto han recurrido, y de manera tan parcial en bastantes ocasiones, en Hollywood?
Subestimé a Clint Eastwood. Él de bien seguro se hizo la misma pregunta y, sin duda, la ha respondido de manera muy satisfactoria. ¿Qué más se puede contar? Pues básicamente lo que la mayoría de las películas bélicas eluden, la visión del vencido. Sólo alguien con un derroche de empatía y de mentalidad abierta puede idear un proyecto de esta envergadura y, que sepamos, sin precedentes en la historia del cine. Plasmar la batalla de Iwo Jima en dos películas totalmente opuestas, como opuestos eran los bandos enfrentados en aquella guerra y como opuestas suelen ser las lecturas posteriores que de una misma historia hacen los vencedores y los vencidos.
Primero llegó 'Banderas de nuestros padres', bastante inferior, ya lo anuncio, a la otra versión que llegaría dos meses más tarde. Inferior por comparación e inferior también por rutinaria, en el sentido de que al final, aunque sea para denunciarlo, siempre impera el punto de vista norteamericano. Sin embargo, ahí radica el interés de este filme. Uno es consciente que todo lo que identifica como parcial, por ejemplo el hecho de que los japoneses, de rostros casi invisibles, se vean en la batalla como auténticos monstruos despiadados, está hecho perversamente a propósito. Esa es la visión que hasta ahora nos vendían desde Hollywood y la que en definitiva todos los occidentales aprendemos de la Historia. En cambio, el espectador sabe en todo momento que Eastwood nos está ofreciendo con 'Banderas de nuestros padres' la parte de un todo mucho más suculento y punzante que la mera crítica a la propaganda en tiempos de guerra.
Aún así, sería injusto quitarle mérito a esta primera versión de la batalla de Iwo Jima. Primero, porque aprovecha un icono, como es la famosa instantánea de Rosenthal en la que un grupo de marines clava el asta de la bandera norteamericana, para humanizar a sus protagonistas, jóvenes anónimos que de la noche a la mañana pasaron a ser héroes e instrumentos de esa potente maquinaria propagandística que es Estados Unidos. Y segundo, porque mediante poderosas escenas, como la de estos pobres soldados escalando un monte Suribachi de cartón piedra en un estadio repleto de norteamericanos entregados a sus pies, Eastwood consigue reflejar una sociedad, la de Estados Unidos, muy tendente a la ciega alineación patriótica.

'Cartas desde Iwo Jima' eleva al cuadrado la crítica y convierte el conjunto de las dos películas en un homenaje a la historia. En contraposición a la primera versión de la batalla, en esta ocasión son los norteamericanos los seres invisibles y, por tanto, enemigos. La acción se sitúa inusualmente en el lado opuesto y convierte en protagonistas a los japoneses, en un ejercicio de empatía que hasta ha sido reconocido por la propia crítica cinematográfica nipona. Según ellos, Eastwood ha sabido plasmar como ningún otro creador occidental los valores y costumbres de una cultura de la que desconocemos prácticamente todo. Ha logrado reflejar el sentido del honor y de la patria que también imperó en el bando de los vencidos, donde la derrota se palpaba en el ambiente mucho antes de la batalla final.
Con una narración mucho más introspectiva, mucho más sosegada, 'Cartas desde Iwo Jima' reflexiona sobre aquello tan manido de que en una guerra nunca hay vencedores y vencidos. La frase no puede ser menos afortunada, desde luego. En toda guerra siempre quedarán los que ganan y los que pierden. La historia que se escribe desde uno y otro bando se encarga de dejar a cada uno en su lugar correspondiente. Con este exitoso experimento llevado a cabo por Eastwood al menos se ofrece la posibilidad al espectador de posicionarse, no a favor de uno u otro bando, sino en contra de todo conflicto. Más allá de quien gane o quien pierda, norteamericanos o japoneses, siempre quedarán sus víctimas, que no conocen de banderas ni colores.

