martes, 28 de noviembre de 2006

I'm still Bond, James Bond

Gato por liebre es lo que nos han vendido los de la Sony con el último James Bond. Nuevo actor, Daniel Craig, precedido por meses y meses de virtuales polémicas. Nuevos aires, con la participación de uno de los más ilustres guionistas que ha desembarcado en Hollywood en los últimos años, Paul Haggis. Nuevo director y nuevo enfoque, recurriendo a la primera novela original que Ian Fleming escribió en 1953 sobre el famoso espía británico. Bien, pues todo esto no es más que un orquestado entramado de propaganda para esconder la realidad. Casino Royale es más de lo mismo.
Es evidente que, por comparación con las ridiculeces en que se habían convertido las últimas películas de la saga, ésta tenía que poner necesariamente el listón más alto. Faltaría más. Solo alguien con voluntad de matar a James Bond podría idear una vuelta de tuerca mayor a la que fue Muere otro día y superar tal cantidad de idioteces. Es evidente que hacía falta un cambio y, sin embargo, lo que para algunos ha supuesto un auténtico reseteado de la saga, para mí se asemeja más a una pequeña limpieza de cara que no logra esconder las evidentes imperfecciones de un producto viejo y caduco.
Daniel Craig es, sin duda, mejor que Pierce Brosnan, lo cual no tiene ningún mérito si partimos de la base que el actor irlandés es de lo peorcito que tiene el cine actual. Prueba de ello son las mediocres películas en las que ha participado y que probablemente lo sean solo por su simple aparición en el cartel. Brosnan simplemente no debió abandonar jamás a Remington Steele. Así pues, la sustitución del cartón piedra de Pierce por la piedra esculpida que Craig tiene por cuerpo supone ya un importante avance. Correcto en su papel de bruto y elegante pillastre, no se ha visto acompañado, en cambio, de un plantel de tan bellas damas como las que salvaban de la quema a los productos anteriores. Eva Green no es Halle Berry, y eso es algo de lo que eran conscientes los productores cuando han decidido cambiar la espectacular salida en bikini de esta última por el ajustado bañador boxer de Craig. Algo falla cuando es Bond quien tiene que asumir el papel de chica Bond.
Las situaciones de auténtico surrealismo en las que últimamente se veía inmerso Bond parecía que iban a pasar a mejor vida con la rúbrica de Paul Haggis. Los guiones de Million Dollar Baby y Crash avalan a este canadiense como notable narrador de historias. Sin embargo, su aportación a ‘Casino Royale’ solo se puede explicar como meramente testimonial desde el momento en que la película cae en los mismos vicios que todas sus anteriores. Y no me extraña. Los otros dos firmantes del guión, Neal Purvis y Robert Wade, son los responsables directos de Muere otro día y El mañana nunca muere, con lo cual sospechamos que a Haggis le han pagado una gran fortuna para incluir su nombre en un producto que le es totalmente ajeno.
Tampoco ha servido de nada echar mano de la primera novela homónima de Ian Fleming para, según nos vendieron, volver a las raíces del espía británico. Fleming seguro que sigue retorciéndose en la tumba viendo en qué ha desembocado su obra y maldiciendo el día que vendió los derechos a la industria cinematográfica, que todo lo tritura. Martin Campbell, por su parte, director de prodigios como La leyenda del Zorro o Límite vertical, vuelve a dejar rastro, imperceptible claro, en esta última entrega de James Bond. Casino Royale es pues otra fantasmada más dentro de una saga que sigue empeñada en hacer de lo inverosímil virtud. Las persecuciones que nunca terminan, los atentados a la ley de la gravedad y los alardes tecnológicos fuera de contexto, como el lamentable derribo de un palacio veneciano del que nos hacen partícipes los creadores del invento, constituyen una fórmula agotada y agotadora que encumbra a categoría de obra maestra propuestas más respetuosas con el espectador como El caso Bourne.

