domingo, 24 de diciembre de 2006

Pinguinos de Greenpeace


Me arrepiento de lo dicho en su día. Tras ver 'Vecinos invasores' pedí a los dioses de la animación que, por favor, no volvieran a recurrir más a los animales como protagonistas de sus historias. Sólo me hicieron caso a medias, está claro, porque tras mi sufrida plegaria llegaron otros clones fáunicos como 'Colegas en el bosque' o el mono de 'Curious George'. La sorpresa fue mía cuando comprobé que entre esta nueva hornada de animaladas cinematográficas había una historia innovadora y con mensaje, a pesar de contar con una pandilla de pingüinos como flamantes personajes.
'Happy feet' no es una película basada en una sucesión de 'gags' más o menos ingeniosos sino que su humor surge de situaciones concretas y diálogos muy inteligentes como el que tiene lugar entre el pingüino protagonista y un grupo de aves Skua que pretendían merendárselo, entre los cuáles destaca uno con una anilla de control de especies en la pata que asegura haber sido abducido por alienígenas. El humor, y como veremos, la crítica, van más allá del simple reclamo publicitario con el que nos han malvendido esta película. 'Happy feet' es mucho más que un pingüino bailando claqué.
En efecto, Mumble es el gran protagonista. En una colonia de pingüinos emperador donde la única manera de cortejar a la pareja es mediante un imponente canto, él nació con la habilidad de mover los pies como nadie al son de la música celestial de sus compañeros. Tras unas duras infancia y adolescencia, marcadas por el rechazo de su especie, el inquieto pingüino decide recorrer mundo y hacer de la diferencia virtud. Es en ese momento cuando la película empieza a adquirir interés, tras un preludio excesivamente largo en el que predomina la sensiblería y el tedio.
En su nueva andadura, Mumble va topando con personajes inolvidables y bien logrados, como una pandilla de 'latin penguins' desternillante o su impagable gurú, el Doctor Amor, doblado aquí de la mejor manera posible en voz de Gurruchaga. Tras cada uno de ellos se esconde además un mensaje extremadamente crítico en el que los máximos enemigos somos los seres humanos, esos alienígenas que todo lo destruyen a su paso. Esos seres que amenazan su principal alimento por sobreexplotación pesquera. Esos animales paradójicos que, mientras por un lado deciden proteger la extinción de determinadas especies con pulseras de seguimiento, no tienen ningún remordimiento de conciencia a la hora de verter en el mar todo tipo de basura (no tendrán más que fijarse en lo que luce por collar el aclamado Doctor No). Personas que aman la naturaleza pero, a poder ser, encerrada entre cuatro paredes.
Varias escenas de 'Happy feet' plasman como nunca la denuncia ecologista. No mediante esos discursos facilones a los que han recurrido el resto de películas animaladas y que más bien provocan el efecto contrario (recicla, conserva el medio ambiente, no seas consumista), sino con imágenes que producen auténtico pavor. Una de ellas la protagonizan un grupo de elefantes marinos, cuyo discurso sobre la maldad humana hacia los animales haría temblar al mismísimo Al Gore. Otra imagen, terrorífica, cuando desde la densa niebla irrumpe un enorme barco pesquero llevándose todo lo que encuentra por delante. Y la más triste, la que más remueve conciencias, se produce en un zoológico, esos lugares que tanto aman los niños, sin llegar a entender nunca los devastadores efectos que en sus huéspedes provocan. Película recomendable, por tanto, para una buena educación ecologista basada en supuestos reales y no en palabras vacías y que, además, por si fuera poco, cuenta con espectaculares efectos visuales que hacen deseable su visionado en un cine 3D.