lunes, 12 de febrero de 2007

Little secrets

¿Qué hace que una relación se rompa, se deteriore hasta el punto que resulta imposible reconocerla? ¿Qué lleva al aburrimiento, al cansancio y en muchos casos a la infidelidad? La respuesta no existe. Cada cual seguramente cuenta con la suya. Sin embargo en la confianza parece estar la unidad de medida. Sin ella resulta imposible acceder a los pequeños rincones del cerebro que nos reservamos únicamente a nosotros mismos. Ese lugar donde se refugian los secretos y que con el deterioro del amor terminan derivando en dolorosas mentiras.
Sarah, el personaje que Kate Winslet construye con una brillante interpretación, desconoce alguno de los refugios de su marido, hasta que lo descubre en pleno frenesí masturbatorio y con las bragas de su musa cibernética en el hocico. A su vez, ella construye el suyo propio, en el que entra de lleno su vecino Brad y una intensa relación de infidelidad compartida. Secreto es el que le esconde el amante también a su mujer, que a su vez es incapaz de asumir, utilizando al hijo de los dos como escudo, que la llama del amor hace ya tiempo que se agotó.
En una pequeña comunidad de vecinos como la que refleja Little Children confluyen los secretos a voces, los que se presuponen o intuyen y los que jamás se sospechan. Y deambulando entre unos y otros con la mirada hacia otro lado es como se construye una sociedad basada en la apariencia y en la que la hipocresía siempre resulta más placentera que la cruda realidad.
El personaje que más sufre en sus carnes las consecuencias de esta perversión social es Ronnie, junto a Winslet la otra gran interpretación del filme. Padece, él mismo lo asume, una psicopatología sexual que lo llevó directamente a la cárcel cuando un par de años atrás exhibió sus atributos ante una menor. Una vez cumplida condena, afuera le esperaba otra mucho peor, la de una comunidad social dispuesta a no perdonarle jamás lo que ya había saldado con la justicia. Una condena capitaneada por un expolicía que ve en esta campaña de acoso hacia el exconvicto la mejor manera de desviar la atención pública de sus errores del pasado.
Ronnie es quien nos proporciona en este filme, lleno de intensos momentos, algunos de los mejores. Uno de ellos es sin duda la escena final que lógicamente no desvelaré. Tan sólo mencionar que es una de las mejores críticas a todas aquellas personas que consideran la venganza como el único mecanismo de justicia. Escena dura, pero esperanzadora.
De la misma forma elocuente resulta otro de los grandes momentos de Juegos secretos, éste en una piscina repleta de niños en pleno verano y en la que bucea desapercibido Ronnie. Comparar las escenas de pánico que se producen desde el momento de su detección por parte de uno de los padres con las secuencias más terroríficas de Tiburón no es descabellado. Imagen de una gran tensión, perfectamente ideada y colmo de la histeria colectiva.
La relación de Ronnie con su madre es otra de las aportaciones intensas de esta película, segunda, conviene recordarlo, de Todd Field tras En la habitación. Los vínculos familiares se ponen a prueba en situaciones extremas como el acometimiento del peor delito por parte de un hijo planteado en este filme. El único apoyo, la única mirada cómplice, la única indulgencia que obtiene Ronnie es la de su madre. Por tan estrecha relación, con ella parecen no ser necesarios los secretos y las mentiras.
Porque sobre esto último trata Little Children, sobre lo que mostramos y lo que escondemos, sobre lo que compartimos y lo que retraemos, lo que damos y recibimos. Todos exigimos verdades pero todos tenemos algo que ocultar. ¿Cuando naufragan las relaciones? Cuando los secretos dejan de ser compartidos.

Para la persona que está haciendo de mis noches, días.

viernes, 2 de febrero de 2007

Gibson y su visión gore de la Historia

No dejo de preguntarme qué habría sido de esta película de haber pasado por las manos, la sensibilidad y el talento de cualquier otro director. Cómo habría plasmado los últimos años de la civilización maya y con qué perspectiva. No se me ocurre ningún nombre ahora mismo. Puede que la mayoría no fueran tan fieles a la realidad como parece serlo Mel Gibson, pero de bien seguro serían mucho más ecuánimes respecto a una cultura que estoy convencido no debió basarse exclusivamente en la violencia.
Es probable que los sacrificios humanos fueran una práctica común de las tribus mayas y como tales debían reflejarse en una película sobre esta civilización. Lo que no se concibe es que el ensañamiento y la sed de venganza fueran la única razón de ser de toda una cultura. No me extraña que los descendientes de estos personajes que supuestamente ha plasmado Gibson de manera tan fiel se muestren enojados con él. Su pasado no podría haber caído en manos de un director más rudo, morboso y basto.
Apocalypto me recuerda muchísimo a Terminator. Si en aquélla era una inagotable máquina sin cerebro la que se pasaba todo el metraje persiguiendo a una pobre víctima que luchaba por sobrevivir, en esta es un jefe de tribu obsesionado con vengar la muerte de su hijo que no duda en ir tras el protagonista (una versión guapa de Ronaldinho) durante toda la película. Desde luego, el ritmo no decae ni un solo momento. Apocalypto es entretenida de principio a fin, e incluso fascinante en algunos tramos, como por ejemplo allá por la mitad cuando asistimos a esa barbarie tan cotidiana que suponían los sacrificios humanos a los dioses, el momento central del filme en el que un eclipse solar entra en escena, mientras las cabezas de los agraciados con este honor van cayendo por las escalinatas de esas pirámides mayas que tan bien quedan en los catálogos de viajes y que a partir de ahora miraré con otros ojos. Es quizá el momento que mejor refleja la mentalidad de una civilización en la que debería haber ahondado más Gibson. El único instante en el que podemos llegar a comprender cómo la religión y la veneración a los dioses constituían el epicentro de la vida maya. Pero en vez de ir más allá, Mel dedica el resto del metraje a mostrarnos la angustia del protagonista y la de su esposa e hijo. Y para ello no duda en regodearse en la víscera más evidente posible. Nada se sugiere. Todo, absolutamente todo, aunque no venga a cuento, se muestra. Gibson hace con Apocalypto lo que hace el cine porno con el sexo, banalizarlo. Pero si bien este género tiene bien clara su función y su lugar, en mi opinión nada criticable ni despreciable, esta otra pornografía basada en la violencia que practica Gibson me resulta mucho más ofensiva y peligrosa que dos penes y cuatro tetas. Si con lo que nos ofrece este director es con lo único que se van a quedar sobre la cultura maya las millones de personas que han visto Apocalypto, flaco favor el que hace este hombre a la cultura en mayúsculas. Pero claro, en nuestra cultura cinematográfica resulta más comercial y moral matar que follar.