viernes, 17 de noviembre de 2006

Historia Real

¿Le apasionan a Usted las historias palaciegas? ¿O más bien considera que las monarquías actuales carecen del más mínimo interés histórico?. ¿Siguió Usted con absoluta devoción la vida y milagros de la princesa Diana y con la misma absoluta tristeza lloró su muerte? ¿O simplemente sufrió un breve periodo de estupefacción inicial y con el tiempo la ha borrado de su mente?. ¿Le interesa a Usted cómo se vivieron de puertas para adentro aquellos días posteriores al fallecimiento de la princesa del pueblo en el entorno de la familia real británica? ¿O, puestos a interesar, le suscitaría más morbo una recreación de las cacerías que se gasta nuestro campechano rey?
Si tiende a responder afirmativamente las primeras opciones, The Queen es su película. Stephen Frears ha decidido centrar las dos horas de su último filme precisamente en la semana posterior al accidente de coche que acabó con la vida de la princesa de Gales, el 30 de agosto de 1997. Ello le ha servido para hacer un retrato intimista de la persona más celosa de su intimidad, y también una de las más ricas, del planeta, la reina Isabel II. También para confirmar que por las venas de esta mujer, de rancia estirpe y valores caducos, no corre ni una gota de sangre (azul, en este caso), ni tan siquiera en unos momentos, los que narra la película, en los que se vio entre las cuerdas. Una señora distante, fría y arrogante que no tuvo más remedio que bajar del burro ante la presión ciudadana y mediática.
Frears consideró que sobre este material se podría sustentar todo un largometraje. En mi opinión, equivocadamente. Dudo que ni siquiera los británicos, espectadores en primera persona del acontecimiento, crean que un episodio tan concreto y, con perspectiva histórica, tan poco relevante, merezca formar parte del guión de una película. Quizá me equivoque, en parte por mi cuestionamiento hacia unas instituciones cuya función es meramente simbólica y plenamente costosa, pero en todo caso, más allá del interés, The Queen no deja por ello de merecer varios aplausos.
De entrada, no abundan en nuestra cartelera filmes sobre la historia actual con los que los espectadores nos podamos sentir tan implicados. Se narran hechos muy recientes que, aunque anecdóticos para mí, permiten involucrarnos mucho más en la trama y comprender cada una de sus repercusiones reales. Conocemos los hechos, conocemos a cada uno de los personajes. Forman parte de nuestro imaginario colectivo. Esto enriquece el relato y lo convierte en algo más próximo y, por lo tanto, más gratificante. De la misma manera, la apuesta también implica un mayor riesgo, ya que significa enfrentarse a personajes vivitos y coleando cuyos representantes analizarán con lupa cada uno de los detalles.
Los de la reina puede que sientan que Frears les ha beneficiado y se ha posicionado a favor de la monarca inglesa. Si bien es cierto que intenta humanizarla al máximo, incluso haciendo uso de metáforas en forma de ciervo, el retrato que el director hace de Isabel II infunde más bien lástima por su situación tan alejada del mundo real (que no regio). Uno se imagina a la reina, como ocurre en el filme, viendo desde su cama The Queen y no puede sino compadecerse de ella. Triste, no sé, pero reflexivo seguro, es como debe sentirse, como mínimo, el primer ministro británico Tony Blair al verse reflejado en pantalla en sus inicios al frente del gobierno en la que, para mí, es una de las aportaciones más ricas de la película. Frears, con el retrato de un primer Blair ilusionado y con ganas de comerse el mundo, consigue una elegante crítica a lo que ha sido el devenir de este político, uno de los muchos que llegó como aire fresco y que ha acabado contaminado con el tiempo.
Y si tanto se ha hablado de la magnífica interpretación de Helen Mirren como Isabel II, ganadora de un Emmy por su otro soberano papel de Isabel I y de la Copa Volpi de Venecia por el de su descendiente segunda, no menos consideración merece Michael Sheen en su perfecta transmutación del primer ministro británico. Su papel es el ejemplo de lo que mencionaba antes. Ver en pantalla a un personaje que día sí y día también se cuela en nuestros hogares a través de la televisión, tan bien caracterizado y desde un punto de vista intimista es el auténtico gozo de una película que, por insólita, merece la pena ver.