lunes, 4 de diciembre de 2006

El querer y no poder de Antonio Banderas

No hay nada peor que la pretenciosidad a la hora de dirigir. Esa cualidad en la que el creador busca la máxima belleza formal con el contenido más profundo y poético posible olvidándose por completo del principal fin de una película: el relato de historias. Antonio Banderas ha decidido hacer uso y abuso de auténticas metáforas visuales en detrimento de la narración y de los personajes, hasta el punto que parece haber confundido el videoarte con el arte cinematográfico. Todo en El camino de los ingleses pretende ser tan trascendente y lírico que termina por agotar al espectador, que intenta por todos sus medios comprender los motivos de los personajes y la finalidad de la acción, y lo único que se encuentra son poesías narradas, imposibles de valorar por su cuantía, e imágenes surrealistas inconexas.
Intuimos lo que el actor malagueño ha querido transmitir con su segundo filme, como también evidenciamos un importante retroceso en su breve carrera como director respecto a su primera incursión, Locos en Alabama, notable película que contenía precisamente aquello de lo que carece esta otra: la simplicidad. El mensaje de 'El camino de los ingleses' es tan universal como la vida misma y eso resulta un punto a favor del que intenta abordarlo, ya que de bien seguro se ha ganado de antemano la empatía de la platea. El camino que da nombre a la película no es otro que la principal vía que atraviesa un pequeño pueblo andaluz y que conduce a las afueras, a su vez una alegoría del destino que todos añoran, sobre todo en sus años mozos. Banderas hace tanto hincapié en hacer tan evidente esta relación metafórica que no permite al espectador interpretar ni sugerir, al fin y al cabo primer objetivo de toda incursión poética.
Sabemos que el protagonista es Miguelito, el hijo del ferretero, al que le falta un riñón, y que sueña con ser poeta. Sabemos que su musa es Fina, una joven que también sueña con ser bailarina y que para paliar sus complejos se acompaña de varios libros que la hagan, a ojos de los demás, toda una estudiante universitaria. Sabemos que sus amigos, sobre todo en la época estival en la que se desarrolla la película, se mueren por follar. Y que además ronda por el pueblo la gorda de la Cala dispuesta siempre a abrirse de piernas. Sabemos también que uno de los pocos que han emprendido el camino de los ingleses es un militar con ganas de reafirmarse a golpe de puñetazos y de alardeos. Y que en la ventana de un bar, cerveza en mano, el que sí tiene madera de poeta sueña en realidad con locutar en la radio. Se nos muestra también pellizcos de los sueños de tantos otros personajes que se han enfrentado tarde o temprano a ese camino / destino.
Sin embargo, de saber a entender existe un gran trecho, y todo lo que se nos muestra con tan incansable belleza formal resulta incomprensible en la mayoría de los casos. No entendemos que lleva a Miguelito a los brazos de la mujer madura (encarnada por cierto por la siempre brillante Victoria Abril) ni qué le impide hacer realidad su sueño ni en que lo frena la ausencia de su riñón. Tampoco los motivos de la conducta de su novia o las reacciones de algunos de sus amigos, como el tío bueno que abandona a su tía buena por resultarle demasiado artificial cuando a lo largo del filme no logramos saber ninguna de sus inquietudes. Tampoco entendemos los lícitos objetivos carnales de la gorda de la Cala, porque de entrada no se le brinda ni la oportunidad de abrir la boca. Ni los porqués del militar vengativo ni los del misterioso radiofonista. Ni entendemos tampoco la relevancia de algunas otras subtramas. Lo único que se logra, por tanto, es la construcción de unos personajes fríos y distantes que no llegamos nunca a conocer.
El tema, tan cercano, de las inquietudes y deseos de juventud, se torna por tanto lejano e incomprensible en boca de estos protagonistas, cuyos diálogos, semejantes a recitales, resultan agotadoramente aburridos. La forma no acompaña al mensaje sino que se convierte en principal protagonista. La preciosa imagen en primer plano de una flor anclada en el camino, por ejemplo, no deja ver lo que ocurre tras ella. O la correcta y estudiada interpretación de los actores no permite en cambio entender la pretendida profundidad de sus personajes. Así, entre plano y plano, entre artificio y artificio, Banderas cree haber conseguido una película de autor, olvidándose que la belleza no lo es todo y que el creador no debe estar siempre por encima del espectador.