miércoles, 15 de noviembre de 2006

The Departed

Cansado de ser siempre el blanco de todas las gracias habidas y por haber en la gala de entrega de los Oscar, Jack Nicholson ha decidido apostar fuerte por una presencia un tanto más gratificante para la próxima ceremonia, como por ejemplo, la de subir al escenario para recoger la que sería ya su cuarta estatuilla. O al menos para no perder la costumbre de aparecer en el recuadro de los nominados, experiencia que ya ha vivido la friolera de 12 ocasiones! Jackie, con su personaje de Costello en esta última película de Scorsese, apuesta por caballo ganador. Un capo de la mafia irlandesa sin escrúpulos, temido y respetado en toda la ciudad de Boston, es un papel que le viene como anillo al dedo a un actor acostumbrado a las grandilocuencias. Desde luego, arrasa.
Otro que también debe estar harto, éste con más razón, de su casi humillante papel en los Oscar no es otro que el propio director de Infiltrados, título fatalmente adaptado, por cierto, del más sugerente Los difuntos (No sé, es como si en su día hubiesen cambiado El Padrino por uno tan evidente como Mafia). Si alguien debe estar hasta las narices, decía, de ser vilipendiado por los académicos de Hollywood ése es Martin Scorsese. Es evidente que Gangs of New York no se merecía ni un solo premio, pero Uno de los nuestros o Toro Salvaje también estuvieron nominadas en su momento y no se dignaron a concederle el sobrevalorado pero indispensable galardón. Ni siquiera le tuvieron en cuenta Taxi Driver como finalista. Por tanto, motivos para estar cabreado tiene. Con The Departed es probable que vuelva a estar en el plantel de nominados y si en esta ocasión, aún sin saber quienes serán sus contrincantes, no consigue la estatuilla dorada, desde luego, es para que el director neoyorquino se plante y exprese su deseo de no volver a entrar en el viciado juego de los Oscar.
Con esto que vengo a decir. Que su última película es magistral, que si con esta no le reconocen el mérito de su carrera, desde luego es probable que no quieran reconocérselo nunca. Porque en pocas ocasiones podremos disfrutar de tanto talento junto, encabezado por dos amigos, Jackie y Martin, que incomprensiblemente jamás habían trabajado juntos y cuya primera vez resulta espectacular. No solo por este duelo de titanes sino por el reparto al completo. Tanto Matt Damon como Leo diCaprio, uno en el papel de infiltrado mafioso, el otro en el de topo policial, están a la altura, así como Mark Wahlberg encarnando al policía cabrón y el presidente Martin Sheen al policía bonachón. Incluso el a menudo ridiculizado Alec Baldwin se comporta.
Las dos horas y media de metraje se devoran. Con una acción in crescendo, la historia va adquiriendo a medida que avanza mayor número de pulsaciones por minuto. A pesar de que algunos diálogos o situaciones pueden resultar algo confusas, la sencillez de la trama principal termina por imponerse para centrar al espectador. El duelo entre dos topos que conocen la existencia pero no la identidad el uno del otro es más que suficiente para dotar al filme de situaciones de pura tensión en las que ambos deben luchar por mantenerse en el anonimato.
De todas ellas, una ha quedado marcada en mi retina, por aunar tensión, giros en el argumento y acción. Momento crucial de la película en el que coinciden en un mismo edificio el infiltrado en el clan irlandés, el jefe de la policía , única persona que conoce su verdadera identidad, el otro topo introducido en el cuerpo policial, en situación privilegiada desde la comandancia de la policía, y amigos y enemigos de uno y otro bando. A partir de ese momento de alto voltaje, la película aprieta el acelerador y ya no lo suelta hasta los créditos finales. Justo antes, las últimas secuencias, en una escalada de varios tiros a matar, cierran la trama sin dejar ni un solo cabo suelto. Ni uno excepto en la soberbia imagen final, en la que una rata deambula a sus anchas por un balcón en vistas a la ciudad de Boston. Scorsese, otro director que abandona por un momento Nueva York, vuelve a brillar como en sus mejores momentos. ¿Será que a todos nos conviene de vez en cuando un cambio de aires?

jueves, 9 de noviembre de 2006

De modelo a incomunicadora

Judit Mascó es fría como un témpano, incompetente como presentadora, sosa, sin gracia ni espontaneidad, sin saber aprovechar los buenos momentos, nula como entrevistadora y con una absoluta falta de empatía con ninguna de las chicas, ni familiares, ni compañeros del programa. Si esto ya era evidente a lo largo de todos los programas de Supermodelo 2006, en la final de ayer se hizo todavía más patente, sobre todo en ese momento Lancia con la ganadora del concurso. Fue de escándalo En la vida se había visto una sumisión tan absoluta a los dictámenes de la publicidad, leyendo como una posesa un texto que no se creería ni el propio director de marketing de la compañía automovilística. Harían bien los responsables de Cuatro buscando desde ya una buena sustituta para la más que probable próxima edición de Supermodelo. Y es que no basta con ser mona para conducir un programa de televisión (¡a ver si se enteran de una vez los productores que hay muchos profesionales de la comunicación en paro!). La Mascó no lo hacía mal de comentarista de moda en programas magacín de tarde como La columna de Julia Otero en TV3, pero de ahí a ofrecerle un espacio en prime time de tres horas de duración hay un gran trecho.En su afán por ser siempre perfecta pierde todo atisbo de naturalidad, sobre todo cuando comete, como todo hijo de vecino, una equivocación. No sabe reaccionar tampoco ante cualquier situación que se salga del guión. No me refiero a que de repente le caiga un foco delante de las narices sino a situaciones tan habituales como que alguien, y más tratándose de la incansable Antonia Dell’Ate, la interpele. Cuando una de las aspirantes a modelo llora desconsolada porque el público la ha echado, ella le ofrece un disco recopilatorio con la música del programa (bastante bueno, por cierto), eso si se digna a mirarlas a los ojos cuando les habla. Espero que reacciones como estas sean fruto del nerviosismo y no de su personalidad que, en ese supuesto, sería de dudosa ética. “Estoy deseando volverles a ver en Supermodelo 2007” lanzó como última frase la modelo catalana. No sabe cómo deseamos muchos justo lo contrario. Por otra parte, Supermodelo es un programa que en la pantalla amiga, amiga de los realities claro, no mía, habría sido todo un fenómeno de audiencias.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Exclusivo Woody

Que buenas son las películas de Woody Allen con Woody Allen. Eso es lo que viene a constatar Scoop. Que su histriónica presencia es más que necesaria en el metraje, sobre todo cuando hablamos de una comedia como ésta, en la que su peculiar sentido del humor es elemental. Y aquí es donde entran en juego los gustos personales de cada uno, ya que el director neoyorquino es de los que entran o no entran. Los woodyófilos contra los woodyfóbicos. Yo pertenezco a la primera categoría, a pesar de no contarme entre sus innumerables e incondicionales admiradores a los que cualquiera de sus películas les parece una obra maestra. Pero hay algo que tengo claro: su ingenio a la hora de dirigir, escribir e interpretar es único y muy necesario.
En el caso de Scoop, ninguno de los otros intérpretes, ni la guapísima Scarlett Johansson ni el guapísimo Hugh Jackman, consiguen hacerle sombra al feísimo pero muy inteligente Allen. El espectador acaba más pendiente de cuál va a ser su próxima salida de tono que no de cómo se desarrolla la trama de intriga. Una trama de novela negra típica y tópica aderezada con planteamientos exclusivamente woodylianos.
Scarlett Johansson es Sondra, una periodista en prácticas con muchas ínfulas y con pocas tablas a la que una noche le viene del más allá la exclusiva de su vida. Joe Strombel, un periodista de los de la vieja escuela, serio y profesional, muerto repentinamente, se entera en su viaje hacia la muerte de que Peter Lyman, un millonario aristócrata, podría ser el famoso asesino del tarot, autor de varios crímenes en la ciudad de Londres. La única manera de llevar a práctica su investigación es poniéndola en conocimiento de la torpe y poco instintiva Sondra, acompañada en todo momento por el todavía más torpe pero más intuitivo mago Splendini, al que da vida, como nadie más podría ser, Allen.
El tipo lanza perlas, pequeños monólogos, como “me crié en la religión israelita, pero con el tiempo me he pasado al narcisismo”. Como estas hay unas cuantas, pero mi cerebro de pez me impide ahora recordarlas. El caso es que sin esas gotas de ingenio, como lo son también los brillantes diálogos de los recién embarcados en la travesía con la muerte, la película sería un sinsabor fácilmente superable por un capítulo de Se ha escrito un crimen. Son las situaciones, y los planteamientos, surrealistas de Woody Allen los que la aderezan hasta convertirla en una comedia muy agradable.
Los que califican de obra menor esta última película del autor neoyorquino es porque carecen de todo sentido del humor (y porque no han visto Todo lo demás). Me hago cruces que alguien sea capaz de ingeniar en menos de un año Match point (con un excelente giro final) y esta Scoop (también de final sorpresivo) sin perder precisamente el ingenio por el camino y que encima ya tenga en marcha, también en la capital inglesa, Cassandra’s dream con Colin Farell y Ewan McGregor. Desde luego, Londres le ha sentado genial a este indispensable director, incomprendido y sin financiación en su país natal. Veremos como le sienta Barcelona, la próxima ciudad europea que ya lo espera frotándose las manos.